La casa nueva despertó algo que jamás imaginé
Lucía me miró desde la cama recién estrenada y me dijo que al día siguiente, en la piscina, se pondría el bikini que es casi un hilo. No supe decirle que no.
Lucía me miró desde la cama recién estrenada y me dijo que al día siguiente, en la piscina, se pondría el bikini que es casi un hilo. No supe decirle que no.
Acepté pedalear cien kilómetros para complacerlo. Lo que no esperaba era el bote de cayena que me esperaba esa noche en el lavabo del hotel.
Desperté pasadas las seis, con el cuerpo entero latiéndome y el olor a lavanda en la piel. Daniela me esperaba desnuda, dispuesta a curar cada huella que la noche había dejado en mí.
Salimos primero él, después yo, con un par de minutos de diferencia. Nadie en el bar tenía por qué saber lo que iba a pasar entre los cartones del callejón.
Me creía la reina del dormitorio, intocable y exigente. Entonces bajaste, me abriste las piernas y descubrí cuánto me gustaba obedecerte sin protestar.
Maximiliano me señaló el tubo plateado con un gesto y entendí que no había vuelta atrás: esa noche todo el club iba a mirarme bailar para mi novio.
Crucé sola un edificio en ruinas buscando refugio. No esperaba encontrar a aquel hombre junto a la hoguera, ni descubrir hasta dónde estaba dispuesta a llegar para sobrevivir.
Bajé a la pista pensando que controlaba la situación. Tres horas después me había convertido en un mero observador de algo que ya no me pertenecía.
Cuando entendí que el regalo de mi hermana no incluía a mi marido, supe que tendría que contárselo. Lo que no supe prever fue su reacción esa noche.
Andrés se había ido diez días por trabajo. La lencería que había pedido para él llegó al sexto. Me la probé frente al espejo y supe que no podría esperarlo.
Pensé que tendría tiempo de recomponerme antes de que volviera de la cocina. Me equivoqué. Su voz a mi espalda llegó justo cuando susurraba su nombre.
Empezó como un secreto que le contaba al oído mientras me follaba. Terminó con él sentado a un metro, mirando cómo otro hombre me hacía perder la cabeza.
Nunca pensé que unas fotos en lencería roja terminarían enseñándome una parte de mí que llevaba años escondida bajo el traje y la corbata.
La primera vez que llamó «tetitas» a mi pecho plano me reí. La segunda vez, mi cuerpo se arqueó solo y supe que algo dentro de mí había empezado a cambiar para siempre.
Estaba distraída con el móvil cuando sentí sus manos en mis costillas. Esa noche, en el patio, no quedó nada inocente entre nosotros.
Lo dejé al borde toda la noche, una y otra vez, sin permitirle terminar dentro de mí. No era crueldad: era mi manera de garantizar el día siguiente.
Llovía, su casa estaba sola y yo tenía una sorpresa guardada. Nunca lo había hecho, pero esa tarde decidí que era el momento de averiguar a qué sabía el deseo.
Llegué temprano del trabajo, me puse una camisa suya sin nada debajo y me arrodillé frente a él. Esa tarde decidí que iba a cumplirle su fantasía, pero con mis reglas.
Le confesé la fantasía a las once y media de la noche. A las dos de la mañana ya teníamos cita cerrada y yo estaba más asustado que ella.
Hay confesiones que se quedan atoradas en la garganta. Esta es una de ellas, y te la cuento tal cual pasó: sin vergüenza, sin filtros y con una sonrisa enorme.