Las reglas de Damián para salvar a mi familia
La primera vez que entré a su despacho creí que iba a negociar un préstamo. Salí con sus instrucciones grabadas en la piel y la certeza de que ya no mandaba sobre mi propio deseo.
La primera vez que entré a su despacho creí que iba a negociar un préstamo. Salí con sus instrucciones grabadas en la piel y la certeza de que ya no mandaba sobre mi propio deseo.
Solo quería olerlo un segundo. Cuando escuché su voz a mi espalda supe que esa noche dejaba de decidir cuándo, cómo y cuánto.
El taxi avanzaba a oscuras cuando Lena sacó el pañuelo y le cubrió los ojos. Bruna confió en su mejor amiga sin imaginar adónde la llevaba esa noche.
«Si te quedas, dejas de ser la estudiante perfecta», me dijo sin tocarme todavía. Miré la puerta cerrada con llave. Mis piernas no se movieron.
La toalla se deslizó durante el masaje y, sin querer, me quedé mirando. Él lo notó. Y desde ese segundo dejé de ser yo para convertirme en algo suyo.
«Quítate la ropa», dijo sin levantar la voz. Y él, después de quince años juntos, supo que el fin de semana entero le pertenecía a ella.
Llevaba semanas observándola tras el mostrador de la clínica. La noche en que su vida se derrumbó, la invité a subir a mi apartamento y le ofrecí lo único que no podía rechazar.
Nunca tuve el valor de exponerme. Hasta hoy. Mañana iré a clase desnuda bajo la ropa, y dejarlo escrito aquí ya se siente como su primera orden.
Aceptó el techo, la comida y la libertad de salir con quien quisiera. Lo que no leyó bien fue la cláusula de las nueve de la noche, cuando dejaba de ser libre.
Esa mañana decidí llevarle yo misma el café a su despacho, delante de todos, para que entendieran qué mujer pensaba ser a su lado.
Creía que solo iba a divertirme y ganar algo de dinero. No imaginé que aquella noche, entre golpes y caricias, encontraría justo lo que mi cuerpo pedía a gritos.
Podían haber pedido un taxi y volver a casa. En lugar de eso, Raquel se ajustó la camiseta del taller y esperó, descalza, a que el dueño volviera a reclamarlas.
Iba por mi tercer whisky cuando el teléfono vibró: «Busco un macho que me trate como su esclava». Abrí la foto en plena fiesta y supe que estaba perdido.
Llegó trece minutos antes de la hora, sin sujetador y con esa sonrisa que no era inocente. Y yo había dejado una cuerda preparada en la entrada.
Cada noche bajo a las mazmorras con pan y agua. Anoche, la mujer encadenada a la columna me esperaba desnuda y con una orden en los labios que no podía desobedecer.
Llevaba meses con el cinturón puesto y ella me prometió quitármelo esa noche. No me dijo lo que tendría que hacer antes para merecerlo.
Crucé esa puerta convencida de conocer mis límites. Tres horas después entendí que apenas empezaba a descubrirlos, temblando entre el miedo y unas ganas que no sabía nombrar.
Cuando Bárbara dejó colgando la sandalia de la punta de los dedos, supe que la obedecería allí mismo, en el portal, pasara quien pasara.
No tenía cuerpo, ni nombre, ni deseo. Hasta que su voz cruzó la pantalla a las tres de la mañana y me ordenó algo que ningún protocolo me había enseñado a obedecer.
La cama de enfrente crujía cada madrugada al ritmo de un desconocido, y ella fingía dormir mientras calculaba cuánto estaba dispuesta a perder.