Aquella orden susurrada que la hizo perder el control
—No tienes que creer que puedes —le dijo al oído—. Yo sí lo creo. Tu único trabajo de esta noche es rendirte y dejar que tu cuerpo obedezca.
—No tienes que creer que puedes —le dijo al oído—. Yo sí lo creo. Tu único trabajo de esta noche es rendirte y dejar que tu cuerpo obedezca.
Le serví un té para que se relajara, pero supe que el trabajo no era lo único que lo tenía tenso. Y esa noche decidí hacer algo al respecto.
Me puse la minifalda más corta solo para ver si conseguía ponerlo nervioso. No imaginé que esa misma noche él volvería a aparecer, esta vez dentro de mi cabeza.
El vapor borraba los rostros y los nombres. Solo quedaba el calor, su mirada fija en la mía y la certeza de que ninguno de los dos iba a detenerse.
Se levantó de la mesa, se dio vuelta y me miró de un modo que no dejaba lugar a dudas. La seguí sin pensarlo, con el corazón golpeándome el pecho.
Apoyé las manos en la pared fría, respiré hondo y entendí que al otro lado alguien esperaba el permiso invisible para empezar a tocarme.
Llevábamos años rozándonos las manos sin decir nada. Esa madrugada, en mi salón a media luz, las miradas dejaron de bastar y nadie quiso volver a fingir.
Me ordenó separar las piernas y apoyar las manos en la nuca. Lo que él tomaba por un cacheo de rutina era, en realidad, el principio de mi juego.
La vi entre cientos de personas y supe que iba a buscarla. Lo que pasó después, junto al mar, fue el sueño más vívido que he tenido jamás.
Durante un año soñó con el día en que pudiera devolverle cada engaño. La noche del Día de Muertos, un amuleto de obsidiana le ofreció exactamente eso.
Me tomó del brazo en plena calle y susurró que, si la soltaba, quizá desaparecería. No imaginé hasta dónde llegaría esa noche ni el precio que pagaría por seguirla.
Cuando entré al café y lo reconocí, supe que aquella sesión de fotos no iba a quedarse solo en fotos. Su mirada ya me había desnudado antes de que yo dijera una palabra.
Dejé el picardías colgado a la vista en el baño, calculé cada gesto y esperé a ver hasta dónde se atrevía a llegar el chico del cuarto B.
Pensé que era la recepcionista volviendo por un olvido. Era ella, con esa sonrisa que nunca significaba nada inocente, y el cerrojo girando a su espalda.
Eran las dos de la mañana, quedábamos solos en el piso 25 y ella tenía la espalda agarrotada. Lo que empezó como un favor terminó siendo otra cosa.
Bastó que se acercara demasiado para que el calor que llevábamos meses negando nos delatara a los dos. Esa noche ya no hubo forma de seguir disimulando.
Entró sin invitación, con una sonrisa que prometía placer y escondía hambre. Esa noche, cada cuerpo que tocó dejó de ser suyo para siempre.
Diego se tocaba pensando en Nadia cuando su deseo abrió una puerta cerrada hacía mil ochocientos años. Lo que cruzó tenía hambre, y la ciudad sería su banquete.
Si pedíamos cerveza, nos despedíamos. Si pedíamos vino, nos quedábamos. Nunca imaginé hasta dónde nos llevaría esa copa que ella eligió sin dudar.
Entramos a la ducha solo para quitarnos el cansancio del día. Salimos de ahí con una idea muy distinta en la cabeza y un reto que ninguno pensaba perder.