El escritor que me hacía arder sin saber que existía
Hace tres años acepté la solicitud de un desconocido que escribe poesía erótica. Desde entonces, cada noche, leo sus palabras a oscuras y no le he escrito nunca.
Hace tres años acepté la solicitud de un desconocido que escribe poesía erótica. Desde entonces, cada noche, leo sus palabras a oscuras y no le he escrito nunca.
Leí la carta en el camerino con las manos temblando. La oferta era indecente, la cifra obscena. Se la enseñé a mi marido esperando su furia; me sonrió y me dijo que aceptara.
A las tres de la mañana, con el humo del porro flotando entre los dos, Romina me dejó caer la frase que iba a desarmar todo lo que creía saber sobre mí mismo.
El yate estaba anclado, el sol caía sobre la cala y nadie en cubierta hablaba ya de cifras. Todos sabíamos para qué habíamos subido a bordo.
Aquella tarde de viernes, con la segunda copa de vino en la mano, Valeria me miró diferente y empezó a contarme lo que hacía los fines de semana.
Había aprobado selectividad por los pelos y no había tocado nunca a una chica. En cuatro días descubrí por qué dos profesoras guardaban secretos.
Doblaba ropa en el sofá cuando él apareció con la cerveza en la mano y esa sonrisa que no debería haberle devuelto. Y aun así, no apartó la mirada.
Cuando el aguacero nos dejó empapadas, ella me ordenó quitarme la ropa mojada y empezó a desnudarse sin pudor. Intenté disimular el temblor en mis manos.
Abrí la puerta con la camisa empapada al pecho, sin imaginar que el desconocido del rellano vendría a por algo más que una toalla y mi ducha.
Dejé la taza en la mesita, me arrodillé al lado de la cama y entendí que esa mañana nada volvería a ser como antes en esta casa.
Llegué con mi mochila a la dirección que me dieron, sin saber que aquel trabajo de limpieza era apenas la fachada de algo mucho más caliente.
A las nueve de la noche entré al gimnasio buscando a alguien que se atreviera a mirarme. Esa vez fueron tres, y supieron lo que llevaba debajo.
Rodeé la cabaña por el lado del cuarto de bombas y vi la mano de mi mujer dentro del bóxer mojado de Marcos. Y no pude moverme de los arbustos.
Guardé sus números en el cajón y supe que no los llamaría. Pero también supe que mi marido nunca volvería a tocarme como antes de aquella noche en alta mar.
Le dije que ya podía bañarse sola. Ella bajó la cabeza y susurró que aún tenía miedo. No imaginé hasta dónde llegaría esa ducha.
Sabía que iría apenas escuchara su voz otra vez. Lo que no sabía era que esa tarde Camila me iba a empujar mucho más lejos que la primera.
Mi padre abrió el saco para que no pasara frío. No imaginé que esa noche, dentro de la tienda, su olor y sus manos iban a convertirse en lo único que importaba.
Llevaba meses mintiendo a Mateo y, cuando entendió que lo sabía todo, no me derrumbé. Me puse el vestido azul, salí de casa y crucé la ciudad para encontrarme con Adrián.
Crucé la puerta equivocada en la finca y la vi de espaldas, en encaje blanco, frente al espejo. Lo que no debía mirar fue lo único que pude mirar.
Lo vimos entre los lirios, mirándonos desde la sombra. Daniela se arrodilló sin avisar y supe que esa noche cambiaría todo lo que éramos como pareja.