Mi fantasía bdsm casi me llevó demasiado lejos
Cuando vi su erección frente a aquella camilla, entendí que no había llegado un segundo tarde: había llegado justo antes del desastre.
Cuando vi su erección frente a aquella camilla, entendí que no había llegado un segundo tarde: había llegado justo antes del desastre.
Cuando Diego bajó la mirada y asintió por segunda vez, supe que la cena de negocios había terminado y que la verdadera transacción empezaba ahora.
Creí que solo iba a una fiesta del hospital, pero acabé arrodillada ante un hombre maduro y después mi esposo quiso verlo todo.
Fui por veinte euros y por el morbo de dejarme usar, pero cuando reconocí aquella furgoneta supe que esa noche iba a salir de control.
Llegué con la jaula puesta, los pies ardiendo y la cabeza rendida; lo que mi Ama tenía preparado me dejó temblando antes de tocarme.
Me chupé su polla bajo la mesa sin imaginar que esa era apenas la entrada de una noche donde me iba a exhibir delante de todos.
Cuando abrió la puerta, yo ya estaba temblando dentro de la jaula, con el plug en el culo y la cena sin tocar, esperando su primera orden.
Le até las muñecas para mandar por primera vez, pero mientras él obedecía yo descubrí que el verdadero control no estaba de mi lado.
Entró buscando ayuda para controlar su ansiedad y terminó temblando frente a un hombre que parecía leerle el cuerpo mejor que la mente.
Ella dormía en la cama. Yo salí del baño con la toalla anudada, crucé el pasillo y lo encontré esperándome como si supiera que iba a buscarlo.
Creí que solo iba a repetir una escena incómoda, pero cuando cerró la puerta del camerino y me ordenó bajarme los pantalones, supe que ya estaba perdido.
Me vio empalmarme por sus pies, sonrió como si ya mandara sobre mí y me hizo seguirla hasta el aparcamiento sin dejarme pensar.
Cerré la puerta, me puse el vestido más corto y decidí obedecer cada regla que me excitaba, aunque acabara temblando sola sobre el sofá.
Creí que solo iban a revisarme al llegar, pero la encargada cerró la puerta, me miró de arriba abajo y entendí que aquella noche iba a obedecer.
Escuché los gemidos al pasar por el pasillo. La puerta estaba entreabierta y no pude apartar la mirada. Tampoco pude quedarme quieta.
Lo invité a nuestra mesa para ayudar a mi esposo, pero cuando cerró la puerta supe que había metido al enemigo en nuestra cama.
Me hizo desnudarme antes de entrar, y cuando vi a las otras tres mujeres mirándome y riéndose, supe que iba a convertirme en su juguete.
Temblaba frente a la cruz sin saber si iba a huir o a abrir más las piernas cuando su voz grave me ordenó obedecer.
Volví furioso del trabajo, le falté al respeto y vi cómo deslizaba la zapatilla del pie. En ese momento supe que la noche ya no me pertenecía.
La sujeté para que dejara de golpear a otra mujer, y acabé de rodillas, dolorido, excitado y completamente a merced de su sonrisa.