Mi vecina universitaria me enseñó a besar a escondidas
Aquella tarde no fui al entrenamiento. Ella se asomó a la calle, movió la cortina y me hizo una seña. Sabía exactamente lo que iba a pasar contra esa pared.
Aquella tarde no fui al entrenamiento. Ella se asomó a la calle, movió la cortina y me hizo una seña. Sabía exactamente lo que iba a pasar contra esa pared.
Tenía veinte minutos antes de conectarme a la fiesta de mi marido. Tomás cerró la puerta del hotel y supe que esa noche iba a felicitar a mi esposo con la voz de otra mujer.
Llegó puntual, con olor a sudor limpio y a hombre. Cerró la puerta, me miró de arriba abajo y supe lo que iba a pasar en esa habitación de madera.
Empezamos jugando blackjack con apuestas inocentes. Cuando nos metimos al mar en topless, lo único que quería era saber a qué sabían sus labios bajo el agua.
Cuando cloné su WhatsApp a las tres de la madrugada, no buscaba pruebas de un engaño cualquiera: buscaba entender por qué mi cuerpo respondió como ellos esperaban.
Me puse la falda más corta para que las colegas de mi marido me envidiaran. Nunca imaginé que el tren me llevaría a otro sitio.
Confié en ella cuando me ató la venda. Confié cuando me arqueó la espalda. Solo entendí lo que estaba pasando cuando aquella mano callosa me apretó las caderas.
Me hice la borracha para que nos llevara a casa. No imaginé que ese sería el plan perfecto para terminar la noche de otra manera.
Llevaba dos años enamorado en silencio. Cuando me llamó deshecha por su ex y me pidió que fuera a su casa, no imaginé en qué iba a terminar la madrugada.
Abrí los ojos con la cabeza a punto de estallar. A mi lado dormía una mujer que no era solo mi esposa, y yo no recordaba absolutamente nada de cómo había llegado allí.
La reconocí en el parque pese al velo y el vestido cerrado hasta el cuello. Tres años sin vernos, y bastó una mirada para saber que volvería a mi habitación.
Cloné el teléfono de uno de ellos y leí cada mensaje del grupo. Sabían lo que planeaban para mí esa noche. Lo que no sabían era que yo también tenía un plan.
Desperté en otro camarote, con el sabor de dos hombres en la boca y la certeza de que ya no había vuelta atrás. Quedaban veinticuatro horas de crucero.
Renata había cortado con su hijo, pero seguía apareciendo por la casa. Y aquella tarde de calor, con la piscina y un bikini prestado, Tomás supo que no podría mirar hacia otro lado.
Bajé del vapor con la blusa empapada y la cabeza llena de cuerpos ajenos. Ninguna de las mujeres del puerto preparó lo que pasó esa noche en el hotel.
La oía discutir con su marido a través del patio. Esa noche llamó a mi puerta con una excusa de cartón y la bata medio abierta. Yo no sabía lo que venía.
Le ofrecí un abrazo en mi auto porque la veía rota. Lo que no le ofrecí en voz alta, ella lo entendió cuando se inclinó y apoyó los labios en los míos.
Pedí una sola cosa para la última noche: bailar. Lo que pasó después, en el camarote del fondo del pasillo, no se lo conté a nadie.
Chiara pedaleaba justo detrás de él en cada subida, y cada parada a la sombra era una excusa nueva para acercarse más de lo necesario.
Cuando los truenos empezaron a sacudir el edificio supe que aporrearía mi puerta. Lo que no imaginé fue que esa noche terminaría dentro de mi cama.