Las órdenes frías que cumplí hasta la noche
Cada hora obedecía la misma orden en el baño, y con cada repetición mi cuerpo pedía algo más sucio y más intenso.
Cada hora obedecía la misma orden en el baño, y con cada repetición mi cuerpo pedía algo más sucio y más intenso.
Ella solo quería perder el miedo, pero cada foto y cada orden la empujaron a una iniciación anal que no iba a olvidar.
Fui a ese club pensando en unas copas y un encuentro pendiente, pero salí en un coche con dos hombres que ya habían decidido cómo me querían usar.
Creí que la noche acabaría en nuestra terraza, pero él ya había decidido hasta dónde iba a llevar mi obediencia.
La primera noche en el piso nuevo lo até a una silla, me senté sobre su polla encerrada y le ordené que me confesara todo lo que quería que le hiciera.
A la una menos un minuto, la puerta del ático ya estaba entreabierta y ella me esperaba temblando, sin saber hasta dónde pensaba llevarla.
Lo cité en casa para explicarle mis permisos, pero lo que encontró en la sala cambió la forma en que me miraba en la oficina.
Mara oyó los aplausos detrás de ella y entendió que la prueba apenas empezaba, aunque su cuerpo ya temblaba sobre el mármol.
Cruzó las piernas sabiendo que la miraba y su falda subió apenas lo justo. Cuando el aula quedó vacía, sonrió y me pidió que la ayudara a recoger la basura.
Me puse esos tacones para impresionar a mi jefe, pero acabé de rodillas ante un desconocido que supo leer mi deseo mejor que yo misma.
Los dos mensajes de WhatsApp bastaron para que se me erizara la piel. Ven al servicio limpio, decía. Y no me refiero a la ducha.
Cerré la puerta del departamento, me apoyé contra la madera y supe que esa noche iba a tardar mucho en dormir. Necesitaba tocarme y quería tomármelo con calma.
La vi entrar sola al bar después del partido y supe que la noche no iba a terminar con insultos, sino con una rendición mucho más íntima.
Bajé la ventanilla para escuchar mejor los gemidos y, cuando quise apartar la vista, ya tenía las bragas empapadas y el miedo metido en la garganta.
Salí de la ducha y no encontré la ropa; estaba doblada sobre las rodillas de mi compañero, con esa sonrisa de quien llevaba semanas esperándome.
Cuando vi sus bragas húmedas sobre la toalla, entendí que ya no era un accidente: ella sabía exactamente lo que yo hacía cuando se iba.
Acepté entrar vendada y de rodillas, pero no estaba preparada para descubrir cuánto asco, miedo y excitación podían mezclarse en una sola noche.
Atada, excitada y agradecida, me arrodillé frente a él decidida a compensar cada orden con la mamada más intensa de nuestra semana.
Fui a arreglar una fuga un sábado y terminé arrodillado entre las piernas de una mujer madura, obedeciendo cada orden sin saber lo que venía detrás.
Abrí la puerta desnuda, con el cuerpo todavía marcado por la fiesta de anoche, y su mirada me dijo que venía a usarme hasta vaciarse.