La condesa me prometió una noche que no olvidaría
Llegué a tasar su casa señorial. No imaginé que aquella mujer elegante terminaría desabrochándome la blusa sobre la mesa del comedor.
Historias de pasion y deseo entre mujeres
Llegué a tasar su casa señorial. No imaginé que aquella mujer elegante terminaría desabrochándome la blusa sobre la mesa del comedor.
—Ven, pequeña —me dijo desde la cama, y supe que cruzar esa puerta iba a cambiar todo lo que creía saber sobre mí misma.
Me ataron desnuda sobre una mesa y me retaron a una prueba de tiro imposible. No sabía que mi salvación llegaría de la mano de la cazadora más fría del campamento.
Una ráfaga de aire me levantó la falda y nadie debajo importó: yo solo buscaba unos ojos capaces de mirarme de frente, sin disimulo, y encontrarlos.
Llevaba años admirándola desde las gradas. Esa noche, con el coliseo vacío y la adrenalina del combate todavía en la piel, descubrí que ella también me miraba a mí.
Llevaba años ganando sin sentir nada. Hasta que la chica de las gradas creció, volvió convertida en su rival y se plantó frente a su puerta.
Llevaban meses planeando esas vacaciones desnudas al sol, y ninguna imaginaba que una simple depilación compartida terminaría con las cuatro enredadas en la misma cama.
Dije en voz alta que jamás había besado a nadie, y lo que mis amigas propusieron a continuación, bajo el sol de julio, terminó de la forma más inesperada.
Apagó la luz, susurró mi nombre en la oscuridad y me dijo que tenía otra superstición. Lo que vino después borró todas las que yo conocía.
Compartíamos camarote desde hacía un mes, pero esa madrugada, con sus lágrimas todavía húmedas, descubrí que ella nunca había estado con otra mujer.
Llevaba un short rojo que dejaba muy poco a la imaginación, y cada vez que se inclinaba sobre el cuaderno yo perdía por completo el hilo del apunte.
Cuando ella colgó el teléfono, supe que al día siguiente iría a su casa. Su marido estaba fuera. Y mi hija ya no me miraría igual nunca más.
Carla me llevaba veinte años y nunca había estado con una mujer, pero esa madrugada supo exactamente qué hacer con sus manos, su boca y mi paciencia.
Llamó a mi puerta a medianoche con los ojos rojos y la voz quebrada. No esperaba que la última noche del viaje terminara con mi alumna en mi cama.
Salió del baño en lencería, posó delante de mí y me preguntó del uno al diez cuánto de buena estaba. Yo ya sabía adónde iba a terminar aquella noche.
Siempre fantaseé con estar con otra mujer, pero nunca lo había hecho. Esa noche, en su departamento, ella me pasó las manos por las caderas y supe que no íbamos a dormir.
Apoyada contra la columna, oí los tacones acercarse por el subsuelo vacío. Esa vez supe que no era yo quien iba a poner las reglas del encuentro.
Marqué cuatro anuncios con bolígrafo rojo, pero solo una voz al teléfono sonaba como si fuera a quedarse conmigo hasta el amanecer.
Me dijo que llegaría tarde, pero al abrir la puerta del baño la luz de las velas me reveló su engaño favorito: estaba desnuda esperándome.
Camila levantó los ojos del libro por encima de unas gafas que me dejaron sin aire. No imaginé entonces que aquella mesa libre cambiaría mi historia.