Lo que mi novia hizo conmigo en aquel probador
Cuando Lucía corrió la cortina del probador detrás de nosotras, supe que el vestido verde no iba a salir intacto. Y que yo tampoco saldría como había entrado.
Cuando Lucía corrió la cortina del probador detrás de nosotras, supe que el vestido verde no iba a salir intacto. Y que yo tampoco saldría como había entrado.
La lluvia golpeaba los cristales cuando Rodrigo abrió los ojos con esa expresión de quien acaba de descubrir algo que no puede explicar con palabras.
Cuando bajó del avión y me estrechó entre sus brazos, supe que no iba a dejar que nada —ni siquiera el calendario— nos detuviera esa noche.
Creí que podría hacerlo sin sentir nada. Pero mi cuerpo llevaba demasiados años dormido como para obedecerme aquella noche en la suite.
Ella temblaba sobre la alfombra cuando entendí que la noche apenas empezaba. Afuera llovía con fuerza y yo tenía los dedos todavía brillantes de lubricante.
El pronóstico decía trece grados y nublado. Perfecto para que mis pies se cocinaran todo el día dentro de las zapatillas sin lavar, como a él le gusta.
El calor nos pegó los cuerpos antes de que pudiéramos pensarlo. Ella bailaba descalza y yo ya no podía dejar de mirarla.
Se asomó desde el balcón con una camisola empapada y una sonrisa torcida. Yo subí cuatro pisos sabiendo exactamente lo que iba a pasar.
Eran los amigos de mi hijo. Tenían veinte años y me miraban como si yo fuera lo único que querían en el mundo. Debí subir sola a mi cuarto. No lo hice.
Lo humillé delante de toda la oficina por una mancha. A las ocho bajé las cortinas para pedirle perdón a solas, y se me fue de las manos.
Cuando bajé esa noche por agua, escuché risas que no eran de la televisión. Mi madre tenía visita. Y yo, sin proponérmelo, me convertí en testigo de todo lo que vino después.
Bajé a la piscina a escapar del ruido y terminé escuchando una confesión que despertó algo que llevaba años dormido bajo mi piel.
Llegué sola al club a las tres y media. Cuando lo vi entre el humo y los kicks, supe que esa madrugada terminaría siendo el secreto que aún no le he contado a nadie.
Me había vestido para él en el baño del piso doce: peluca rubia, tacones imposibles y un corsé que apretaba todo lo que llevaba años escondiendo bajo la camisa.
Un año atrás él me llamaba ratita frente a sus colegas. Hoy se arrodilla en tacones rojos para besarme las botas y me dice Señora con la voz quebrada.
Bajé al patio del bar a las dos de la mañana porque en mi cuarto no se podía respirar. No imaginaba que terminaría siguiéndola hasta el cuartito de atrás.
Cuarenta y tres grados, las cuatro de la tarde, y ella asomada al balcón con la camisola pegada al cuerpo, sabiendo perfectamente que iba a hacerme subir cinco pisos.
Llevaba un vestido demasiado corto y la mirada de quien ya había tomado la decisión. Su puerta estaba entreabierta, exactamente como habíamos quedado.
Siete años de amistad fingiendo no sentir nada. Aquella madrugada, entre dos coches en un callejón, dejamos de fingir los dos.
Cuando él cerró la puerta y se acercó con el frasco de aceite tibio en la mano, supe que esa cita no se parecería a ninguna otra que hubiera tenido antes.