La casa nueva despertó algo que jamás imaginé
Lucía me miró desde la cama recién estrenada y me dijo que al día siguiente, en la piscina, se pondría el bikini que es casi un hilo. No supe decirle que no.
Lucía me miró desde la cama recién estrenada y me dijo que al día siguiente, en la piscina, se pondría el bikini que es casi un hilo. No supe decirle que no.
Nunca pensé que una tarde cualquiera, esperando a que mi mujer volviera, terminaría mirando por una ventana lo que jamás debí ver.
Esa noche el polígono estaba vacío, salvo por un tráiler con la cabina encendida y un hombre que no apartó los ojos de mí ni un segundo.
Llevaba el sombrero de vaquera y ninguna intención de volver sola. No imaginaba que un desconocido me propondría algo que nunca antes me había atrevido a probar.
Bajé al bar con la falda demasiado ceñida y el coño desnudo bajo ella. Sabía exactamente lo que buscaba esa noche, y no era precisamente dormir.
Llevábamos meses rozándonos sin atrevernos a nada. Esa noche el alcohol borró el último límite y, en la penumbra de aquel cuarto, descubrimos hasta dónde podíamos llegar.
Salimos primero él, después yo, con un par de minutos de diferencia. Nadie en el bar tenía por qué saber lo que iba a pasar entre los cartones del callejón.
Vine a descansar a una isla de lujo con mi hijo adolescente. No imaginaba que sería él quien no me dejaría dormir esa noche de tormenta.
Bajó descalza al pasillo sin pensarlo, con el vino todavía en la sangre y una certeza terrible: si nadie la tocaba esa noche, se rompería del todo.
Mis amigas hablaban de italianos guapos de nuestra edad. Yo asentía y mentía, porque lo que de verdad buscaba en ese viaje tenía sesenta y cuatro años.
Maximiliano me señaló el tubo plateado con un gesto y entendí que no había vuelta atrás: esa noche todo el club iba a mirarme bailar para mi novio.
Desperté con una erección que ya no recordaba, y el sueño seguía vivo: la chica menuda de la playa, su sonrisa, su piel mojada bajo el sol. Cerré los ojos y dejé que volviera a mí.
A los cuarenta y cuatro creía que ya nada podía sorprenderme, hasta que un hombre con las manos manchadas de grasa me miró como nadie lo hacía desde hacía años.
Escribió diciendo que quería ser mi modelo, mi musa. No imaginaba que esa tarde aprendería que el deseo y la cámara son la misma cosa.
Cuando abrí la puerta envuelta solo en una toalla, no imaginé que el amigo de mi padre me miraría así, ni que yo le devolvería la mirada sin ninguna vergüenza.
Entro al chat para distraerme, nada más. Pero ese señor de voz pausada y casi treinta años más que yo despertó una curiosidad que terminó conmigo desnuda sobre él.
Cuando le acerqué la segunda copa, sus dedos rozaron los míos más de la cuenta. El anillo de casada le pesaba demasiado para resultar inocente.
Creyó que los altos muros del laberinto la escondían de todos. No contaba con que el hombre que conocía de toda la vida la estuviera mirando desde la entrada.
La encontré llorando en la cocina, con el teléfono aún en la mano y la voz de su marido resonando. Solo quería consolarla; juro que lo demás no estaba en mis planes.
Nunca me consideré sumisa, pero la primera vez que su voz me ordenó algo al teléfono, obedecí sin pensar. Y descubrí que ser de alguien podía gustarme más de lo que jamás imaginé.