La noche que mis becarias me abrieron los ojos
Llevaba seis años sin que nadie me tocara. Esa madrugada, en el asiento de un taxi, descubrí cuánto poder tenía sobre el deseo de un hombre... y sobre el mío.
Llevaba seis años sin que nadie me tocara. Esa madrugada, en el asiento de un taxi, descubrí cuánto poder tenía sobre el deseo de un hombre... y sobre el mío.
Llevaba media hora posando junto al descapotable cuando el fotógrafo le pidió que se quitara el vestido. Y ella, bajo el sol del desierto, no dijo que no.
Cuando los gemidos del cuarto cerrado llegaron hasta el jardín, Andrés supo que tenía que ver con sus propios ojos lo que estaba pasando del otro lado de esa puerta.
Damián se apartó de la puerta con el pulso acelerado: lo que acababa de ver entre sus amigos no se borraría jamás de su memoria.
Vestida como para una sesión de fotos, entré en un gimnasio vacío con dos hombres que recordaba demasiado bien. Y ellos tenían algo planeado para esa tarde.
Cuando Renata bajó descalza a la cocina al amanecer, no imaginó que su marido la observaría desde la puerta, ni que esa mañana lo cambiaría todo entre ellos cuatro.
Cuando entró aquella chica de ojos verdes al bar, fui la única que notó el detalle que las demás pasaron por alto. Y esa misma noche acabó dentro de nuestra cama.
Cuando le pregunté qué la encendía de verdad, se sentó a horcajadas sobre mí y empezó a contarme una noche que nunca le había confesado a nadie.
Desperté con las manos de Lina untándome crema en la espalda; ninguno imaginaba que esa mañana en la piscina seríamos seis cuerpos sin reglas ni pudor.
Volví al chalet pensando que todo había terminado, y me encontré la piscina llena de cuerpos, vasos por el suelo y a la pantera esperándome en el agua con una sonrisa que lo decía todo.
Cuatro mujeres, nueve hombres y una cabaña con piscina. Subí a la van sabiendo que algo iba a pasar, pero no que iba a entregarme a todos sin pensarlo dos veces.
Creé el anuncio en secreto, elegí a los candidatos uno por uno y reservé la suite. Solo faltaba que ella cruzara esa puerta y descubriera su verdadero regalo.
Mi mujer bajó al baño del avión detrás de la azafata y volvió despeinada, con una confesión que me dejó duro y con ganas de mucho más.
En la cafetería se lanzaron un desafío entre risas: cada una elegiría a un hombre esa misma tarde. Ninguna imaginó que la apuesta acabaría en la misma cama.
Iván y Lucía eran los nuevos del edificio, los más jóvenes, los que todavía aprendían. Esa noche les enseñamos que en nuestro grupo nadie se quedaba con las ganas.
El taxi me dejó frente a una verja enorme y un vigilante me esperaba. Yo todavía no sabía que esa noche dejaría de ser una invitada para convertirme en el juego.
Llegué a aquel departamento pensando en una copa de vino y una charla. No imaginé que esa tarde iba a entregarme a tres hombres a la vez.
Juramos cien veces que no pasaría nada con ellos. Lo juramos hasta convencernos. Y entonces nos llamaron a su habitación y ella estaba esperándonos desnuda.
Cuando sonó el disparo del Mariscal, supe que esa sería nuestra última noche. Lo que no imaginé fue en qué se convertiría la fiesta al apagarse las luces.
Cuando el pueblo entero dormía la siesta, Camila se paró en medio de la calle vacía, se mordió el labio y nos preguntó cuál de los cinco se animaba primero.