Lo que mi vecina me propuso esa tarde lo cambió todo
Subí a su piso pensando que solo era un café entre vecinos. Bajé varias horas más tarde sabiendo que ya nunca volvería a ser el chico tímido del rellano.
Relatos de primeras experiencias inolvidables
Subí a su piso pensando que solo era un café entre vecinos. Bajé varias horas más tarde sabiendo que ya nunca volvería a ser el chico tímido del rellano.
Bajé del autobús dolorido de tanto rozarla en el asiento. Cuando cerró la puerta de la cabaña, supe que esa tarde dejaría de ser solo una promesa de pantalla.
Aquella tarde, sin pudor, se quitó el bikini delante de mí y mi cuerpo respondió como si llevara una vida entera esperando ese momento.
Subí a esa suite dispuesta a todo por el contrato. No imaginé que la prueba real empezaba al día siguiente, en la habitación cerrada del hijo del dueño.
La primera vez que me besó en ese parqueadero salí huyendo. La segunda no traje excusas: dejé que me acorralara contra la misma pared de bloque.
Lo había escrito sin rodeos: «Me apetece comerme una polla». No esperaba que me respondiera alguien tan nervioso, ni que después no quisiera marcharse.
Dormía en el metro, muerto de frío, cuando un hombre se me acercó y me habló de dinero fácil. No imaginé hasta dónde estaría dispuesto a llegar por un billete de vuelta.
Mariana amamantaba al bebé junto al fuego, sin saber que Catalina la observaba desde el otro extremo de la cabaña con un calor nuevo subiéndole por la piel.
Tenía las manos sudadas y el corazón disparado cuando él dejó el mando, cambió lo que había en la pantalla y, sin decir una palabra, me miró esperando que yo diera el primer paso.
Querido diario, todavía no sé cómo pasó. Solo sé que entré en su habitación a echarle una mano y salí siendo otro, con su sabor aún en la boca.
Salí del gimnasio sin ducharme, tal como él me lo había pedido. Esa tarde descubrí que obedecer a otro hombre podía darme más placer que mandar.
Cuando la puerta se abrió, esperaba ver a mi amigo. Era su hermano, y por cómo me miró supe que esa noche no iba a dormir.
Todavía me arde por dentro y no puedo dejar de pensar en lo que me hiciste. Te escribo esta carta porque ya no aguanto las ganas de volver a ser tuya.
Le dije que era muy chico para mí, y su respuesta fue una foto que me hizo cambiar de opinión. Nunca había estado con alguien tan joven desde que empecé a vestirme de mujer.
Me senté en la banca con el vestido más corto que tenía, esperando a un desconocido que solo me conocía por una pantalla. No sabía que esa noche dejaría de ser virgen.
Llevaba meses fantaseando con estar con una chica trans. Esa noche, en el asiento del copiloto, ella me susurró al oído que se había dado cuenta de cómo la miraba.
Abrí la puerta a las tres de la madrugada y la encontré tambaleándose con los tacones en la mano. Ninguno de los dos imaginaba lo que esa noche iba a desatar.
—Estoy harta de ser virgen —me dijo Sofía, apoyándose en la mesada—. Y nada me importa menos que lo que opine mi hermana.
Le dije que sí sin saber si podría cumplirlo. Esa noche descubrí que mis límites eran mucho más flexibles de lo que yo creía, y que me gustaba.
Llevábamos meses con las mismas bromas en los vestidores, hasta que ella me esperó en la cocina con una sonrisa y la blusa entreabierta.