La tarde que la hija del capataz subió al camión
Bamboleaba las caderas sabiendo que él la miraba desde el remolque, y decidió que ese camionero no se marcharía sin dejarle algo que recordar entre los pinos.
Bamboleaba las caderas sabiendo que él la miraba desde el remolque, y decidió que ese camionero no se marcharía sin dejarle algo que recordar entre los pinos.
Tenía veinte años y un novio que me esperaba en casa. Aquella tarde de calor, junto a la piscina, descubrí cuánto puede arder el cuerpo cuando una decide dejarse llevar.
Llevaba semanas con una sola idea fija en la cabeza, y aquel domingo en las gradas del campo de rugby encontré por fin la manera de cumplirla.
Llegué cansada del velero y solo quería dormir. Nunca imaginé que esa noche, detrás de un antifaz de flores, dejaría de ser la esposa fiel que siempre fui.
Se agachó para mostrarme sus pulseras y su mirada bajó hasta mi pecho. En ese instante supe que no me marcharía de aquella playa siendo la misma mujer.
Aún tenía el sabor de otro hombre en la boca cuando entendí que esa noche no iba a detenerme, aunque mi hermana estuviera en la habitación de al lado.
Mi madre rentó el cuarto de sobra a dos hermanos recién llegados, y desde el primer día sentí cómo me desnudaban con la mirada. No imaginé hasta dónde llegaría.
Mi amiga me empujó suavemente con una sonrisa cómplice. «Anda», me dijo, «no te va a quitar los ojos de encima en toda la noche». Y tenía razón.
Se puso el vestido más corto que tenía, sin nada debajo, y caminó sola hacia las sombras del astillero. No iba a creerle a nadie: necesitaba comprobarlo con su propio cuerpo.
Llevaba semanas masturbándome cada noche imaginando lo que ella vivía en carne propia. Hasta que un jueves me planté frente al espejo y decidí dejar de imaginarlo.
Aquel viernes llegamos desnudas bajo los abrigos, dispuestas a todo. Lo que no sabíamos es que esa noche habría alguien nuevo esperándonos en la pared.
Me había imaginado mil veces mi primera vez, pero nunca así: diciéndole que sí, con la voz temblorosa, a algo que jamás me habría atrevido a pedir en voz alta.
Pensé que tendría tiempo de recomponerme antes de que volviera de la cocina. Me equivoqué. Su voz a mi espalda llegó justo cuando susurraba su nombre.
Le abrí la puerta para que se refugiara del diluvio. No imaginé que terminaría de rodillas frente a él, ni que sus cuatro amigos también llamarían.
Llamé a la puerta del séptimo con el cubo en la mano y el corazón disparado. Ninguno de los dos creía ya en la excusa de la limpieza, y a mí dejó de importarme.
Crucé los brazos para esconder lo que el frío de la sala había delatado en mí. Entonces se sentó a mi lado, sin pedir permiso, como si el asiento fuera suyo.
Cuando me limpié el semen que bajaba por mis piernas, vi las manchas rojas en el papel. —Me hiciste sangrar —le dije, y él me miró como si recién entendiera lo que acababa de hacer.
Estaba tumbada y desnuda cuando una sombra me tapó el sol. «Si no te pones crema te vas a quemar», dijo él. Yo no llegaba a la espalda… y él tenía las manos perfectas.
Acepté su dinero sin imaginar cómo querría que se lo devolviera. Cuando llegó esa noche con vino y esa sonrisa tranquila, supe que ya no había vuelta atrás.
Solo le ofrecí un vaso de agua. Lo que pasó después no lo había sentido en veinte años de vida sexual, y todavía no sé cómo lo dejé entrar.