Lo que pasó con ella en el cuarto oscuro
Su marido sonreía desde la barra mientras ella me cogía de la mano y me llevaba hacia la puerta del fondo, esa que nadie cruzaba por casualidad.
Su marido sonreía desde la barra mientras ella me cogía de la mano y me llevaba hacia la puerta del fondo, esa que nadie cruzaba por casualidad.
Subí al coche todavía caliente del baño y, cuando vi sus ojos en el retrovisor, supe que no iba a llegar al café sin que él me viera de cerca.
Nadie dijo en voz alta lo que iba a pasar, pero cuando empezaron a caer las prendas, los cuatro supimos que esa noche no íbamos a volver a casa siendo los mismos.
Llegué a su casa pensando que era una charla cualquiera. Entonces vi al desconocido sentado en el sofá y supe que la propuesta no iba a ser sencilla.
Cuando se llevó a Sergio a la habitación y cerró la puerta, supe que esa duda no se iría nunca. Lo que pasó allí dentro todavía me corroe y me excita.
Noelia nos miró por encima de la copa de cava y soltó la pregunta que nadie esperaba: ¿cómo llevábamos nuestra vida sexual después de tantos años juntos?
Cuando me jaló hacia el callejón oscuro y me besó contra la pared, supe que el viaje que había ganado en la oficina no iba a ser lo que yo imaginaba.
Me maquillé, elegí el vestido negro más ajustado y bajé al restaurante sabiendo que aquella noche con la otra pareja no terminaría en la mesa.
Posé las manos en sus caderas creyendo que seguía un plan. Cuando se giró y vio que era yo, supe que aquella noche se me había ido completamente de las manos.
Acepté por aburrimiento, por curiosidad, por las ganas de sentir algo distinto. Esa noche, en un motel del centro, otra pareja nos esperaba con una botella de vino y ninguna regla.
Sabía que ella ardía bajo la fachada de mojigata. Lo que no esperaba era que su marido terminara pidiéndome que me la llevara a la cama. Y que ella suplicara por más.
Ellos nos gustaban, nosotros les gustábamos a ellos, y el agua tibia hizo el resto. Lo que vino después ninguno de los cuatro lo había planeado del todo.
Cuando creamos el perfil no buscábamos sexo a ciegas, sino a alguien que entendiera lo nuestro. Diego y Valeria nos escribieron una noche, y todo cambió.
Me dormí con ropa interior pensando en lo divertida que había sido la fiesta. Renata se metió bajo las sábanas, y su mano no buscó mi cintura: buscó otra cosa.
Apagué las luces del jardín con un botón y, cuando el agua caliente quedó como único testigo, desaté el lazo de su bikini delante de la otra pareja.
«¿Y no te importa que tenga polla?», soltó su primo antes de presentárnosla. Respondí que primero quería conocerla. Esa misma noche terminé arrodillado a sus pies.
Solo queríamos enjuagarnos el salitre. Nadie nos avisó de que en aquel rincón perdido la ropa sobraba y las reglas las ponía el deseo.
Bayron me puso el collar sobre la piel desnuda y supe que esa visita de trabajo no iba a terminar en la oficina, sino en su habitación.
Aún faltaba media hora para la llamada y ya estaba desnudo en la cama, convencido de que ninguna desconocida marcaría mi número a las ocho en punto.
El dolor de espalda era real. La excusa para mi marido, también. Lo que no esperaba era lo que pasaría cuando ese desconocido me pidió quitarme la última prenda.