La pareja que nos invitó a algo más que comer
Mi mujer llevaba semanas pidiéndome carta blanca para una noche. No imaginé que nuestros anfitriones tenían preparada una sorpresa que iba a dejarnos a los cuatro sin aliento.
Mi mujer llevaba semanas pidiéndome carta blanca para una noche. No imaginé que nuestros anfitriones tenían preparada una sorpresa que iba a dejarnos a los cuatro sin aliento.
Cuando me confesó el favor que quería pedirme, pensé que bromeaba. Su mejor amiga estaba rota, y Lorena había decidido que yo era la cura.
Llevaba el huevo vibrante puesto desde que salieron del hotel, y Lorenzo decidía cuándo correrse delante de todos. Esa noche su marido ya no era parte de la ecuación.
Nadia creía que la pasión con Andrés se había apagado. Esa noche, frente a dos parejas desconocidas y un dado de doce caras, descubrió hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Diego y yo llevábamos años bromeando con cambiar de pareja por una noche. Cuando Sofía me tomó de la mano hacia su dormitorio, dejó de ser una broma.
La hermana del novio me esperaba cada noche, pero la verdadera sorpresa llegó cuando mi amigo me pidió un favor que ninguno de los dos olvidaría.
Se enfundó el vestido negro, me besó y dijo «no me esperes». Yo sabía exactamente con quién iba a pasar la noche, y eso era justo lo que me excitaba.
Cuando entré en aquel cuarto y las vi a las dos juntas, tardé un segundo en distinguir cuál era mi esposa y cuál la desconocida que había pagado por ella.
Eran casi las once cuando entró por la puerta con esa sonrisa que yo conocía demasiado bien, la misma que ponía cada vez que algo prohibido acababa de pasarle entre las piernas.
Adrián nos pidió un favor por teléfono, pero la verdadera sorpresa empezó en nuestra habitación de hotel, mucho antes de la cena que tenía preparada para los seis.
Mi mujer cabalgaba sobre mí pensando en el vecino mientras él, al otro lado del tabique, hacía lo mismo con la suya. Era cuestión de tiempo que dejáramos de imaginarlo.
Fuimos a urgencias por un dolor extraño, pero la exploración del médico se convirtió en otra cosa frente a mis ojos, y yo no hice nada por detenerla.
Acordamos comportarnos como dos extraños en la arena: ella tendría que seducirme con medio mundo mirando, y yo tendría que aguantar sin delatarme.
Llegamos al club pasada la medianoche sin saber muy bien qué buscábamos. Lo supimos cuando Mara salió del agua, nos miró a los dos y sonrió como si ya nos conociera.
Cuando abrí la puerta de la habitación ya era tarde para arrepentirme: ella estaba sobre la cama, y él no se detuvo cuando nuestras miradas se cruzaron.
Damián me siguió hasta el agua para verme el culo de cerca. Lo que empezó como un juego entre risas terminó con las dos parejas encerradas en su apartamento.
Cuando Diego me extendió la mano para bailar, supe que mi esposo solo iba a mirar. Y que yo, por una vez, dejaría de ser la señora decente que todos creían.
Llevábamos toda la mañana provocándonos con la crema solar cuando la chica de la toalla de al lado decidió sumarse al juego.
Cuando Lucía se quitó el bikini frente a mí en su habitación, entendí que aquel fin de semana en la playa ya no iba a tratarse solo de tomar el sol.
Compré lencería para una noche a solas con mi esposa. Jamás imaginé que terminaría viéndola en brazos de otro hombre mientras la mujer de él se acomodaba en mi regazo.