Lo que descubrí con Carolina en la playa nudista
Cuando me quité el sujetador del bikini delante de Carolina, su cara cambió. Y entonces supe que esa tarde no iba a salir de la playa siendo solo su amiga.
Cuando me quité el sujetador del bikini delante de Carolina, su cara cambió. Y entonces supe que esa tarde no iba a salir de la playa siendo solo su amiga.
Le abrí la camisa contra la pared del zaguán, le besé el cuello y supe que no le iba a pedir que se quedara, aunque me estuviera muriendo de ganas.
Solo quedaba un nombre en su lista de pacientes, y cuando lo llamó no imaginaba quién iba a cruzar la puerta de su consulta esa tarde.
Cada primer martes del mes llamaba al timbre con el bidón al hombro. Yo lo recibía cada vez con menos ropa, esperando que se quedara más tiempo del necesario.
La sala estaba casi vacía. Mi marido se levantó a por las bebidas y, antes de salir, me había subido la falda y el jersey lo justo para que su amigo no pudiera apartar la mirada.
Llegué a su casa una hora antes que mi novia. Mi suegra abrió la puerta con bata corta, un whisky servido y una sonrisa que no era inocente.
Crucé esa puerta convencida de que las mujeres no eran lo mío. Salí dos horas después sabiendo que esa frase era la mentira más grande que me había dicho.
Me depilaba entero, me ponía medias y ligueros a escondidas. Nunca imaginé que un congreso de la empresa terminaría conmigo entregado a otro hombre.
Cuando los tres golpes sonaron en la puerta del baño, supuse que sería Carla. Pero quien entró fue él, sin esperar respuesta, descalzo y con el pecho desnudo.
Cuando abrí la puerta para respirar el aire mojado, alguien saltó la tapia. Estaba desnudo, no dijo su nombre, y mi marido seguía durmiendo dentro de la casa sin saber nada.
Nunca me había sacado la blusa al aire libre. Tenía el pulso disparado y las manos temblando, pero algo en mí necesitaba saber qué se sentía que un desconocido pudiera mirarme.
Esa mañana no había nadie en casa para escucharme. Solo el espejo, mis tacones y la voz de un hombre que vivía dentro de mi cabeza.
Adoro la siesta cuando estoy sola en casa. Hoy el fresco de la tormenta me erizó la piel y, sin darme cuenta, solo podía pensar en cómo me mirarías tú.
Vivía justo enfrente de mí y nunca me había mirado dos veces. Esa tarde decidí que eso iba a cambiar, aunque tuviera que cruzar el pasillo sin sujetador.
En la fila de los tragos me pidió oler mi perfume. Cuando se inclinó contra mi cuello entendí que esa noche el recital iba a terminar en cualquier lugar menos en mi casa.
Eran las diez de la mañana, estaba sola en casa y solo podía pensar en sus manos. Hoy, al fin, estaríamos a solas y necesitaba calmar lo que él había despertado en mí.
El muy cabrón había usado su propio cuerpo como inspiración, y ahora ella temblaba frente a la pantalla sin saber si lo que sentía era rabia o ganas.
A los cincuenta y uno, después de muchas mujeres, escribí a un desconocido en una página gay sin saber que ese mensaje me obligaría a aceptar lo que siempre había negado.
Llevaba todo el día con la ropa interior húmeda solo de pensar en lo que me esperaba en casa. La caja seguía cerrada sobre la cama, y yo ya no aguantaba más.
Pensó en él todo el día. Ahora, bajo las sábanas y con la lluvia golpeando el cristal, su mano empieza a recorrer lo que su imaginación ya había prometido.