La despedida de soltero que me hizo traicionarlo
Acepté bailar para una despedida de soltero porque necesitaba el dinero. Lo que no esperaba era que cuatro chicos me ofrecieran el doble por algo más.
Acepté bailar para una despedida de soltero porque necesitaba el dinero. Lo que no esperaba era que cuatro chicos me ofrecieran el doble por algo más.
Estábamos solas frente al espejo. Yo arreglándome el labial; ella mirándome con una intensidad que ya no era amistad. Y entonces se acercó.
Tres de la mañana. Un camisón corto. Nada debajo. Y la sensación de que cada farol del parque era un ojo curioso esperando que diera el paso de más.
La conocí entre píxeles y promesas a distancia. Ella nunca supo que cada noche, sola en mi cuarto del hotel frente al mar, me la imaginaba a mi lado.
Llevábamos meses tonteando por el chat interno. Cuando le propuse cerrar la oficina un sábado, no creí que fuera a venir. Vino, temblando, pero vino.
Damián siempre cobraba veinte dólares. Esa tarde llegó con Camila al asiento del acompañante y la mirada cómplice de quien ya había hablado de mí con ella.
Aparqué el coche en la cuneta y caminé hasta las luces de neón. Solo quería usar un teléfono. Tres horas después, no me importaba que la grúa tardara.
Me arreglé como nunca para verlo: minifalda, tacones, peluca. Lo que no esperaba era que su hermana apareciera y adivinara, de una sola mirada, todo lo que callábamos.
Llevaba años fantaseando con ella en silencio. Cuando dejó caer el vestido en medio de mi salón, supe que esa noche nadie iba a dormir.
Cuando bajó de la moto con ese vestido empapado de lluvia, supe que el lunes ya no iba a parecerse a ningún otro lunes de mi vida.
Bajé la mano sin pensarlo, con el celular en la otra y su foto llenando la pantalla. Nunca había deseado así a una mujer, y ella ni siquiera sabía que yo existía.
Escondía en un cajón cacheteros que nunca enseñaba a nadie. Esa noche, con un hombre de cincuenta y un años del otro lado de la pantalla, decidí mostrarlos.
Cuando la vi cruzar las llegadas del aeropuerto supe que aquella huésped no era ninguna niña. Lo que no imaginé es que acabaríamos desnudas bajo la misma ducha.
Subía los testículos, ajustaba la peluca y me convertía en otra persona a solas. Nunca imaginé que alguien llevaba meses observándome desde la ventana de enfrente.
Cuando levanté la vista del cuello de Camila, un hombre nos observaba desde la valla. No huyó. Sonrió, se llevó la mano al pantalón y se sentó a esperar.
Cuando abrí la puerta y la vi ahí, descalza y con el rímel corrido, supe que no había venido a hablar. Venía a recuperar lo que había dejado abandonado.
Pensé que la fiesta había terminado cuando cerré la puerta. Pero ella seguía descalza en mi sofá, con la copa apoyada en la rodilla y otra caja entre las manos.
Cuando me crucé con ella en el pasillo del baño caí en que ya nos conocíamos: habíamos matcheado en la app la semana anterior y nadie había puesto cara a la otra hasta esa noche.
Andrés cerró la puerta con llave aunque sabía que no había nadie en el piso. Cuando volvió a plantarse frente a mí, ya no era mi jefe sino otra cosa.
Mi marido no necesita tocarme primero. Necesita ver cómo otros me miran sin permiso, cómo se traban cuando paso. Después viene él, y el deseo ya no cabe en la cama.