Mi maestra de ballet me esperó después de clase
Cuando dejé caer el brazo a destiempo durante el último ejercicio, supe que algo iba a pasar. Lo que no imaginé fue cómo terminaríamos en el banco de madera.
Cuando dejé caer el brazo a destiempo durante el último ejercicio, supe que algo iba a pasar. Lo que no imaginé fue cómo terminaríamos en el banco de madera.
Pensé que dormía. Cuando abrí los ojos, Helena estaba de pie junto al jacuzzi, mirándome con una intensidad que no supe si era furia o algo mucho peor.
Salí a comprar una hamburguesa a la una de la mañana y terminé subiendo al segundo piso del gimnasio, sin ropa interior bajo el vestido. Él entrenaba solo.
Nunca había visto a un hombre como Lamine, y desde el primer día supo que haría cualquier cosa con tal de volver a entrar en su casa.
—Te lo advierto: todo lo que me hagas, lo vas a sufrir o lo vas a disfrutar tú también. Esa es mi única condición —dijo ella, mirándolo desde arriba.
Solo quedaban diez minutos y ella suplicó entrar. Marcó, se lesionó otra vez... y cuando volví al vestuario seguía allí, envuelta en una toalla y con una sonrisa que lo cambiaba todo.
No era ni el día ni la hora en que solía venir a buscar a mi marido. Y mi marido no estaba en casa. Yo tampoco sabía todavía lo que iba a pasar esa tarde.
Dejé mi país, vendí mis muebles y compré un pasaje sin retorno. Lo único que sabía con certeza era que Helena estaría esperándome del otro lado del vidrio en Amberes.
Me tumbé desnudo en la camilla a propósito, sin taparme, solo para ver qué hacía él cuando entrara con el aceite caliente.
Fumaba desde los dieciocho y nada me había hecho parar. Hasta que mi mujer encontró a esa doctora de tacones imposibles y sonrisa de depredadora.
Tenía traje caro y una mirada que intimidaba a todos en la mesa, pero no podía dejar de mirarme los pies. Y yo sabía exactamente lo que iba a hacer con eso.
Calzaba un 36, los tenía blancos y perfectos, y aquella tarde de sangría decidí que necesitaba metérmelos en la boca aunque fuera delante de todos.
Llevaba diez minutos espiándome los pies desde la parada del bus. Lo que no imaginaba era que pensaba subirlo a mi piso y ponerlo de rodillas antes de que cayera la tarde.
La persiana estaba a medio bajar y la llave giró dos veces tras de mí. Vine sin el anillo y con doce años de silencio sobre la lengua.
Compré lencería nueva, una peluca negra y tacos altos para ese sábado. No imaginé que mi cuerpo me jugaría una mala pasada justo en el mejor momento.
La seguí a la calle convencido de que sería una noche más. No imaginaba lo que ocultaba bajo aquel vestido ajustado ni hasta dónde iba a llevarme.
Le pedí que imaginara mi mano sobre su pierna. No esperaba sentir la suya temblando bajo la mía, ni que el trance terminara siendo también el mío.
Llevaba años alimentando en secreto una fantasía que jamás diría en voz alta. Esa noche, una criatura de ojos rojos apareció a los pies de su cama dispuesta a cumplirla.
Coloqué la cámara entre mi ropa para confirmar mis sospechas. Nunca imaginé que esa grabación terminaría reescribiendo todo lo que deseábamos en la cama.
El cartel pedía ayudante sin experiencia y horario corto. No pregunté qué clase de servicios ofrecían en la trastienda; debí haberlo hecho antes de firmar.