La vecina de Ruzafa que nunca había sentido nada
Tenía treinta y ocho años, un marido predecible y un cuerpo que nadie había sabido leer. Esa noche, sola en casa, decidió que quería sentir algo de una vez.
Tenía treinta y ocho años, un marido predecible y un cuerpo que nadie había sabido leer. Esa noche, sola en casa, decidió que quería sentir algo de una vez.
Elegí al chico más codiciado del pueblo no porque lo amara, sino porque necesitaba a alguien a quien moldear mientras mi cabeza estaba en otra parte.
Me escribió para saber dónde andaba. Veinte minutos después yo estaba en la parte de atrás de su unidad, mordiéndome los labios para no hacer ruido.
Cada vez que se inclinaba a anotar mis respuestas, el chaleco se le abría un poco más, y yo ya no lograba concentrarme en ninguna pregunta del cuestionario.
Solo había bajado por un vaso de agua. Lo que escuché en la planta baja me dejó clavada en el último escalón, conteniendo la respiración para que no me oyeran.
Cuando la mujer más elegante del salón me tomó de la mano y susurró «acompáñame», supe que esa noche no iba a parecerse a ninguna otra de mi vida.
«Ven a las cinco. Tenemos que hablar de lo del sábado. Solo.» Le escribí eso por la mañana, y desde entonces no pensé en otra cosa que en oírla bajar las escaleras.
Cierro la puerta del trastero, me cambio de ropa y me convierto en otra. Nadie en mi calle sospecha lo que voy a hacer esta noche, y eso es justo lo que más me gusta.
Me senté en el borde del muelle sin buscar nada, pero su mirada de hombre que sabe lo que quiere me desarmó antes de que dijera una sola palabra.
Siempre jugábamos a ser novias delante de todos, hasta que el calor, el río y unas cervezas borraron la línea entre el juego y lo que de verdad queríamos.
Estaba secándome la espalda cuando la puerta se abrió de golpe. Ella me vio entero, se disculpó y salió corriendo. No imaginé que volvería a cruzármela esa misma mañana.
Él solo había hecho su trabajo de médico. Ella entró sin llamar, cerró la puerta y le dijo que esa noche no venía a hablar de su hijo enfermo.
Lo vi entreabrir la puerta mientras yo estaba de rodillas. Podía haberme detenido. En cambio le guiñé un ojo y dejé que se quedara mirando.
Acordamos vernos temprano, cuando todavía no había nadie. Lo que empezó como otro de nuestros juegos por mensajes terminó siendo algo que no pude sacarme de la cabeza en todo el día.
Llevaba veinte años casada con un hombre que rezaba antes de cada comida. Esa tarde, bajo el árbol del parque, me confesó a quién extrañaba de verdad.
Estaba sola en la barra, aburrida y con dos tragos de más, cuando él se sentó a mi lado y me miró como si ya supiera todo lo que íbamos a hacer esa noche.
A las tres de la madrugada ella seguía despierta, con la cabeza en mi brazo, esperando el momento exacto en que yo abriera los ojos para empezar.
Frente al espejo, con los labios pintados y los tacones puestos, no vi a nadie disfrazado: vi a la mujer que siempre quise ser cuando me dejo llevar.
Crucé la puerta del bar con tacones nuevos y el corazón en la garganta. No imaginaba que esa noche entraría alguien de mi pasado.
La primera tarde aún no había deshecho la maleta y ya sabía que allí nadie apartaría la vista. Y lo peor era esto: a mí empezaba a gustarme.