El lector que me convirtió en su juguete por chat
Esa noche, después de publicar, abrí el correo y encontré un mensaje suyo. No sabía que un desconocido podía moverme tanto solo con palabras.
Esa noche, después de publicar, abrí el correo y encontré un mensaje suyo. No sabía que un desconocido podía moverme tanto solo con palabras.
Le había prometido un regalo distinto: ese fin de semana yo no decidiría nada. Él llevaría las riendas y yo solo tendría que obedecer y dejarme llevar.
No sabría decir si me gustaba todo de aquella criatura o nada; solo sé que esa tarde de calor, frente al espejo, dejó de penetrarme un desconocido y empezó a nacer otro yo.
Adrián solo quería llegar a casa después de clase. Dos desconocidos en un callejón decidieron que esa noche se convertiría en el juguete humillado de todo el barrio.
Llevaba semanas soñando con esa tarde, pero nada me preparó para la primera orden que me diste apenas cerraste la puerta detrás de mí.
Lo odiaba por cómo me acosaba, pero aquella madrugada, bajo la luz del frigorífico, descubrí que su mirada me hacía temblar por motivos que no quería admitir.
Creía haber enterrado a la mujer que cobraba por su tiempo. Bastó una oferta de mi propio novio para que esa mujer despertara y tomara el control de la noche.
Nadie me enseñó a nombrar lo que sentía cada vez que cerraba la puerta del baño con su ropa entre las manos y dejaba salir a la que llevaba dentro.
Me pidió que subiera y me arreglara solo para él. Esa noche, por fin, iba a ganarme el respeto de todas las chicas de la casa.
La mujer que me encadenó en aquel sótano no buscaba placer: buscaba enseñarme, golpe a golpe, que mi cuerpo ya no me pertenecía y que su palabra era la única ley.
De día me humillaba delante de sus amigas; de noche me suplicaba que la pusiera en su lugar. Nadie imaginaba lo que pasaba dentro de aquel auto.
La amistad con aquel viejo bruto y bonachón se torció una tarde de vino, en un pueblo perdido, cuando me dijo al oído lo que pensaba hacer conmigo.
Me senté en penumbra, decidida a no tocar a nadie y solo observar. Pero mis dedos tenían otros planes mientras la veía entregarse a dos hombres a un metro de mí.
Llevaba toda la noche con tres hombres y todavía me sentía insaciable. Así que tomé el teléfono y escribí: «¿Están listos para no dejarme dormir en todo el fin de semana?»
Ella se subió el vestido, me miró con una sonrisa y empezó a tocarse para el camionero que circulaba a nuestro lado. Apenas era el comienzo de un viaje que no olvidaría.
Fuimos a encararlo creyendo que teníamos el control. Bastó que cerrara la puerta del consultorio para que mi mujer y yo bajáramos la mirada y obedeciéramos cada palabra.
Entré a ese despacho gris dispuesta a suplicar por un papel. Salí sabiendo que esa noche el que iba a suplicar sería él, de rodillas y en su propia casa.
Maximiliano presumía de ser el alfa de la sala hasta que ella cruzó la puerta. Bastó un susurro y su perfume para que su imperio de humo se viniera abajo frente a todos.
Trabajábamos en el mismo edificio y bastó un roce en el ascensor para que entendiera que estaba a punto de perder algo que creía intocable: mi voluntad.
Era julio, estaba arruinada y desesperada. Crucé el jardín de mi hermana buscando ayuda; mi sobrino me esperaba junto a la piscina con una sonrisa que no supe leer a tiempo.