Mi confesión sumisa en aquel piso compartido
Acepté entrar vendada y de rodillas, pero no estaba preparada para descubrir cuánto asco, miedo y excitación podían mezclarse en una sola noche.
Acepté entrar vendada y de rodillas, pero no estaba preparada para descubrir cuánto asco, miedo y excitación podían mezclarse en una sola noche.
Atada, excitada y agradecida, me arrodillé frente a él decidida a compensar cada orden con la mamada más intensa de nuestra semana.
Fui a pedirle ayuda por una llave rota y terminé descubriendo cómo se siente que un hombre experimentado te quite el aire y la vergüenza.
Cuando apareció enfundada en aquel traje negro, supe que no iba a pagar por una hora cualquiera, sino por cumplir la obsesión que llevaba años escondiendo.
Fingimos dormir en silencio, pero su erección contra mi culo y mi mano dentro de su bóxer hicieron imposible seguir quietos.
Cuando se agachó a mear delante de mí en mitad del bosque, entendí que aquella expedición no iba a parecerse a ninguna otra.
Aquella madrugada me pagaron solo por mirar, pero terminé de rodillas, con una polla en la boca y otra abriéndome sin que pudiera apartarme.
Empezó con roces en el patio y miradas largas; terminó contra la barda, con su respiración rota y mis manos donde ya no había vuelta atrás.
No tuve que decírselo; cuando levanté el mentón, él ya sabía que esa noche quería sus golpes, su saliva y su polla hasta el fondo.
Estaba indispuesta, pero cuando me dijo que solo quería mi boca, supe que iba a terminar de rodillas tragándome todo.
La vi caminar por la orilla con su panza redonda y una sonrisa que me recordó todo lo que habíamos dejado pendiente.
Cuando abrí los ojos en la camilla del hospital ugandés no imaginé que el enfermero de guardia iba a bajarme la fiebre con la mano bajo la sábana esa misma noche.
Entré a revisar materiales y terminé con la falda subida, la boca llena de él y las piernas temblando contra una mesa polvorienta.
Ella manejaba en silencio mientras él me tocaba en el asiento trasero, y yo entendí que aquel favor ya no tenía vuelta atrás.
Encontré su braguita rota y empapada en el suelo. Cuando se giró en la cama y me miró con vergüenza en los ojos, supe que la noche apenas empezaba.
Fui a esa fiesta jurando que no haría nada, pero cuando me quedé sola con él supe que no iba a salir de ese cuarto con la boca limpia.
Pensé que solo estábamos jugando bajo la mesa, hasta que me besó con la boca llena de la corrida de otro hombre.
Cuando vi el letrero de las habitaciones por horas, entendí que no iba a aprender inglés esa tarde, sino hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Pensé que había alquilado una habitación normal, hasta que descubrí qué clase de pareja dormía al otro lado del pasillo.
Apenas cerró el auto en ese descampado, supe que no íbamos a volver a casa tan rápido.