La visita al dentista que terminó entre dos hombres
Pensé que era una limpieza de rutina. Pero cuando me citó en su casa esa noche, descubrí que me esperaba con una sorpresa sentada en el sillón.
Pensé que era una limpieza de rutina. Pero cuando me citó en su casa esa noche, descubrí que me esperaba con una sorpresa sentada en el sillón.
Mi marido me pidió que tuviera una aventura por mi cumpleaños. Lo que no esperaba era empezar mirando a otros desde el agua, mordiéndome el labio para no gemir.
Llevaba meses fingiendo que su uniforme no me afectaba. Esa tarde, con su muslo vendado y mis manos temblando sobre su piel, supe que ya no aguantaba más.
Mi padre me dejó solo con su amigo en la consulta. Pensé que era un masaje más. Lo que aquellas manos hicieron conmigo no lo había sentido con ninguna chica.
Desperté pasadas las seis, con el cuerpo entero latiéndome y el olor a lavanda en la piel. Daniela me esperaba desnuda, dispuesta a curar cada huella que la noche había dejado en mí.
Llevaba semanas con una sola idea fija en la cabeza, y aquel domingo en las gradas del campo de rugby encontré por fin la manera de cumplirla.
Estaba tumbada y desnuda cuando una sombra me tapó el sol. «Si no te pones crema te vas a quemar», dijo él. Yo no llegaba a la espalda… y él tenía las manos perfectas.
Ella sacó de la bolsa un tanga que no tapaba nada y me lo tendió sin una palabra. En esa playa llena de gente, las órdenes ya no las daba yo.
La dueña sonrió antes de cerrar la puerta con llave y susurró que del otro lado del espejo podía haber otra mujer mirándolo todo.
Llevaba una semana espiándola por la ventana cuando salía a correr. El día que tocó mi puerta para presentarse, supe que no me bastaría con mirarla.
Cuando Mariela me apoyó las manos en las caderas en la cocina, supe que esa misma semana iba a terminar reservando una sesión en su cabina.
El dolor de espalda era real. La excusa para mi marido, también. Lo que no esperaba era lo que pasaría cuando ese desconocido me pidió quitarme la última prenda.
Acudió solo a la boda de un amigo. En su mesa, dos mujeres casadas y hartas de sus maridos ebrios. Lo que pasó después en su habitación no estaba previsto.
Quería comprobar si era verdad eso de que un masaje se descontrola solo. Lo que no esperaba era que aquel oso de manos rudas me leyera el deseo desde el saludo.
Vivía a doscientos metros de mí. El riesgo de cruzármelo en la panadería al día siguiente me daba miedo, pero esa tarde la calentura le ganó a todo lo demás.
Le ofrecí masajearle los pies sin saber que ella iba a poner el suyo justo donde yo no me atrevía a pedirlo, y que ninguno diría una palabra.
La primera vez que un hombre me pidió arrodillarse para besar mis plantas, entendí que no era un capricho suyo: era un poder que llevaba conmigo desde siempre.
—Estoy harta de ser virgen —me dijo Sofía, apoyándose en la mesada—. Y nada me importa menos que lo que opine mi hermana.
Sabía que tenía novio y que no debíamos. Pero esa noche apoyó el pie descalzo contra mi pierna, me miró de reojo y entendí que el masaje no iba a quedarse en un masaje.
El masajista te hizo una seña para que te sentaras. No a tocar: solo a ser testigo de cómo ella se entregaba, centímetro a centímetro, sobre la camilla.