Reclamé mi nota y mi profesor me dio una lección
Solo quería engatusarlo para que me subiera la nota, jugar a la carterista que distrae para robar. Nunca imaginé hasta dónde iba a llevarme mi propio farol.
Solo quería engatusarlo para que me subiera la nota, jugar a la carterista que distrae para robar. Nunca imaginé hasta dónde iba a llevarme mi propio farol.
Creía que el vestuario estaba vacío cuando entró en la ducha. No contaba con que dos desconocidos lo estaban mirando, ni con las ganas que esa mirada le despertó.
Me pidió que subiera y me arreglara solo para él. Esa noche, por fin, iba a ganarme el respeto de todas las chicas de la casa.
Me senté en el puesto del copiloto solo por curiosidad, pero esa noche entendí que algunas decisiones se toman sin pensarlas demasiado.
Cuando me di cuenta de que no llevaba ni la billetera ni el teléfono, el taxi ya iba demasiado lejos. Y el conductor empezó a mirarme distinto por el espejo.
De día me humillaba delante de sus amigas; de noche me suplicaba que la pusiera en su lugar. Nadie imaginaba lo que pasaba dentro de aquel auto.
Bajé del coche para sentarme delante y, en cuanto noté el bulto en su pantalón, supe que aquel taxi no me iba a llevar directa a casa.
Elegí la sesión más vacía para estar solo con mi cansancio, hasta que ella cruzó la sala y se sentó dos butacas a mi derecha con una sonrisa que prometía problemas.
Perdí a mis amigos, perdí el rumbo y, sin saber cómo, terminé arrodillado entre dos mujeres que acababa de conocer. Esto pasó de verdad.
Me abrió la puerta solo en vaqueros y supe que no íbamos a ver ninguna película. Lo miré de arriba abajo y la boca se me hizo agua.
Lo nuestro ya había terminado, pero esa noche de verano descubrí hasta dónde era capaz de llegar con tal de sentirlo otra vez dentro de mí.
Tenía cuarenta y un años y llevaba meses fingiendo que no pasaba nada cada vez que él me miraba. Esa madrugada dejé de fingir.
Detuvo el coche frente al edificio con las manos temblando. Ella lo esperaba tras la ventana, y ambos sabían que esa copa de vino era solo el principio.
Subió la escalera delante de mí, sin nada debajo del camisón, y supe que de esa casa no iba a salir siendo el mismo de antes.
Llevaba semanas pensando en ella cada noche, hasta que esa cena terminó en el asiento del auto, con su mano buscando lo que yo apenas lograba esconder.
Solo iba a tomar una cerveza con ella mientras esperaba a la pareja con la que había quedado. Nunca había pisado un club así, y la curiosidad pudo conmigo.
Mi novio se fue de viaje treinta días y me prometí resistir. Duré quince. Lo que vino después me convirtió en alguien que ya no reconozco.
Lo encontré escondido en el garaje, muerto de frío. Nunca imaginé que un año después sería yo quien lo invitaría a entrar en mi cama y en mi matrimonio.
Aquella tarde su madre no estaba en casa y él tenía una sorpresa preparada. Yo todavía no sabía que esos minutos iban a despertarme un gusto que nunca solté.
Llevaba semanas cruzándomela en el garaje con esa sonrisa. El día que se pegó a mí en el ascensor supe que aquello no iba a quedar en un saludo entre vecinos.