Lo que hice por papá cuando mamá nos dejó
Tres días con el mismo traje, derrumbado en el sillón. Yo era la única mujer de la casa ahora, y decidí que la vida seguía aunque tuviera que empezar desnudándolo.
Tres días con el mismo traje, derrumbado en el sillón. Yo era la única mujer de la casa ahora, y decidí que la vida seguía aunque tuviera que empezar desnudándolo.
Vivo desnuda en este departamento donde nadie nos conoce, esperando que mi hijo vuelva cada noche. Después de él no habrá otro hombre, y lo supe desde el primer día.
Llegué a su casa solo para ver el partido. Cuando sonó el silbato final, una mano se hundió en mis nalgas y entendí que el verdadero plan empezaba en ese momento.
Estaba en su sofá, con la falda subida y el coño mojado, y solo tenía que decir una frase para que yo no me marchara y la dejara así, esperando a su marido.
Cuando abrí mi maleta en la cabaña no había nada mío: solo tangas de encaje, faldas cortas y maquillaje. Carla me miró con calma y dijo que esa era mi única chance.
Llamó a mi puerta desesperada: a su marido lo habían detenido. Accedí a ir, pero con una sola condición, y ella no estaba en posición de negarse a nada.
Cuando mi hija cruzó la puerta riendo, yo todavía llevaba en la piel el rastro del hombre con el que iba a casarse.
La llave seguía calentándome el bolsillo desde la noche anterior. Sabía que ella estaría despierta, esperándome, con la bata abierta y la cafetera al fuego.
Cuando el departamento quedaba vacío, abría el cajón de mi madre y me convertía en otra. Esa tarde, una sombra en la ventana lo cambió todo.
Me rasuré entera, me ceñí la tanga negra y me pinté los labios de rojo. Faltaba una hora para que llegara, y yo ya temblaba sin haberlo visto todavía.
Quedé atado boca arriba, con las piernas abiertas y sin saber qué iba a sacar a continuación de aquel bolso negro que dejó sobre la cama del hotel.
Cruzó la ciudad sin más equipaje que su deseo. Cuando la puerta se abrió, supo que aquel hombre no iba a pedirle permiso para nada de lo que pasaría.
Llevaba años recibiendo mensajes sin sustancia, hasta que una pareja joven me escribió pidiendo algo concreto: que yo tomara el control de los dos durante toda una tarde.
Les pedí el teléfono y empecé a grabar. Quería que recordaran aquella noche cada vez que mirasen la pantalla, mucho más que el vídeo de su boda.
Bastó una carta más baja que la suya para que aquella jaula rosa pasara de ser una broma a convertirse en mi nueva realidad durante dos meses enteros.
Conduje dos horas hasta una casa de piedra en mitad de la nada. No sabía que esa noche dejaría de ser un simple invitado para convertirme en su fantasía.
Marisa me pidió un paréntesis en nuestra relación, pero esa noche me llamó para que la acompañara a su juego favorito: cambiar de pareja delante del otro.
Llevaba años soltándole la misma broma a mi mujer en la cama. Lo que no sabía es que ella había tomado nota de cada palabra, y que aquella escapada a la costa tenía un plan.
Cuando me dijo que no había prisa, supe que esa noche iba a cambiar todo. Mauricio me miraba como un león mira a una gacela que ya dejó de correr.
Llevaba semanas sin poder quitarme de la cabeza a aquel hombre. Un día tomé el bus, llamé a Bruno y volví a la finca sin avisarle a nadie.