Me arrodillé ante mi casero para pagar el alquiler
La orden fue simple: arrodíllate. Mi cuerpo obedeció antes de que mi cabeza pudiera negarse, y supe que esa noche iba a cruzar una línea de la que no había vuelta atrás.
La orden fue simple: arrodíllate. Mi cuerpo obedeció antes de que mi cabeza pudiera negarse, y supe que esa noche iba a cruzar una línea de la que no había vuelta atrás.
Volví de la cocina desnudo, con el trapo en la mano, y supe que aquella noche no iba a quedar nada de mi orgullo sobre el mármol negro de su salón.
Aquella siesta, con el ventilador rugiendo y la casa vacía, mi primo me miró distinto y me dijo que tenía algo que demostrarme. No imaginé hasta dónde llegaría.
El brazo que descansaba sobre su abdomen no era el de su novia. Era pesado, cálido, masculino. Y Bruno no recordaba absolutamente nada de la noche anterior.
Se sentó justo a mi lado pese a que la sala estaba casi vacía. Su rodilla rozó la mía y no se apartó. Entonces su boca buscó mi oreja y supe que esa tarde le pertenecía.
Cuando abrí los ojos en el baño de vapor, él ya me estaba mirando. Y yo sabía perfectamente quién era, aunque jamás creí tenerlo tan cerca.
Salí del gimnasio con el cuerpo aún ardiendo y me metí por la pista de tierra para fumar tranquilo. No esperaba que aquel coche negro parara justo detrás de mí.
Cuatro meses solo en la montaña le habían dejado un hambre que ningún whisky calmaba. Esa noche, tras la cortina roja de la posada, tres muchachos sabían exactamente cómo recibirlo.
Un viernes a las diez, el gimnasio casi vacío y un tipo que cargaba el doble que yo en el banco de al lado. Bastó una mirada en el espejo para que todo se torciera.
Había hecho tres mil metros a muerte y solo quería el agua caliente sobre los hombros. Entonces él se giró bajo la ducha de al lado y supe que esa tarde no iba a terminar como las otras.
La puerta apenas se ha cerrado y ya tengo su boca buscando la mía, todavía con el sabor de la noche entre los dientes. Ahora la cama es solo nuestra.
Iván y Nico cruzaron la puerta como si el ático ya fuera suyo, y antes de saludar siquiera ya nos habían empujado contra la pared del salón.
Cruzamos la cortina negra y la oscuridad se nos tragó: solo dos luces rojas, el latido del techno y un colchón rodeado de sombras que ya nos esperaban.
Cuando la puerta se cerró y se tragó la última luz, ya solo existían las manos, las bocas y la voz de Mateo diciendo que esa noche yo era suyo.
Cuando entramos desnudos y chorreando, los tres tipos que se enjabonaban se apartaron sin decir nada y nos dejaron el centro, como si supieran que la noche todavía no había terminado.
Salimos de las duchas envueltos en toallas cortas, temblando de frío. En el jacuzzi nos esperaban dos desconocidos que sonreían como si acabaran de encontrar la cena.
Tenía novia y se hacía el duro, pero esa noche, encerrados en el cubículo del baño, fue él quien me puso la mano en la nuca y me pidió que se la chupara bien.
Perdimos el partido y caminábamos hacia el metro cuando un auto de alta gama se detuvo junto a nosotros. El hombre al volante tenía una propuesta que ninguno de los dos esperaba.
Solo iba a ser la excusa para que su mujer no sospechara. Nunca imaginé que terminaría sentado frente a ellos, sin poder apartar la vista de lo que hacían.
Andrés guardó su tarjeta dos días sin atreverse a escribir. Cuando por fin lo hizo, no imaginó que esa misma noche estaría desnudo contra la pared de su propio recibidor.