El jubilado del caserón me esperaba cada tarde
Cada tarde cruzaba el jardín para ayudarlo con las viñas, pero los dos sabíamos que yo iba por otra cosa: por la forma en que aquel hombre enorme me miraba.
Relatos con mujeres experimentadas y seductoras
Cada tarde cruzaba el jardín para ayudarlo con las viñas, pero los dos sabíamos que yo iba por otra cosa: por la forma en que aquel hombre enorme me miraba.
—¿Querés que lo probemos antes de que decidas? —dijo él, y Mariana entendió que esa tarde ninguno de los dos hablaría solo del proyector.
Cuando notó la brisa erizarle la piel, supo que esa noche de luna llena no terminaría en la orilla del mar. Y no quería que terminara.
Cada mañana lo espiaba por la ventana sin admitirlo. Esa tarde de lluvia tocó mi puerta empapado, y supe que ya no habría manera de seguir fingiendo que no pasaba nada.
Bajé a la cocina a preparar un café y sentí su mirada clavada en mi espalda. Sabía lo que iba a pasar, y por primera vez en meses no quería detenerlo.
Esa noche, mientras le corregía los ejercicios en la habitación del hotel, sentí su mirada clavada en mí y supe que ya no iba a poder seguir siendo solo su profesora.
Apenas lo conocía, pero cuando aquel desconocido me agarró delante de todos, el chófer dejó su copa en la barra y se acercó con una calma que daba más miedo que cualquier grito.
No me parecía atractivo, pero me prendía sentirme deseada. Cuando se subió al banco a revisar el ventilador, supe exactamente cómo iba a pagarle el favor.
Cuando Sara salió de la bodega de Don Aurelio le temblaban las piernas y no me miraba a los ojos. Yo sabía perfectamente lo que acababa de pasar ahí dentro.
Cuando le abrí la puerta de casa supe que esa señora iba a arruinarme la noche. No imaginé hasta qué punto, ni dónde terminaría arrodillada frente a mí.
La solicitud venía de un chico tímido, amigo de mi sobrino. Tardé semanas en contestarle y un mes en aceptar que quería tenerlo en mi cama.
Llevaba medio año aferrada a un recuerdo y a mis noches a solas. El viernes me quité la ropa interior en un área de descanso y conduje el resto del camino temblando.
Sabía que los jueves tendía la ropa a la misma hora. Esa mañana decidí salir sin nada encima, solo para ver qué cara ponía. No esperaba que sonriera así.
Cuando ella le dijo «tirando», Tino entendió que esa palabra pesaba lo mismo que la suya: años de sábanas frías. Y en mitad de la calle decidieron remediarlo.
Nunca imaginé que la mujer elegante y serena que me crió escondiera, a las dos de la mañana, a otra completamente distinta sobre el sillón del salón.
La primera vez que entré a su departamento encontré una tanga colgada en la ducha, y supe que aquel trato de comida por agua caliente iba a costarme mucho más que unas empanadas.
Bajé al salón medio dormido y la encontré en el suelo, en mallas, siguiendo un vídeo. Entonces giró la cabeza, sonrió y me preguntó si quería acompañarla.
Me sacó dos sonrisas en una semana y le di mi número. Esa tarde le enseñé, en la escalera de su edificio, todo lo que una mujer con experiencia puede hacer.
Creyeron que pagaban un precio por una sola noche. Ariadna descubrió otra cosa: que mandar le gustaba demasiado como para volver atrás.
Llegué pensando en Pilar, pero fue su amiga quien me deslizó el número por encima de la mesa y me dijo, sin rodeos, que la llamara en cuanto cruzara la puerta de mi casa.