Lo que nunca conté: mi amigo y yo en mi departamento
Una noche, después de demasiadas cervezas, le dije que sí. Lo que vino después me obligó a replantearme todo lo que creía saber sobre mí mismo.
Una noche, después de demasiadas cervezas, le dije que sí. Lo que vino después me obligó a replantearme todo lo que creía saber sobre mí mismo.
Acabé en la lona del gimnasio, debajo de un compañero, con el sabor a sangre todavía en la boca y a Carla esperándome en casa sin sospechar nada.
Tenía los dos brazos enyesados y dos meses por delante sin poder tocarse. Cuando me lo dijo, supe que esa visita al hospital no sería como las otras.
Dejé el auto a dos cuadras, miré el cartel del local de peces y subí esos escalones sabiendo que, después de ese mediodía, ya no podría mentirme.
Hacía años que no veía a Mateo, el padre de Diego. Cuando nos cruzamos esa tarde, no imaginé que terminaría en su salón con un bañador rojo prestado y la respiración entrecortada.
Compartimos habitación para ahorrar. Yo era casado, padre de dos hijos. Hasta esa noche en el hotel cuando él decidió que íbamos a ser otra cosa.
Llevaba un cubrebocas negro y una pijama de cocina verde, pero lo que me hipnotizó esa mañana fue cómo se le marcaba todo mientras servía las charolas del buffet.
Entré al consultorio por un dolor en el abdomen. Salí con un número guardado en el móvil y una pregunta que llevaba años evitando contestarme.
Nos sentamos frente a frente con un martini cada una. Una regla: vernos, hablarnos, olernos. Tocar, prohibido. Y ella tenía un cubito de hielo en la mano.
Cuando volvió de la cocina con dos cervezas, su mirada ya no era la misma. Y la abultada silueta bajo su jean tampoco dejaba dudas sobre lo que iba a pasar.
La primera vez que afeité a Rubén en la oficina supe que el deseo entre nosotros no iba a quedar en una simple cuestión de higiene compartida.
Volví del motel con la peluca en el bolso y dos condones sin estrenar. Al día siguiente, una llanta baja puso en mi puerta al hombre que iba a sacarme el coraje del cuerpo.
Llevábamos años evitando hablar de aquellos juegos infantiles, hasta que una tarde de invierno le pedí que me llevara en la bici y mi mano se posó donde no debía.
Pasé seis meses bajando a buscarlo a la esquina. Una sola noche en la casa vacía bastó para que dejara de esperarme.
Llevábamos años siendo amigas y nunca le había faltado al respeto. Esa madrugada, después de demasiado tequila, me besó en su cama mientras su marido dormía a los pies.
Llevaba años llenándole la cabeza con la idea, hasta que el viaje a la playa nos dio el escenario perfecto. Lo que no esperaba era el nombre que ella iba a pronunciar.
Las dos se fueron de compras y nos quedamos solos en casa. Bastaron diez minutos de televisión para que él decidiera mostrarme lo que llevaba debajo del short.
Pensé que solo iba a conocer a una mujer mayor. Cuando entendí lo que de verdad esperaban de mí, ya estaba desnudo en su habitación y no había vuelta atrás.
Bajé la maleta sin saber que en uno de los cajones del armario me esperaba algo que cambiaría el rumbo de aquel fin de semana en la casa familiar de mi pareja.
Pensé que era un dildo. Cuando me quitó la venda y vi el espejo, entendí que llevaba meses preparándome para algo muy distinto.