Mi compañera tomó el control en el probador vacío
La tienda quedó vacía de golpe, y al asomarse a los probadores Diego no imaginó que esa tarde alguien lo observaría a él mientras él miraba sin permiso.
La tienda quedó vacía de golpe, y al asomarse a los probadores Diego no imaginó que esa tarde alguien lo observaría a él mientras él miraba sin permiso.
No te dejé levantar la cara hasta que entendiste que, mientras estés detrás de mí, tu boca y tu nariz me pertenecen y harás con ellas lo que yo ordene.
Olió la flor que no debería existir y su cuerpo dejó de obedecerle. Entre los árboles, alguien la observaba y esperaba el instante exacto para acercarse a ella.
Desde niño los globos me aterraban y me excitaban a partes iguales. Aquel cumpleaños, encerrado en el baño, descubrí hasta dónde podía llevarme esa contradicción.
Me dejó sola en su sala, todavía temblando, y salí de su casa sin despedirme. Esa misma semana entendí que algo dentro de mí se había encendido y ya no podría apagarlo.
«No estamos haciendo nada, es un trozo de silicona», me dijo. Pero la forma en que me miraba mientras abría la caja decía exactamente lo contrario.
Once de la noche, sola en casa, con la jaula puesta y la llave a cientos de kilómetros. Solo me dejó un juguete enorme, y supe enseguida que lo había comprado para esto.
Faltaban días para el parto y yo solo pensaba en una cosa. Cuando la contracción me dobló de dolor, le pedí a Rocío que metiera la mano bajo la sábana.
Nadie imaginaría que esos tenis gigantes y ridículos guardan mis secretos. Esa noche en la carretera, con todos dormidos, me atreví por fin a lo que tanto fantaseaba.
Cuando la luz del baño se encendió de golpe me quedé inmóvil, con su bañador en la mano y sus ojos clavados en los míos. Supe que ya no mandaba yo.
Bajé al jardín a oscuras sin saber que esta vez ella no me dejaría solo con su ropa interior: tenía algo de su madre guardado para mí.
Cada noche me pedía algo nuevo a través de las rejas de su ventana, y yo era incapaz de decirle que no, aunque eso significara hurgar en el cesto de la ropa sucia de mi propia madre.
Carla apareció descalza entre las sombras del jardín, con esa cara de niña buena que escondía a la chica más perversa que yo había conocido.
Siempre creí que no había nada más sucio que unos pies. Esa noche, descalza y nerviosa en la cama de mi amiga, descubrí lo equivocada que estaba.
Nadie en la oficina imaginaba lo que escondían mis botas aquella mañana de lluvia, ni por qué no quise quitármelas en todo el día.
Solo quería sentarme en la penumbra y tocarme un rato. No contaba con que un completo desconocido, a tres butacas de distancia, me hiciera perder la cabeza.
Llevaba años imaginándolo en silencio, sin contárselo a nadie. Esa noche, en la barra de un hotel ajeno, una desconocida decidió por mí.
Yo seguía desnuda sobre la cama cuando la puerta se abrió, y por un segundo ninguno de los dos supo qué hacer con lo que el otro acababa de ver.
Cuando bajé la mano para tocarme, lo que encontré entre mis piernas no era lo que me había acostado a dormir. Y lo peor fue que no quise apartarla.
Cerré la puerta con llave y fue como apretar un interruptor: por primera vez iba a desnudarme frente a la cámara para que alguien, del otro lado, me deseara.