Cuando al fin me permití jugar sin límites
Sabía lo que quería hacer esa noche. Solo necesitaba oscuridad, silencio y el coraje de no ponerme límites a mí misma ni por un instante.
Sabía lo que quería hacer esa noche. Solo necesitaba oscuridad, silencio y el coraje de no ponerme límites a mí misma ni por un instante.
Llevaba todo el día esperándome y yo lo supe antes de que dijera una sola palabra. El delantal, su sonrisa, y el calor que salía de ella.
Nunca lo hablamos, nunca lo discutimos. Él acababa en ella y giraba la cabeza hacia mí. Eso era suficiente para saber lo que tocaba.
Llevaba una hora con el cuerpo encendido y sin Rodrigo en casa. Cuando llamé al sexshop, nunca imaginé que el empleado aparecería en mi puerta diez minutos después.
El plan era que ella follara con Valeria y yo lo vería desde casa. Lo que empezó como nuestra fantasía terminó de una forma que ninguno esperaba.
Cuatro amigas, una casa cerca de la playa y una botella de vodka. Lo que empezó como un juego se convirtió en la noche más intensa de mi vida.
Él tenía casi setenta años, manos fuertes y ningún pudor. Yo tenía cuarenta y dos, un marido en el piso de abajo y las defensas completamente por los suelos.
Llegué con mi grabadora y mis preguntas preparadas. Ella me recibió con una taza de café y una sonrisa que no era exactamente profesional.
Levanté la vista de los libros y sus ojos oscuros se clavaron en los míos. Supe en ese instante que aquel chico iba a complicarme la vida.
Cuando ellas llegaron al edificio, mi vida gris encontró un foco. Lo que no esperaba era que ese foco terminaría consumiéndome por completo.
Llevaba meses fantaseando con él. Ese viernes, con mis padres fuera y la casa en silencio, tomé la decisión más atrevida de mi vida.
Andrés se fue al trabajo y yo bajé a la cocina sin ropa. Marcela estaba en la ventana con una taza de café y me miró de una forma que no era exactamente materna.
Cuando entré por esa puerta con mi padre, no sabía qué esperar. Cuando salí, una hora después, ya no era el mismo chico que había entrado.
Me mandó una foto que solo se podía ver una vez. Cuando la abrí en el coche, frente a su portal, supe que esa noche iba a ser muy diferente.
Salí corriendo en camisón, sin nada debajo, con el vibrador en la mano. La puerta dio un clic y supe que me había encerrado. En el pasillo ya había alguien.
Llevaba semanas con el masajeador guardado en el cajón sin animarme. Esa noche el chat con un desconocido me hizo decidirme por fin.
Guardé el vibrador en la mochila y salí de casa sin decírselo a nadie. El camino de los pinos estaba oscuro y frío, y esa noche quería exactamente eso.
Abrí el cajón de la mesa de noche. El libro estaba ahí, donde siempre. Y en diez minutos ya no podía quedarme quieta.
Me mudé a una ciudad desconocida y el primer hombre que entró en mi piso fue también el más atractivo. Tenía novia, pero eso no le importó.
Pedaleaba despacio, sin ropa interior, solo porque me gustaba sentir el aire. No esperaba que el asiento se convirtiera en algo más.