La vecina del noveno piso que me dejó sin palabras
Todas las tardes la veía pasear a su perra y me quedaba sin aire. La tarde que me invitó a subir a su piso, no imaginé hasta dónde llegaría aquello.
Todas las tardes la veía pasear a su perra y me quedaba sin aire. La tarde que me invitó a subir a su piso, no imaginé hasta dónde llegaría aquello.
Bajé a la cocina por un vaso de agua a las tres de la mañana. Lo que encontré ahí, con la casa en silencio, no debía haber pasado nunca.
Llevaba el body de encaje que jamás había estrenado. Mis tres hermanos la miraban sin atreverse a moverse, y entonces ella dejó caer la bata.
Llevaba dos meses fingiendo que iba al despacho cuando en realidad caminaba sin rumbo por Barcelona. Aquella noche marqué el número del único que podía salvarme.
Aceptó compartir su cama solo para no perderme. No imaginaba hasta dónde estaba dispuesto a llegar yo para no perderla a ella.
Él me miraba desde el sillón mientras yo me arrodillaba frente al desconocido que había escogido en la barra del bar. Era mi primera noche siendo puta.
La encontré bebiendo sola junto a la piscina, dolida y rabiosa, y supe que ya no iba a consolarla como un hijo. Esa tarde cruzamos algo que jamás podríamos deshacer.
Dejé el chalet de mi padre por la casa de mis abuelos en la aldea. No imaginaba que mi tía, la más rezadora del pueblo, terminaría desnuda en mi cama por un sobre lleno de billetes.
Subí a la cabina con dieciocho años recién cumplidos y un termo de café. No imaginaba que esa litera estrecha iba a ser donde mi tío Ramón me enseñaría todo lo que no sabía de mí.
Su madre me llamó soñador, su padre me humilló junto al coche. Cuando todo acabó, Helena bajó las escaleras, me tomó de la mano y me llevó a su cuarto.
Me había mandado la foto mientras mi marido manejaba a su lado. Yo no respondí, pero esa imagen no se me borró en todo el día.
Hacía once meses que mi esposo no me tocaba. Esa noche, a solas con su mejor amigo y una lata de pintura, descubrí cuánto me había estado conteniendo.
Llevábamos meses rozándonos en los pasillos sin decir nada. Esa noche, en el bar, ella se apoyó contra la pared y supe que ya no había vuelta atrás.
Cada vez que nos quedábamos solos me rozaba como sin querer. Esa noche en la cabaña supe que ya no quería frenarlo, y caminé descalza hasta el bosque.
Marina volvió de la universidad hecha una mujer, y entre risas y juegos en el agua entendí que ya no éramos los críos que se bañaban cada verano en aquel pueblo.
Lo había intentado antes y solo había sentido dolor. Esa noche, en una habitación de hotel con un desconocido, descubrí lo equivocada que estaba.
Cuando la sostuve febril contra mi pecho, recordé las noches en que su boca conocía la mía como si llevara años aprendiéndome.
Me gustaba sentirme mirada, deseada, elegida entre todas. Esa noche un hombre del campo me sacó de la pista y me llevó a un lugar sin vuelta atrás.
Me mojé al ver su erección en la pantalla, pero no fue por lo que mostraba: fue por saber que mis palabras la habían provocado. Y supe exactamente lo que quería hacerle.
Cuando dejé caer el brazo a destiempo durante el último ejercicio, supe que algo iba a pasar. Lo que no imaginé fue cómo terminaríamos en el banco de madera.