Lo que Noelia hizo con los amigos de su novio
Tres hombres, una sola mujer en el centro de la cama y una regla que todos respetaban. Esa noche Noelia descubrió algo que la unió a uno de ellos para siempre.
Tres hombres, una sola mujer en el centro de la cama y una regla que todos respetaban. Esa noche Noelia descubrió algo que la unió a uno de ellos para siempre.
El párroco me pidió que me quedara cuando la iglesia ya estaba vacía. Lo que pasó en su despacho se volvió mi secreto de cada domingo, y no quiero que termine.
Lo había bloqueado de todas partes porque esa era la regla. Entonces sonó un número desconocido en mitad de la calle y supe que estaba a punto de fallarme a mí misma.
Cuando los vi ajustarse el pantalón al verla estirarse en la cocina, supe que ese verano iba a ser distinto. Y yo mismo me encargaría de empujarlo.
Todos la juzgaban por cómo terminaba cada fiesta. Esa noche alguien se ofreció a llevarla a su cuarto sin sospechar que su borrachera escondía una trampa deliciosa.
Acepté la nota pensando que era un trabajo más. No sabía que ese hombre del calendario iba a meterse bajo mi piel hasta volverse imposible de olvidar.
Subí a su piso pensando que solo era un café entre vecinos. Bajé varias horas más tarde sabiendo que ya nunca volvería a ser el chico tímido del rellano.
La tormenta había vaciado el edificio. Solo quedábamos él y yo, hasta que un sonido apenas audible me hizo levantarme de la silla y caminar hacia su despacho.
Durante años creyó que solo una buena cogida la mantenía viva. Hasta que un chofer viudo, una hija que cumplía años bajo la lluvia y una ciudad extranjera lo cambiaron todo.
A los cuarenta y uno creía que el deseo se había apagado, hasta que un hombre me atrapó en el aire y sentí, por primera vez en años, que alguien me miraba de verdad.
La música me vibraba en el cuerpo, sus ojos no se despegaban de mí, y supe que esa noche iba a hacer algo de lo que no me arrepentiría jamás.
Mateo evitaba quedarse a solas con él porque, decía, a su lado sentía que iba a volverse gay. Esa tarde se quedaron solos, y la sudadera fue lo primero en caer.
Bajé del autobús dolorido de tanto rozarla en el asiento. Cuando cerró la puerta de la cabaña, supe que esa tarde dejaría de ser solo una promesa de pantalla.
La Licenciada que me hacía firmar contratos millonarios apareció con dos valijas y la cara descompuesta: su casa estaba bajo el agua y necesitaba dónde dormir.
Bajé del coche, subí los tres pisos sin pensarlo y, en cuanto abrió la puerta, supe que esa noche no la dejaría llegar ni hasta el sofá.
Mi marido cobró la entrada, mi amigo armó la lista de invitados y yo me cambié de ropa cinco veces antes de que alguien dejara el primer billete.
La contraté para que me ordenara la casa. Nunca imaginé que la primera mirada que cruzamos iba a desordenarme a mí por completo.
Lo seguí por el pasillo sin pensarlo, con el corazón en la garganta. Sabía que si empujaba esa puerta no habría vuelta atrás, y aun así la empujé.
La odiaba con todo. Cada vez que abría la boca me robaba el aire. Y sin embargo esa tarde, solos en la sala de juntas, descubrí cuánto la deseaba.
Nadie en la facultad la miraba. Pero cuando él se inclinó sobre su caballete y guió su mano, entendió que para ese hombre era lo único que existía en el salón.