Lo que descubrí en aquella playa nudista
Llevaba años con ganas de ir a una playa nudista, pero ninguna de mis parejas quiso acompañarme. Aquella mañana decidí ir solo, sin imaginar cómo terminaría.
Llevaba años con ganas de ir a una playa nudista, pero ninguna de mis parejas quiso acompañarme. Aquella mañana decidí ir solo, sin imaginar cómo terminaría.
Bajé a tomar un café con la del quinto y volví con la boca abierta: me contó, con pelos y señales, lo que hizo con el hombre casado del octavo piso.
Cuando cerré la puerta con llave, él se dio vuelta y me reprochó el beso que le había dado a otro hombre. No supe si era rabia o deseo lo que le ardía en los ojos.
Hay algo que nunca le dije a nadie: mi lugar favorito del mundo no es ningún viaje ni ninguna cama de hotel. Es exactamente entre sus piernas, sin prisa.
Abrí la puerta sin sostén, con la camiseta marcándome los pezones, y me encontré con la única persona que mi novia me había jurado que jamás volvería.
Reconocí su cara en el semáforo y supe que esa semana de trabajo no terminaría como las demás. Solo me faltaba una excusa para tocar su puerta de noche.
Esa mañana ella me robó la máquina de un salto y se rió de mi cara. Por la noche, con un trozo de roscón de por medio, descubrí que no pensaba dejarme tranquilo.
Tenía curiosidad y algo de miedo, pero cuando me arrodillé frente a él entendí que no iba a echarme atrás. Esa tarde aprendí algo nuevo sobre mí.
Solo necesitaba un baño esa tarde de calor. Lo que ese viejo del taller hizo con su celular me dejó atrapada y a su merced durante días.
Me dijo que estaba casada y que su marido trabajaba lejos. Esa noche aprendí que una mujer experimentada sabe exactamente lo que quiere y cómo conseguirlo.
Llevaba veinte años durmiendo entre las estrellas. La primera mujer que me sonrió en tierra firme me arrastró a un baño sin que yo pudiera decir que no.
La sala estaba casi vacía cuando su mano se posó en el reposabrazos. Yo tenía cuarenta y dos años y creía saberlo todo sobre el deseo. Esa noche aprendí que no.
Cuando me descubrió con la respiración agitada y la mirada perdida en sus piernas, Marisa no se escandalizó: sonrió, se acercó a mi oído y me dijo que aquello no iba a quedar así.
Cada mañana observaba a la gente desde su mesa del café, sin imaginar que un hombre de traje la estudiaba a ella, ni el trato silencioso que iba a proponerle.
Le dije que no se me ocurría nada para escribir. Se levantó de mi regazo, dejó caer la ropa al suelo y me ordenó con una sonrisa: «Descríbeme».
La cité a las diez y media de la mañana, pero recién apareció a las dos de la tarde. Para entonces yo ya había pensado exactamente dónde y cómo iba a tenerla.
Le prometí a Marcos que cuidaría de su madre mientras él estaba lejos. Lo que no le conté fue lo que pasó la tarde que ella se ofreció a cocinar en mi casa.
Cuando bajó del furgón con esa sonrisa, supe que el calentador averiado sería la mejor excusa que el destino me había regalado en años.
Mis padres se fueron de vacaciones y me dejaron a cargo de una asistenta colombiana. Yo tenía veinticuatro años; ella, el doble. La primera noche que volví solo, todo cambió.
Volví de la segunda cita con el corazón acelerado, y lo que menos imaginaba era que mi propio esposo, esa noche, me pediría que se lo contara todo.