Mi primera vez con un hombre fue en aquel coche
Estaba casado, era hetero y estaba seguro de quién era. Esa madrugada, dentro de un coche aparcado junto a la playa, dejé de estarlo.
Estaba casado, era hetero y estaba seguro de quién era. Esa madrugada, dentro de un coche aparcado junto a la playa, dejé de estarlo.
Cuando se soltó el cierre del vestido, entendí que esa noche en el camerino lo cambiaría todo entre nosotras, y que no quería que parara.
Cambié la canción a una más lenta, dejé que mis dedos bajaran por mi cuello, y de pronto el masaje dejó de ser solo un masaje. ¿Te animas a imaginarlo conmigo?
Esa mañana no me arreglé ni me sequé las lágrimas. Solo marqué su número y le pedí que viniera sin avisarle nada a mi esposo.
Nunca fuimos amigas, pero ella me miraba con desprecio cada vez que su novio se quedaba observándome de más. Y yo decidí darle una razón de verdad para odiarme.
Subieron al segundo piso con una bandeja de pasteles. Ninguna imaginó que esa tarde aprenderían cuánto deseo llevaba durmiendo entre las tres.
Llevábamos meses fantaseando con la idea. Esa noche, mientras ella subía la escalera detrás de la camarera, supe que yo iba a mirar todo desde el cuarto de al lado.
Me puse el delantal blanco y la cofia, me maquillé como una golfa y lo llamé para avisarle que la habitación ya estaba lista. El resto lo teníamos ensayado de memoria.
Llevo años cobrando por acostarme con desconocidos. Nunca pensé que sería yo el que terminaría rogando por volver a verla a ella.
El hospital olía a cloro, pero ella sólo respiraba el recuerdo de sus manos callosas en su espalda y la sospecha de que esa noche tampoco iba a abrirle la puerta.
Pensé que el fin de semana familiar sería como cualquier otro. Hasta que ella cruzó el portón y entendí que el pasado nunca había estado del todo enterrado.
Mi tutora se acababa de quedar dormida cuando descubrí el cajón entreabierto de su mesa de luz. Adentro brillaba algo que iba a cambiarlo todo entre las dos.
Cuando puso mi mano sobre su entrepierna mientras conducía, supe que ya no había vuelta atrás. Esa noche dejé de fingir y me entregué por completo.
Cuando crucé esa puerta dejé de ser yo. Él me esperaba sin peluca ni maquillaje, con una sonrisa de chico malo y mi nombre nuevo ya elegido.
Pensé que el balneario estaba vacío hasta que escuché las risas. Cinco voces jóvenes, cinco miradas que no se desviaron del bikini blanco mojado contra mi piel.
Acepté el cuarto que me alquiló sin sospechar nada. Tres semanas después yo ya planeaba mi nueva vida con él, mientras mi marido seguía llamándome cada noche.
Olía a café recién hecho y supe que la noche anterior no había sido un sueño. Yamila seguía ahí, en mi cocina, con la piel todavía caliente del deseo.
Cuando salió del baño con la bata atada al descuido y los pezones marcando la tela, supe que ya no podría mirarla como a la prima de los veranos en la playa.
La deseé desde el primer día, con su cuerpo perfecto enfundado en la malla. Lo que no imaginaba era lo que escondía debajo, ni lo lejos que estaba dispuesto a llegar.
Cuando se bajó el bóxer sin pedirme que saliera del cuarto, supe que la tarde había dejado de tratarse de ropa deportiva.