La noche en que dejamos de fingir el deseo
Bastó que se acercara demasiado para que el calor que llevábamos meses negando nos delatara a los dos. Esa noche ya no hubo forma de seguir disimulando.
Bastó que se acercara demasiado para que el calor que llevábamos meses negando nos delatara a los dos. Esa noche ya no hubo forma de seguir disimulando.
Entró sin invitación, con una sonrisa que prometía placer y escondía hambre. Esa noche, cada cuerpo que tocó dejó de ser suyo para siempre.
Diego se tocaba pensando en Nadia cuando su deseo abrió una puerta cerrada hacía mil ochocientos años. Lo que cruzó tenía hambre, y la ciudad sería su banquete.
Si pedíamos cerveza, nos despedíamos. Si pedíamos vino, nos quedábamos. Nunca imaginé hasta dónde nos llevaría esa copa que ella eligió sin dudar.
Entramos a la ducha solo para quitarnos el cansancio del día. Salimos de ahí con una idea muy distinta en la cabeza y un reto que ninguno pensaba perder.
Tomás me regaló un masaje, pero no me contó que él aprendería a darlo junto a la masajista. Lo que pasó en esa sala superó cualquier cosa que hubiéramos fantaseado.
«Sabía que vendrías hoy», dijo ella, y entonces él entendió que aquel reencuentro casual no tenía nada de casual.
Confesar cuántas parejas habíamos tenido fue solo el principio. Lo que ella propuso esa noche, con mi sabor todavía en su boca, no se parecía a nada hablado antes.
Subí a encerrarme creyendo que nadie me había visto. Tenía los dedos entre las piernas y los ojos cerrados cuando sentí que la puerta cedía despacio a mis espaldas.
Una mano desconocida me rozó la cintura justo antes de salir del bar. Bastó una pregunta al oído para que olvidara a mis amigas y siguiera a esa pareja hasta su casa.
Sabía lo que hacía cuando me puse la bata mal cerrada. Lo que no sabía era hasta dónde dejaría que aquel desconocido me explorara esa tarde.
Estaba embarazada, sola y caliente como nunca; cuando aquellos dos hombres se ofrecieron a acompañarme a casa, ya sabía lo que iba a dejar que ocurriera entre los tres.
Cuando crucé la puerta y la vi de pie en mitad de la sala, supe que la lección de esa noche no la olvidaría jamás: había vuelto, y eso lo cambiaba todo.
Me quedé mirándola desde la barra hasta que nuestras miradas se cruzaron. No sabía aún que esa noche ella me llamaría «señor» y haría todo lo que yo le ordenara.
Cuando se puso de cuclillas frente a mí bajo la lluvia y me pidió que le enseñara los dientes, supe que aquel hombre de traje negro no buscaba darme una moneda.
Junto al cajón abierto, mientras todos fingían llorar, Mariana solo podía pensar en las manos de aquellos dos hombres y en lo que le harían esa misma noche.
Tenía veintitantos, una esposa flaca que nadaba abajo y unos ojos hambrientos que me suplicaban sin saberlo. Esa tarde le enseñé quién manda.
Pulsé enviar y algo se rompió para siempre. Con su collar al cuello, supe que al cruzar la puerta del bar dejaría de ser quien fui.
Crucé la puerta de casa siguiendo una música solemne y la encontré tendida en la cama, encadenada de oro y mirándome como si yo fuera su único dueño.
Subí al coche con cada prenda elegida por él y supe que esa tarde mi único trabajo sería obedecer mientras la gente pasaba sin sospechar nada.