La masajista que mi amante me recomendó esa noche
Subí al séptimo piso buscando relajarme una hora. No imaginé que la masajista, y luego mi amante, tenían otros planes para mí esa noche.
Subí al séptimo piso buscando relajarme una hora. No imaginé que la masajista, y luego mi amante, tenían otros planes para mí esa noche.
Reservó turno para una depilación de rutina antes de las vacaciones. Lo que no esperaba era la forma en que aquella mujer la miraría al cerrar la puerta del privado.
Ella dirigía el retiro con la devoción de quien nunca rompe una regla. Yo solo quería un masaje a solas, lejos de los rezos y de las miradas ajenas.
Marina aceptó la invitación sabiendo a lo que se exponía. Lo que no imaginaba era que un simple masaje con crema solar terminaría rompiendo todas sus reglas.
Llevábamos veinte años casados y jamás habíamos hecho algo así. Pero esa noche, en el hotel solo para adultos, mi mujer me miró fijo y empezó a quitarse la ropa.
Entré a la clínica con la espalda destrozada por el trabajo. Salí con los pezones duros, el deseo desbordado y una dirección anotada en el móvil.
Cuando Diego salió de la ducha con la toalla apenas atada, Lucía supo que esa semana iba a ser muy difícil de soportar en silencio.
«Bienvenida a mi playa», dijo su voz a mi espalda. Yo estaba completamente desnuda sobre la toalla, y él era la última persona que esperaba ver allí.
Acepté el masaje por curiosidad y por el calor de sus manos. Lo que no imaginé fue todo lo que estaría dispuesta a pagar antes de que sonara su alarma.
Reservamos el hotel para descansar, pero lo que llevaba en la mochila tenía otros planes para esa noche de frío y lluvia.
Llevaba años dando masajes a desconocidos, pero ninguno me había hecho temblar así sobre la camilla, esperando que fuera él quien suplicara primero.
Salí del baño con el bikini a medio desabrochar y él estaba ahí, secándose el pelo. Nos quedamos congelados. Lo que pasó después todavía me hace sonreír.
Lo que empezó como un masaje pagado en un hotelito de pueblo se convirtió en algo que mi amiga y yo juramos no contarle nunca a nadie.
Nunca le vi el rostro. Solo su espalda morena respirando entrecortada mientras mis manos bajaban más de lo que un masajista debería atreverse.
Me pidió que subiera de conejillo de indias para un aceite nuevo. Su marido dormía en la habitación de al lado y yo sabía que aquello no terminaría en un masaje.
Llevaba diez años sin pensar en mi propio cuerpo. Bastó que aquel masajista clavara sus dedos en mi espalda para que algo que creía imposible empezara a despertar.
Las nueve y media de la mañana, una hoja de Excel a medio corregir y, de pronto, el cuerpo desnudo de su novio rozándole la nuca. Trabajar iba a ser imposible.
Cuando aquel hombre apoyó las manos en mi espalda, supe que ya no se trataba de la fiebre ni del cansancio del viaje, sino de algo que evitaba desde hacía años.
Me costó tres meses de paciencia llegar hasta el sofá de Mariana, quitarle las zapatillas despacio y descubrir si de verdad le importaba que yo no pudiera dejar de mirar sus pies.
La puerta se abrió y entendí que esa noche yo no decidía nada. Ella esperaba atada al cabecero; él, de pie en la penumbra, solo me miró y asintió.