Lo que pasó entre mi hermana y yo pintando
Nadia llegó esa mañana con una bolsa de refrescos y unos vaqueros cortísimos. Llevábamos años sin estar solas de verdad. No sabía que eso iba a cambiar.
Nadia llegó esa mañana con una bolsa de refrescos y unos vaqueros cortísimos. Llevábamos años sin estar solas de verdad. No sabía que eso iba a cambiar.
Llegué agotada de la universidad y me tiré en la cama sin siquiera quitarme los zapatos. No sé cuánto dormí. Cuando abrí los ojos, él ya estaba sentado a mi lado.
Le mostró las fotos con una sonrisa nerviosa. Él tardó tres segundos en entender lo que miraba, y otros tres en decidir que no pensaba parar.
Cuando me abrazaba por detrás y sentía su cuerpo contra el mío, los dos sabíamos que aquello tenía un nombre que nadie se atrevía a pronunciar.
Valeria tenía veinticinco años, era la esposa de mi padre y me miraba como si no supiera si odiarme o devorarme. Yo tampoco lo sabía.
Un BMW a cambio de una paja semanal parecía un trato simple. Pero los acuerdos con mi padrastro nunca terminaban donde empezaban.
No me enseñó por amor. Me enseñó porque nadie más iba a hacerlo, y porque, en el fondo, era lo que los dos necesitábamos.
Entré al confesionario con vergüenza y salí sabiendo que lo que mi hijo sentía por mí no era tan diferente de lo que yo empezaba a sentir por él.
Entró al despacho con una camiseta vieja sin nada debajo, mordiendo una aceituna y mirándome como si llevara meses esperando que yo cediera primero.
Sabía perfectamente lo que hacía debajo de esa manta. Y yo decidí no apartarme. Lo que vino después cambió la dinámica entre nosotros para siempre.
La invitación era para cenar. Lo que nadie dijo en voz alta es que los tres queríamos que la noche terminara en algo más.
Cuando los dos vecinos del piso de abajo tocaron mi puerta con una botella de vino, llevaba diez días sola en casa con el cuerpo en un estado que no era tranquilidad.
Apaga la luz. Desnúdate despacio. Hay una voz que ya sabe lo que necesitas, y esta noche va a guiarte hasta donde tú misma nunca te has llevado.
Era el padre protector, el marido fiel, el tipo que rechazaba todo lo que se saliera de lo normal. Hasta aquella noche en la casa de campo.
Llevaba horas aguantando el deseo en la oficina. Cuando vi sus manos en el volante, supe que esa noche no iba a terminar como tenía planeado.
Cuando Arturo me pidió que me diera la vuelta, entendí lo que quería. Lo más perturbador fue darme cuenta de que yo tampoco podía decir que no.
Me puse las medias, el liguero y los tacones. Me miré al espejo y supe que estaba lista. Lo que no supe fue cómo apagar ese recuerdo de tres semanas atrás.
No era que me faltara nada. Era que nunca me había dado cuenta de lo que quería hasta que aquel chico me miró como si yo fuera lo único en el mundo.
Cuando Laura leyó mi mensaje, canceló todos sus planes. No necesité decir mucho más: dos palabras bastaron para encenderlo todo entre nosotros.
Llevaba meses diciéndole que no. Cuando vi ese teléfono en el aparador, supe exactamente qué podía ofrecerle a cambio de tenerlo.