Confieso mi obsesión por el sexo oral femenino
Antes de la alianza en el dedo hubo una década entera de tardes a oscuras y faldas que caían al suelo. Estas son las mujeres que nunca pude olvidar.
Antes de la alianza en el dedo hubo una década entera de tardes a oscuras y faldas que caían al suelo. Estas son las mujeres que nunca pude olvidar.
Crucé media ciudad creyendo que íbamos a comer algo. Cuando abrí el ropero de la habitación diez, ella salió con una torta encendida y una sonrisa que no era inocente.
Todos apuraban el paso frente a su quiosco para no oír sus groserías. Una tarde de verano, Dalia se detuvo a comprar un helado y ya no supo cómo volver a casa.
Llevaba semanas notando cómo me miraba el amigo de mi marido. Esa noche, solos en el patio, entendí que nada de lo que estaba pasando era casualidad.
Bailaba el tango como si quisiera demostrarme algo. Cuando me deslizó el número de su habitación en la mano, supe que esa noche no iba a poder dormir.
Crucé el rellano para ver a la mujer que me había desvirgado, pero ese día el edificio entero parecía decidido a darme una lección que no olvidaría.
No recordaba su nombre ni su cara, pero en cuanto dijo «tengo casa con piscina» supe perfectamente cómo iba a terminar esa noche.
Cuando ella saltó sobre mí en la madrugada del primero de enero, creí que esa sería toda la historia. No sabía que el secreto que guardaba iba a cambiarlo todo entre nosotros.
Aparcó frente al edificio, se miró en el retrovisor y no reconoció a la mujer que devolvía la mirada. Esa noche había decidido dejar de ser la esposa perfecta.
Bajo el hábito de monja escondía medias de rejilla y una verdad que solo sale de noche: a veces necesito vestirme de mujer y que alguien me trate como tal.
Habíamos planeado esa noche durante una semana: su marido en el fútbol, mi mujer en clase. Lo que no calculamos fue cuántas veces nos iban a interrumpir.
Cuando se quitó el pantalón en el probador, ella tuvo que apartarse de la cortina para que no la oyera contener el aliento.
Cuando me abrió con esa lencería negra y esa sonrisa fría, entendí que esa noche no habría charla: solo órdenes, y yo estaba dispuesto a obedecer cada una.
Acepté ayudarlo a ordenar su casa nueva por pena. No imaginé que cada apuesta me dejaría con menos ropa y más ganas de perder la siguiente.
Eran las 18:53 cuando sonó el telefonillo. Tres semanas esperando y de pronto ahí estaba ella, seria y elegante, dispuesta a cumplir cada una de sus condiciones.
Tenía veinticuatro años y creía conocer mi deseo, hasta que sus manos guiaron las mías sobre su piel aceitada y entendí que esa tarde nada volvería a ser igual.
Me sacaba treinta años y todos se reían de sus piropos. Pero cuando me subió al coche y su mano buscó mi muslo, dejé de reírme yo también.
Esperaba mi turno en la cafetería cuando ella me miró sin prisa, como quien ya ha tomado una decisión y solo espera a que el otro se dé cuenta.
Rodeada de edificios más altos, su azotea parecía un escondite. Hasta que entendí que cada ventana era un par de ojos esperando ver lo que íbamos a hacer.
Cruzamos el parque a oscuras y, antes de darme cuenta, ella estaba de rodillas frente a mí con una sonrisa que todavía no consigo borrar de la cabeza.