Mi tía beata limpiaba mi casa hasta esa mañana
Dejé el chalet de mi padre por la casa de mis abuelos en la aldea. No imaginaba que mi tía, la más rezadora del pueblo, terminaría desnuda en mi cama por un sobre lleno de billetes.
Dejé el chalet de mi padre por la casa de mis abuelos en la aldea. No imaginaba que mi tía, la más rezadora del pueblo, terminaría desnuda en mi cama por un sobre lleno de billetes.
Subí a la cabina con dieciocho años recién cumplidos y un termo de café. No imaginaba que esa litera estrecha iba a ser donde mi tío Ramón me enseñaría todo lo que no sabía de mí.
Su madre me llamó soñador, su padre me humilló junto al coche. Cuando todo acabó, Helena bajó las escaleras, me tomó de la mano y me llevó a su cuarto.
Me había mandado la foto mientras mi marido manejaba a su lado. Yo no respondí, pero esa imagen no se me borró en todo el día.
Hacía once meses que mi esposo no me tocaba. Esa noche, a solas con su mejor amigo y una lata de pintura, descubrí cuánto me había estado conteniendo.
Llevábamos meses rozándonos en los pasillos sin decir nada. Esa noche, en el bar, ella se apoyó contra la pared y supe que ya no había vuelta atrás.
Cada vez que nos quedábamos solos me rozaba como sin querer. Esa noche en la cabaña supe que ya no quería frenarlo, y caminé descalza hasta el bosque.
Marina volvió de la universidad hecha una mujer, y entre risas y juegos en el agua entendí que ya no éramos los críos que se bañaban cada verano en aquel pueblo.
Lo había intentado antes y solo había sentido dolor. Esa noche, en una habitación de hotel con un desconocido, descubrí lo equivocada que estaba.
Cuando la sostuve febril contra mi pecho, recordé las noches en que su boca conocía la mía como si llevara años aprendiéndome.
Me gustaba sentirme mirada, deseada, elegida entre todas. Esa noche un hombre del campo me sacó de la pista y me llevó a un lugar sin vuelta atrás.
Me mojé al ver su erección en la pantalla, pero no fue por lo que mostraba: fue por saber que mis palabras la habían provocado. Y supe exactamente lo que quería hacerle.
Cuando dejé caer el brazo a destiempo durante el último ejercicio, supe que algo iba a pasar. Lo que no imaginé fue cómo terminaríamos en el banco de madera.
Pensé que dormía. Cuando abrí los ojos, Helena estaba de pie junto al jacuzzi, mirándome con una intensidad que no supe si era furia o algo mucho peor.
Salí a comprar una hamburguesa a la una de la mañana y terminé subiendo al segundo piso del gimnasio, sin ropa interior bajo el vestido. Él entrenaba solo.
Nunca había visto a un hombre como Lamine, y desde el primer día supo que haría cualquier cosa con tal de volver a entrar en su casa.
—Te lo advierto: todo lo que me hagas, lo vas a sufrir o lo vas a disfrutar tú también. Esa es mi única condición —dijo ella, mirándolo desde arriba.
Solo quedaban diez minutos y ella suplicó entrar. Marcó, se lesionó otra vez... y cuando volví al vestuario seguía allí, envuelta en una toalla y con una sonrisa que lo cambiaba todo.
No era ni el día ni la hora en que solía venir a buscar a mi marido. Y mi marido no estaba en casa. Yo tampoco sabía todavía lo que iba a pasar esa tarde.
Dejé mi país, vendí mis muebles y compré un pasaje sin retorno. Lo único que sabía con certeza era que Helena estaría esperándome del otro lado del vidrio en Amberes.