El técnico que vino al colegio aquella tarde
Volví al colegio esa tarde con la excusa de estudiar en la biblioteca, pero ninguna de las dos íbamos a abrir un solo libro. Íbamos por ellos.
Volví al colegio esa tarde con la excusa de estudiar en la biblioteca, pero ninguna de las dos íbamos a abrir un solo libro. Íbamos por ellos.
Eran las seis de la mañana y él me miraba por el retrovisor como si ya supiera lo que yo iba a permitir. Esto pasó de verdad y no me arrepiento de nada.
Aquel lunes el gimnasio estaba casi vacío. Solo quería ducharme tranquila, pero crucé la puerta equivocada… y él ya estaba dentro, mirándome sin decir nada.
Un coche frenó a mi lado y me preguntó el precio. Tenía treinta y siete años, era abogada y, por una vez, decidí no decir que no a la locura.
Crucé el complejo para llevar un mensaje y terminé rodeada de cuatro hombres mayores que me miraban como si yo fuera el plato principal de la tarde.
Damián venía cada tres días; Adrián apareció el viernes con su moto. Esa semana descubrí hasta dónde era capaz de llegar cuando nadie me miraba.
Era mi mejor amigo, mi confidente. Aquella noche de feria, entre vino y risas, su mano en mi cintura encendió algo que jamás había sentido por él.
Jamás me involucro con clientes, le dije. Pero su cuerpo ya estaba pegado al mío y mi propia voz me sonó a mentira mientras cerraba el portón del garaje.
Serví a esa casa desde niño y vi cómo la melena de fuego de aquella mujer ponía de rodillas a los hombres más poderosos del valle, uno por uno, según el día de la semana.
Nadie en la fiesta sospechaba nada: para todos éramos solo amigos. Pero esa madrugada Adrián desvió el coche hacia la finca de la colina, y supe que ya no íbamos a seguir disimulando.
Vi su nombre en la pantalla y supe que no debía contestar. Pero lo hice, y en cuanto escuché su voz volví a ser la mujer que juré no volver a ser.
Aparqué junto a su coche sin saber que esa tarde libre terminaría con ella subiéndose al mío, en el rincón más oscuro del parking.
Sonó el teléfono y era él, ofreciéndome una sesión esa misma tarde. Por su tono supe que no íbamos a hablar solo de masajes.
Devolví las llaves del piso y, sin planearlo, esa semana terminó con la confesión que nunca pensé contarle a nadie: dos hombres, una amiga y una sola noche.
Desde la pista ya nos buscábamos las manos con disimulo; lo que no terminamos en el auto lo seguimos en mi cuarto, sin prisa y sin nada puesto.
Le dije que venía sudando, que necesitaba bañarme. Él me cargó hasta el sofá y me susurró que así, con mi aroma, le gustaba todavía más.
Juro que es una historia real, de esas que no se cuentan en voz alta. Apareció entre los setos casi desnuda, me pidió fuego y todo lo demás vino solo.
Pensé que era un juego inocente de miradas en el semáforo. No imaginé que un sábado por la mañana iba a tocar su puerta con la excusa más torpe del mundo.
Nunca te prometí más de lo que te di, y quizás por eso volviste. Esta es la historia de la mujer a la que jamás llegué a conocer del todo.
Camino entre las taquillas con la toalla al hombro y siento todas las miradas. Ellos fingen no mirar, pero sus cuerpos me responden antes que sus palabras.