Mi confesión en su oficina aquella tarde
Entré a su despacho para abrazarlo, pero cuando cerró la puerta y me miró de arriba abajo, supe que no iba a salir de ahí igual.
Entré a su despacho para abrazarlo, pero cuando cerró la puerta y me miró de arriba abajo, supe que no iba a salir de ahí igual.
Desperté con ella recogiendo mi ropa, pero cuando se inclinó junto a la cama supe que esa mañana no iba a estudiar nada.
Dejó claro desde que se sentó a mi lado que no pensaba pagar con dinero, y cuando me pidió que parara en el parque entendí por qué.
Le pedí que llegara desnuda a la piscina y le dejé la puerta sin llave. Diez minutos después, la vi cruzar el patio con el pelo rojo brillando bajo la luz del agua.
Me pidieron dos cosas: reservar habitación y llevar condones XL. Cuando ella salió del baño, entendí para qué me había hecho cruzar media provincia.
Entré al hotel pensando que solo follaría con ella, pero cuando me vendaron los ojos entendí que ese trío iba mucho más lejos.
Damián me pidió que me pusiera el plug antes de salir de fiesta. Yo no sabía que la verdadera noche empezaba cuando su mejor amigo se plantó frente a mí en la pista.
Fui a desahogarme a su casa como siempre, pero un beso impulsivo terminó con mi mejor amigo temblando frente a mí, listo para aprenderlo todo.
La vi entrar sola al bar después del partido y supe que la noche no iba a terminar con insultos, sino con una rendición mucho más íntima.
Solo quería mirar la cartelera, pero terminé arrodillada entre butacas, con su polla en la boca y la pantalla iluminándonos a medias.
Apenas cerramos la puerta, dejó caer el bolso, me miró con hambre y entendí que ya no había vuelta atrás.
Cuando el marcador se volvió imposible, entendí que ya no era una invitada: era el premio, y todos me estaban mirando como si ya me hubieran desnudado.
La vi sola al fondo de la barra, con la copa en la mano y una mirada que pedía exactamente lo mismo que yo esa noche.
Cuando me invitó a cenar aún no sabía que iba a acabar desnuda en su sofá, con su boca entre mis piernas, descubriendo lo que llevaba años negándome.
El borracho salió corriendo en cuanto vio el uniforme, pero ella no se separó ni un centímetro. Entendí que la madrugada iba a ser larga.
Me acompañó hasta la parada, me cargó la mochila y terminé arrastrándolo detrás de los arbustos para agradecerle de la forma más sucia.
Salí de la ducha y no encontré la ropa; estaba doblada sobre las rodillas de mi compañero, con esa sonrisa de quien llevaba semanas esperándome.
Entré a brindar con ellos por curiosidad, pero cuando cerraron la puerta de la obra y me rodearon, supe que no iba a salir igual.
Me agarró de la mano en recepción, dijo que le debía algo y, antes de pensarlo, ya lo estaba besando contra la puerta del baño.
Cuando cerró el pestillo del baño y se colocó entre mis piernas, entendí que llevaba días esperando ese beso.