El pacto de andar descalza que él selló con su lengua
Tres años descalza, dos anillos en los dedos y la certeza de que al terminar el día él se arrodillará a lamer cada huella del camino que ella pisó.
Tres años descalza, dos anillos en los dedos y la certeza de que al terminar el día él se arrodillará a lamer cada huella del camino que ella pisó.
Se quedó dormida frente al televisor y yo sabía que no debía acercarme. Pero sus pies descalzos sobre el sofá eran una invitación que llevaba meses esperando.
Nunca me había fijado en los pies de nadie, hasta esa tarde calurosa en que ella estiró el suyo hacia mí y me preguntó, con una sonrisa, si me atrevía a tocarlo.
Subió los pies a mis piernas, me ordenó desabrochar las cintas de sus sandalias y, con una sonrisa que no era inocente, me dijo que ese sería el precio de su silencio.
Le ofrecí revisarle el tobillo como médico. Ella cruzó la pierna, acercó el pie a mi cara y supe, en ese instante, quién mandaba de verdad.
Nadie se atrevía a moverse, hasta que ella alzó el frasco de aceite hacia los desconocidos y, sin decir una palabra, los invitó a formar parte del juego.
Cuando volvimos a la habitación ya no podíamos esperar. Entonces sonó la puerta: el regalo que le tenía preparado acababa de llegar, y tú no sabías nada.
La bata de papel apenas me cubría. Cuando sus manos calientes bajaron por mi espalda, supe que aquella sesión no iba a terminar como yo había imaginado.
Eran las dos de la mañana, quedábamos solos en el piso 25 y ella tenía la espalda agarrotada. Lo que empezó como un favor terminó siendo otra cosa.
Tomás me regaló un masaje, pero no me contó que él aprendería a darlo junto a la masajista. Lo que pasó en esa sala superó cualquier cosa que hubiéramos fantaseado.
La toalla se deslizó durante el masaje y, sin querer, me quedé mirando. Él lo notó. Y desde ese segundo dejé de ser yo para convertirme en algo suyo.
Sonó el teléfono y era él, ofreciéndome una sesión esa misma tarde. Por su tono supe que no íbamos a hablar solo de masajes.
Pensé que el merendero estaría vacío con esa lluvia. Entonces apareció ella, me pidió fuego y, dos horas después, dejó que su vestido resbalara hasta el suelo.
Aquella tarde el masaje me dejó ardiendo. Nunca imaginé que terminaría de rodillas frente a un desconocido en mi propio salón, ni quién me sorprendería allí.
Estaba desnudo en su cama, dolorido, y él se ofreció a examinarme. Yo no sabía hasta dónde estaba dispuesto a llegar para que se me pasara.
Cambié la canción a una más lenta, dejé que mis dedos bajaran por mi cuello, y de pronto el masaje dejó de ser solo un masaje. ¿Te animas a imaginarlo conmigo?
Mi tutora se acababa de quedar dormida cuando descubrí el cajón entreabierto de su mesa de luz. Adentro brillaba algo que iba a cambiarlo todo entre las dos.
Mi anuncio era para hombres, siempre. Pero esa tarde, cuando leí su mensaje, supe que iba a romper mi propia regla y a complicarme la vida.
Llevaba meses viéndola pasar al fondo con otra masajista. Esa tarde, justo cuando el reloj marcó las seis y media, su nombre apareció en mi agenda por primera vez.
Me dijo que iba a mostrarme tres momentos de placer y que me iba a ir liviano. No mencionó las esposas, ni el balcón, ni el vibrador que cambiaría todo.