Lo que pasó en la sala de cine vacía esa mañana
Había llegado solo a la primera función de la mañana. Entonces escuché unos tacones acercándose por el pasillo y todo cambió cuando ella se sentó a mi lado.
Había llegado solo a la primera función de la mañana. Entonces escuché unos tacones acercándose por el pasillo y todo cambió cuando ella se sentó a mi lado.
Entré sin pensar en quién estaría del otro lado del muro. Lo que no imaginé fue reconocer la voz que pidió permiso para acercarse.
Bajo el abrigo largo no llevaba absolutamente nada, y en cuanto las puertas se cerraron mandé el ascensor al piso más alto del edificio para tenerla solo para mí.
Acababa de borrar las pruebas de la noche anterior cuando lo vi en el hall, listo para marcharse. Solo tenía que decirle que no. No lo dije.
Sabía que alguien podía verme desde la calle. Por eso dejé la persiana abierta, me senté frente a la ventana y empecé a tocarme despacio, esperando esa mirada.
Coincidí con ella en las duchas comunes y, sin pensarlo demasiado, decidí provocar la situación. Lo que vino después convirtió un viaje aburrido en algo que aún no me saco de la cabeza.
Eché el pestillo, me arrodillé sobre las baldosas frías y supe que iba a obedecerle hasta el final, aunque cualquiera pudiera entrar en el baño de al lado.
Tenía una cita esa misma noche, pero antes acabé de rodillas en el asiento de un coche aparcado. No estaba en mis planes, y por eso me gustó tanto.
Era nuevo, tímido y educado. No imaginó que esa tarde, cuando todos se fueron de la oficina, una sola orden mía bastaría para ponerlo de rodillas.
Tres meses se hicieron nueve, y entre cascadas y orquídeas descubrí que mi cuerpo distinto no era una condena, sino el centro del deseo que la aldea celebraba.
Paró la camioneta junto al pinar, la miró por el retrovisor y supo, con la calma de quien lleva una vida cazando, que esa mañana no volvería con las manos vacías.
Estaba apoyada en la pared, mirando el móvil, con un vestido negro que le quedaba demasiado bien. No fumaba. Solo esperaba, y yo todavía no sabía a quién.
De día imponía respeto con la placa; de noche se arrodillaba en su propio dormitorio y dejaba que un anciano la reclamara como suya.
Eran las siete de la mañana, todavía me zumbaban los oídos por la música, y al abrir la puerta del piso entendí que esos gemidos no venían de ningún vídeo.
Habíamos quedado para tomar algo sin más, como dos personas que se llevan bien. Lo que no esperaba era cómo terminaría esa noche de fiesta.
Vino a casa solo para que le retratara la boca. Lo que ninguno de los dos previó fue lo que esa cámara despertaría entre nosotros aquella tarde.
Cuando la noté endurecerse contra mi muslo, supe que esa noche iba a cruzar una línea que ni siquiera sabía que existía dentro de mí.
Fui al baño riéndome con mis amigas y volví caminando junto a un desconocido que no dejaba de soltarme indirectas. No pensaba parar a tiempo.
Llevaba el disfraz demasiado apretado y media cerveza de más cuando empujé la puerta equivocada. Dentro estaba él, mirándome como si supiera que yo no iba a salir.
La sala estaba casi vacía cuando ella eligió sentarse a una butaca de distancia. No miraba la pantalla: me miraba a mí, y quería que yo lo notara.