El matón del parque me obligó a pagarle con mi cuerpo
Crucé el parque con el pulso desbocado, sabiendo que esa noche el matón no se conformaría con mis bragas ni con el dinero que ya no me quedaba.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Crucé el parque con el pulso desbocado, sabiendo que esa noche el matón no se conformaría con mis bragas ni con el dinero que ya no me quedaba.
Cuando abrió la puerta equivocada y me vio recién bañada, sus ojos ya no pudieron mirar a otro lado. Lo que pasó esa noche no estaba en ningún plan.
Iban a celebrar un cumpleaños, dijeron. Lo que no dijeron fue que el regalo era yo, subida a ese autobús apagado, rodeada de hombres que me doblaban la edad.
El taller estaba oscuro, pero cuando pasé al lado del autobús una voz grave me llamó desde la ventanilla. Esa noche dejé de ser la niña que solo los miraba al pasar.
Cuando encendí la luz de la cocina lo vi sentado, con el torso desnudo y una taza de té en la mano. Dijo mi nombre y supe que no iba a subir igual.
Hacía doce años que nadie la miraba así. Rodrigo tenía veinte, llegó con una escalera y una sonrisa, y ella solo quería que le arreglaran el techo.
Cuando llegó a mi puerta creyendo que vendría a ayudarme, yo ya tenía todo planeado. Tenía veinte años y la ingenuidad de quien no sabe lo que le espera.
Cuando fui al parque a enfrentarme al chico que extorsionaba a mi hijo, no imaginé que sería yo quien acabaría pagando el precio más íntimo.
Llevaba semanas pasando frente a su taller sintiendo sus miradas clavadas en mí. Esa noche, cuando pasé sola a las once, uno de ellos salió del autobús y me llamó.
No había podido dormir con el calor, y cuando bajé por un vaso de agua lo encontré sentado a la mesa, con el torso desnudo y una sonrisa que nunca le había visto así.
Don Ramón me reconoció desde el autobús y les contó a sus amigos lo que le había hecho a mi hermana. No calculé que esa tarde yo sería la siguiente.
Siempre había ignorado sus miradas y sus comentarios. Hasta que abrí por error la conversación con su mujer y leí, palabra por palabra, todo lo que pensaba de mí.
Bajé al parque con los billetes listos, pero él me exigió algo distinto. Si decía que no, a mi hijo le volverían a romper la cara al día siguiente.
Lo humillé delante de toda la oficina por una mancha. A las ocho bajé las cortinas para pedirle perdón a solas, y se me fue de las manos.
Llevaba veinte años de matrimonio cuando un desconocido me miró en una cena y supe, sin que dijera una palabra, que esa noche bajaría la guardia por primera vez.
Bajé del taxi en La Malagueta sin imaginar que aquel chico de ojos azules me esperaba con una servilleta doblada y un mensaje que iba a cambiarlo todo.
Llevaba meses notando cómo me miraba el escote en cada reunión. Cuando le pedí ayuda con la computadora, supe que esa tarde no se iría intacto.
Once años viuda. Once años cosiendo a solas. Cuando vio al pibe sin remera arriba del techo, supo que esa tarde iba a romper la regla.
Cuando entré a la oficina del director aquella tarde, supe que la pregunta no era si aceptaría su trato. Era cuánto estaba dispuesta a entregar por una corona que ya no me importaba.
Sonó el timbre justo cuando empezaba a aburrirme de mi vida perfecta. Era él, el vecino que mi marido odiaba, con una excusa torpe y una mirada que no lo era.