Aquel otoño en la facultad lo cambió todo
Tenía los ojos verdes y unas pecas rosadas que aún recuerdo. Fue mi primera vez, mi primer amor y la primera persona que me rompió el corazón.
Tenía los ojos verdes y unas pecas rosadas que aún recuerdo. Fue mi primera vez, mi primer amor y la primera persona que me rompió el corazón.
Abrí los ojos para apartarme el pelo de la cara y ahí estaba él, parado en el umbral, desnudo, mirándome con una sonrisa que no tenía nada de inocente.
A las tres de la tarde, con la piscina medio vacía, los vi entrar al vestuario sin secarse. Esa fue la señal que llevaba semanas esperando.
Contrataron al stripper como una broma. Pero cuando el prometido tocó la puerta a las tres de la mañana, la despedida se transformó en algo que ninguna olvidaría.
Nunca había mirado a mi prima Marta de esa manera. Hasta que la nevada nos dejó a solas en el caserón y un par de mantas eléctricas dejaron de ser suficientes para tanto frío.
Apenas oí sus llaves peleando con la cerradura supe que iba a tener que disimular. Lo que no sabía era que ella había venido decidida a no dejarme.
Aquel beso en la mejilla giró hacia mi boca y, aunque no abrí los labios, sentí su lengua. Ahí supe que frenar a mi propio hijo iba a costarme más de lo que admitía.
Bailamos tres canciones y bastó. Volé al norte intentando olvidarlo, dormí con otro pensando en él, y diez meses después marqué su número desde un hotel.
Estaba frente a la puerta de su dormitorio, conteniendo la respiración. Solo faltaba un paso para que la razón terminara de arder entre nosotros.
Entró envuelta en un abrigo negro, con pizza caliente y una amiga que él veía por primera vez. Solo venían a ayudar con las cajas… o eso dijeron.
Le ofrecí un masaje para sus pies cansados y, sin darme cuenta, crucé la única línea que jamás debí cruzar con ella esa noche.
Cuando descorchó la champaña y dijo que esa noche no había jerarquías, no entendí lo que de verdad me proponía hasta que sentí la primera mano sobre mi piel.
Bastó una frase inocente de Lucía en la terraza para que todas las miradas cayeran sobre nosotros, y la mano de Marina encontró la mía bajo la mesa.
Todas las tardes la veía pasear a su perra y me quedaba sin aire. La tarde que me invitó a subir a su piso, no imaginé hasta dónde llegaría aquello.
Bajé a la cocina por un vaso de agua a las tres de la mañana. Lo que encontré ahí, con la casa en silencio, no debía haber pasado nunca.
Llevaba el body de encaje que jamás había estrenado. Mis tres hermanos la miraban sin atreverse a moverse, y entonces ella dejó caer la bata.
Llevaba dos meses fingiendo que iba al despacho cuando en realidad caminaba sin rumbo por Barcelona. Aquella noche marqué el número del único que podía salvarme.
Aceptó compartir su cama solo para no perderme. No imaginaba hasta dónde estaba dispuesto a llegar yo para no perderla a ella.
Él me miraba desde el sillón mientras yo me arrodillaba frente al desconocido que había escogido en la barra del bar. Era mi primera noche siendo puta.
La encontré bebiendo sola junto a la piscina, dolida y rabiosa, y supe que ya no iba a consolarla como un hijo. Esa tarde cruzamos algo que jamás podríamos deshacer.