Miré cómo otra mujer sedujo a mi esposa esa noche
Cuando llegué al bar, mi esposa ya no estaba sola: una desconocida le acariciaba la cintura, y lo único que yo no quería era que se detuviera.
Cuando llegué al bar, mi esposa ya no estaba sola: una desconocida le acariciaba la cintura, y lo único que yo no quería era que se detuviera.
Bruno me había roto el corazón otra vez, pero quien me esperaba en aquella casa de las afueras no era él, sino su madre, con un vestido que no dejaba nada a la imaginación.
Seis años fingiendo que no pasaba nada cada vez que se rozaban. Esa noche, con la ciudad dormida, ninguna de las dos quiso seguir fingiendo.
Sentí su mano subir por mi muslo entre el gentío del metro y, aunque no podía moverme ni un centímetro, no quise que parara.
Tenía veintidós años y nunca había visto a otra mujer desnuda, hasta esa tarde en la ducha, cuando ella se quitó la ropa interior como si yo no estuviera mirando.
Fui a buscar consejo a la única mujer en la que confiaba, sin imaginar que esa tarde, en la casa de campo, descubriría todo lo que mi cuerpo todavía no sabía sentir.
Creí que actuar por mi cuenta la haría sentirse orgullosa. Me equivoqué. En cuanto Renata cruzó la puerta y vio lo que había hecho, supe que esa tarde aprendería a obedecer.
Tacones, melena rebelde y un vestido negro que valía más que todo mi armario. Yo llegué en jeans rotos y botas militares. Ninguna de las dos había venido a charlar.
Renata me untaba la loción bronceadora sobre los pechos cuando me preguntó si alguna vez había tenido una amante. Me sonrojé como una cría. Le dije que no.
Creí que iba a guiarla en su primera experiencia, pero fue ella quien tomó el control y me enseñó hasta dónde podía llegar mi cuerpo.
Me empujó contra la pared con un beso lento, bajó la voz hasta el susurro y me dijo que sería una buena niña. No supe su nombre, pero la obedecí.
Cada vez que pasaba junto a mi mesa perdía el hilo de lo que hacía. No imaginaba que un solo descuido iba a delatar todo lo que sentía por ella.
Nunca había pensado en Nora de esa manera, hasta que se rozó contra mí en el bar y entendí, por su sonrisa, que ella llevaba mucho tiempo pensándolo.
Creí que estaba sola corrigiendo mis textos, hasta que su mano se posó sobre mi pierna y entendí que el receso iba a durar mucho más de lo previsto.
Mara le cubrió los ojos y le pidió silencio. Lo que su mejor amiga hizo después con la lengua cruzó para siempre la frontera de lo que eran.
Cinco años entrenando y nunca había competido. Esa última tarde, cuando su entrenadora se sentó a horcajadas sobre ella, supo que no eran los nervios lo que la hacía temblar.
La luz apenas entraba por la persiana, ella seguía dormida y yo solo pensaba en una cosa: perderme entre sus piernas antes de que abriera los ojos.
Escribo esto sabiendo que vas a leerlo, aunque finjas que no. Y sabiendo también la forma exacta en que tu cuerpo respondía cuando creías que nadie miraba.
No quité los ojos de ella cuando se acercó a la cama. Sabía que lo que iba a pasar no debía pasar, y aun así dejé que se sentara sobre mis piernas.
Cuando bajé desnuda por un café a medianoche, no esperaba encontrarla en la cocina, en camisón, con una confesión que lo cambiaría todo entre nosotras.