El resort donde mi mujer pasó a la segunda fase
Mi mujer sacó un folleto del bolso y me dijo que esa misma tarde teníamos una reunión. No sabía que aceptar implicaba dejar de ser el único hombre en su cama durante quince días.
Mi mujer sacó un folleto del bolso y me dijo que esa misma tarde teníamos una reunión. No sabía que aceptar implicaba dejar de ser el único hombre en su cama durante quince días.
Cuando subí al coche aquella mañana y vi que ella estaba sola al volante, supe que el fin de semana no iba a tener nada de inocente.
Cuando me pidió que le aplicara el protector solar, mis manos sabían lo que mi boca aún no se atrevía a decir.
Salió del vestuario de espaldas con un bikini que nunca me había mostrado. Sentí celos. Y, sin saber por qué, también empecé a sentir otra cosa.
Frente al espejo del hotel, ese bikini no me quedaba bien. Nada me quedaba bien desde que decidieron qué clase de cuerpo merecía tener.
Cuando me arrodillé en la arena con el sol pegándome en la espalda, no imaginé que alguien observaba cada movimiento desde el otro lado del peñasco.
Cuando me quité el sujetador del bikini delante de Carolina, su cara cambió. Y entonces supe que esa tarde no iba a salir de la playa siendo solo su amiga.
Cada primer martes del mes llamaba al timbre con el bidón al hombro. Yo lo recibía cada vez con menos ropa, esperando que se quedara más tiempo del necesario.
Creí que estaba solo en casa. Dejé la puerta del baño abierta, cerré los ojos y dije su nombre en voz alta sin imaginar que ella ya había vuelto.
No fui a la playa a nadar. Fui a recordarla, centímetro por centímetro, hasta que el recuerdo se volvió tan real que el cuerpo me respondió solo.
Cuando bajó descalza por el pasillo con esa bata transparente, supe que ninguno de los dos íbamos a fingir que no había pasado nada.
El vapor salió con ella envuelta en una toalla diminuta, y por primera vez en meses sentí ganas de tomar un pincel. Lo que vino después no debió pasar.
Cuando la vi bajar por el portal a las seis de la mañana, con la maleta más grande que ella, entendí que ese verano no iba a parecerse a ningún otro.
Compartir cuarto con ella en esa casa frente al mar parecía inofensivo, hasta que el calor, el mezcal y su cuerpo pegado al mío lo cambiaron todo.
Era la boda de mi hija, pero fue a él a quien busqué entre la multitud. Una balada, la arena bajo los pies, y de pronto ya no era solo mi hijo.
Treinta y dos grados, el niño dormido y una sola baraja entre los dos. Cuando ella preguntó qué quería apostar, él respondió con lo único que llevaba toda la semana sin atreverse a decir.
No había olas, ni brisa, ni una sola razón para moverse de la toalla. Hasta que ella se incorporó, los miró a los dos y dijo lo que ninguno se atrevía a pensar en voz alta.
Iván había alquilado la casa frente al mar para sorprender a Marina. Lo que no le dijo es que esa noche su secreto mejor guardado se sentaría en el sofá, entre los dos.
Tenía una cita secreta con mi amante de aquella fiesta en la azotea. Lo que no esperaba era que la otra apareciera tras la roca, dispuesta a no quedarse mirando.
«Si te quedas, te quedas para jugar», dijo él mirando a mi amiga. Yo solo quería tenerlo para mí, pero una parte oscura quería ver hasta dónde llegaba ella.