La alumna que me enseñó a desear a otra mujer
Bajó las persianas, cerró con pestillo y se colocó detrás de mí. «Solo tienes que relajarte», susurró. Lo que vino después no figuraba en ningún examen.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Bajó las persianas, cerró con pestillo y se colocó detrás de mí. «Solo tienes que relajarte», susurró. Lo que vino después no figuraba en ningún examen.
Yo había hecho las cosas bien; su novio no. Esa misma noche decidí invitarla a casa, sin imaginar hasta dónde me llevaría la curiosidad.
Vera lo tenía todo calculado: la piscina de agua salada, la ducha compartida y dos amigas que aún no sabían cuánto deseaban dejarse llevar.
La carioca se sentó entre ellos como si la noche le perteneciera. «¿Suaves o de los que rompen?», preguntó. Ninguno de los dos imaginaba lo que faltaba por descubrir.
Salió de la ducha envuelta en una toalla, me miró como nunca antes, y de pronto la noche de películas y golosinas dejó de tratarse de la serie que íbamos a ver.
Nunca había pensado en otra mujer así, hasta que su bata blanca rozó mi rodilla y entendí que aquella revisión no se parecería a ninguna otra.
Nunca se había planteado cómo sería estar con una mujer. Esa tarde, con la blusa a medio abrir, dejó de preguntárselo.
Me dormí con ropa interior pensando en lo divertida que había sido la fiesta. Renata se metió bajo las sábanas, y su mano no buscó mi cintura: buscó otra cosa.
«¿Y no te importa que tenga polla?», soltó su primo antes de presentárnosla. Respondí que primero quería conocerla. Esa misma noche terminé arrodillado a sus pies.
Practiqué frente al espejo durante semanas. La noche que metí el vestido en la mochila supe que ya no había vuelta atrás: esa vez sería de verdad.
Quería ver a otro hombre dentro de mi novia. Lo que no calculé fue lo que sentiría yo, tumbado en la cama de al lado, mientras ella gemía y no era por mí.
Aquella tarde no fui al entrenamiento. Ella se asomó a la calle, movió la cortina y me hizo una seña. Sabía exactamente lo que iba a pasar contra esa pared.
Estábamos como tantas otras noches, ella entregada y yo detrás, cuando mi mirada se detuvo en ese punto que todavía no habíamos abierto.
Empezamos jugando blackjack con apuestas inocentes. Cuando nos metimos al mar en topless, lo único que quería era saber a qué sabían sus labios bajo el agua.
Llevaba dos años enamorado en silencio. Cuando me llamó deshecha por su ex y me pidió que fuera a su casa, no imaginé en qué iba a terminar la madrugada.
Bajé del vapor con la blusa empapada y la cabeza llena de cuerpos ajenos. Ninguna de las mujeres del puerto preparó lo que pasó esa noche en el hotel.
Crucé la puerta de la suite esperando a una mujer asustada. No imaginé lo que escondía bajo aquella falda larga, ni las ganas con las que pensaba enseñármelo.
Yo siempre había sido el que cogía, nunca el que recibía. Hasta que esa noche, en la oscuridad de aquel cuarto, alguien decidió cambiar las reglas sin pedirme permiso.
Me bañé, abrí el cesto de la ropa sucia y entendí que esa tarde no iba a salir del cuarto siendo el mismo de siempre. Lo demás lo guardé como mi secreto más íntimo.
Nunca me había desnudado frente a nadie. Esa tarde, en su sofá de cuero, un hombre que me doblaba la edad me pidió que me quitara el blazer detrás del que llevaba toda la vida escondida.