El masaje a cuatro manos que cumplió nuestra fantasía
Tomás me regaló un masaje, pero no me contó que él aprendería a darlo junto a la masajista. Lo que pasó en esa sala superó cualquier cosa que hubiéramos fantaseado.
Tomás me regaló un masaje, pero no me contó que él aprendería a darlo junto a la masajista. Lo que pasó en esa sala superó cualquier cosa que hubiéramos fantaseado.
«Sabía que vendrías hoy», dijo ella, y entonces él entendió que aquel reencuentro casual no tenía nada de casual.
Confesar cuántas parejas habíamos tenido fue solo el principio. Lo que ella propuso esa noche, con mi sabor todavía en su boca, no se parecía a nada hablado antes.
Subí a encerrarme creyendo que nadie me había visto. Tenía los dedos entre las piernas y los ojos cerrados cuando sentí que la puerta cedía despacio a mis espaldas.
Una mano desconocida me rozó la cintura justo antes de salir del bar. Bastó una pregunta al oído para que olvidara a mis amigas y siguiera a esa pareja hasta su casa.
Sabía lo que hacía cuando me puse la bata mal cerrada. Lo que no sabía era hasta dónde dejaría que aquel desconocido me explorara esa tarde.
Estaba embarazada, sola y caliente como nunca; cuando aquellos dos hombres se ofrecieron a acompañarme a casa, ya sabía lo que iba a dejar que ocurriera entre los tres.
Cuando crucé la puerta y la vi de pie en mitad de la sala, supe que la lección de esa noche no la olvidaría jamás: había vuelto, y eso lo cambiaba todo.
Me quedé mirándola desde la barra hasta que nuestras miradas se cruzaron. No sabía aún que esa noche ella me llamaría «señor» y haría todo lo que yo le ordenara.
Cuando se puso de cuclillas frente a mí bajo la lluvia y me pidió que le enseñara los dientes, supe que aquel hombre de traje negro no buscaba darme una moneda.
Junto al cajón abierto, mientras todos fingían llorar, Mariana solo podía pensar en las manos de aquellos dos hombres y en lo que le harían esa misma noche.
Tenía veintitantos, una esposa flaca que nadaba abajo y unos ojos hambrientos que me suplicaban sin saberlo. Esa tarde le enseñé quién manda.
Pulsé enviar y algo se rompió para siempre. Con su collar al cuello, supe que al cruzar la puerta del bar dejaría de ser quien fui.
Crucé la puerta de casa siguiendo una música solemne y la encontré tendida en la cama, encadenada de oro y mirándome como si yo fuera su único dueño.
Subí al coche con cada prenda elegida por él y supe que esa tarde mi único trabajo sería obedecer mientras la gente pasaba sin sospechar nada.
Abrí la puerta equivocada y la encontré frente al espejo, con dos dedos donde no debían estar. No gritó. Sonrió como quien acaba de elegir su presa.
Me escribió que quería correrse sobre mis labios antes siquiera de vernos. Esa frase me enganchó, pero lo que vino después, junto al mar, superó cualquier mensaje.
Siempre fui la chica que seguía las reglas, hasta que él me ordenó arrodillarme y entendí que mi cuerpo llevaba años esperando que alguien le diera permiso.
La primera vez que entré a su despacho creí que iba a negociar un préstamo. Salí con sus instrucciones grabadas en la piel y la certeza de que ya no mandaba sobre mi propio deseo.
Esa noche la vi a través de la ventana, sola y desesperada con su juguete. Y supe exactamente qué hacer con ella... y con su hijo, que miraba a mi lado en la oscuridad.