Mi jefa madura quiso ponerme en mi lugar
Entré a su despacho para hablar y terminamos follando sobre su escritorio mientras el resto de la oficina almorzaba sin saber nada.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Entré a su despacho para hablar y terminamos follando sobre su escritorio mientras el resto de la oficina almorzaba sin saber nada.
Había ido solo a saludar, pero Matías no me quitaba los ojos de encima. Cuando su padre se fue, ese muchacho demostró que tenía más iniciativa de lo que parecía.
Fui a su casa creyendo que iba a hacer una buena obra. Encontré mis fotos en su celular, y lo que hice después no se lo he contado a nadie hasta hoy.
Cincuenta y cuatro años, maleta hecha y una semana en la costa. No iba buscando nada. Pero ese camarero de ojos azules tenía una forma de mirar que lo cambiaba todo.
Llevaba meses aguantando sus miradas en la oficina. El día que leí sus mensajes privados, tomé una decisión que su esposa nunca debió provocar.
Cuando pasé por el paradero, Don Rodrigo me vio desde el bus. Lo que empezó como unas cervezas de cumpleaños terminó de una forma que no esperaba.
Era famosa, perfecta y cincuentona. Yo era el delantero del momento. Esa noche subí a su suite y entendí lo que es jugar fuera de tu liga.
Llevaba treinta años planchando camisas y fingiendo orgasmos. Hasta que un camarero joven en Alicante me devolvió el cuerpo que yo misma había olvidado.
Era la primera vez que iba a la base de transporte a buscarlo. Lo que no sabía es que Rodrigo ya me estaba esperando con una sonrisa que no era inocente.
Cuando ese chico de veinte años apareció en el marco de mi puerta por segunda vez, con las manos temblorosas y la voz cortada, supe que la noche cambiaría.
Rodrigo me miraba el culo cada día en la oficina sin atreverse a nada. Hasta que leí lo que su esposa pensaba de mí y decidí que tenía razón.
Las cinco y media. El pasillo a oscuras. Fui a llamarla y lo que escuché al otro lado de esa puerta me dejó sin aire durante quince minutos.
Llevaba horas aguantando el deseo en la oficina. Cuando vi sus manos en el volante, supe que esa noche no iba a terminar como tenía planeado.
Llevaba meses diciéndole que no. Cuando vi ese teléfono en el aparador, supe exactamente qué podía ofrecerle a cambio de tenerlo.
Cuando cerró la puerta de su oficina con llave y me miró así, supe que las cajas de documentos eran solo una excusa para lo que vendría después.
Eran las cinco y media cuando escuché su voz al otro lado de la puerta. Lo que oí después me dejó clavada en el pasillo durante diez minutos.
Bajé a la cocina en camiseta y ropa interior. Él estaba en la oscuridad, con el torso descubierto, mirándome como si llevara horas esperando que apareciera.
La esposa de mi jefe me llamaba perra en sus mensajes privados. Si creía que era cierto, esa tarde iba a darle toda la razón.
Era la amiga de mi madre, tenía cincuenta años y cuando me miró desde el borde de su escritorio, supe que los documentos que traía eran solo una excusa.
Llevaba dos años ignorando las miradas de mi jefe y los insultos silenciosos de su mujer. Esa tarde, cuando el último empleado apagó la luz, dejé de ignorarlo todo.