Lo que el profesor le pidió a cambio del aprobado
Cerró la puerta de aquel despacho creyendo que iba a negociar una nota. No sabía que el profesor tenía otra cosa en mente, y que ella terminaría volviendo cada viernes.
Cerró la puerta de aquel despacho creyendo que iba a negociar una nota. No sabía que el profesor tenía otra cosa en mente, y que ella terminaría volviendo cada viernes.
Deslicé las uñas rojas por mi piel sin un solo vello y sonreí: en unas horas dejaría de ser la chica callada del cuarto piso para volver a ser otra cosa.
Mara me ayudó a abrocharme el vestido rojo y susurró que esa noche sería mía. No sabía que entre los invitados estaba el hombre más respetado del pueblo.
La primera vez que sus manos la examinaron supo que ningún hombre de su edad la había tocado así: sin prisa, con la certeza de quien lo sabe todo.
Llegué al motel diciendo que ya no quería, convencida de que iba a frenar todo. Lo que no sabía era cuánto me iba a gustar perder esa discusión conmigo misma.
Nadie me miraba en aquella fiesta. Froté la lámpara por aburrimiento y pedí un cuerpo imposible de ignorar; jamás imaginé el precio que tendría ese deseo.
Cuando los cortesanos se retiraban, él cerraba la puerta de sus aposentos y esperaba a la única persona capaz de aliviar el peso de su título.
El día que perdí el último autobús bajo la lluvia entendí que la libertad tenía un precio, y que ese hombre de manos pacientes sabía exactamente cuánto estaba dispuesta a pagar.
Hacía una eternidad que un hombre no la tocaba. Bastaron dos extraños y un vagón abarrotado para que su cuerpo la traicionara sin permiso.
Solo quería tomar algo y conocerlo. Cuando llegué a la habitación 308, entendí demasiado tarde que él tenía otros planes para esa tarde.
Cambié de horario para entrenar sola, sin miradas pesadas. Lo conseguí durante una semana. Hasta que él cruzó la puerta y todo mi cuerpo me traicionó.
Era mi primera semana y él me guiaba en todo. La última noche me invitó a descansar a una sala olvidada, y entendí demasiado tarde lo que de verdad quería de mí.
Cuando el obi le apretó la cintura, supo que ya no había vuelta atrás: cada pliegue lo borraba un poco más, y nunca había deseado nada con tanta vergüenza.
Acepté subir solo a buscar el bolso de una amiga. Cuando se giró con el torso desnudo y aquella toalla en la mano, supe que no iba a volver a bajar igual.
Cada vez que subo al coche me aseguro de llevar las pinzas sujetas al volante. Así empezó todo, una tarde de calor en la que no encontraba dónde había aparcado.
Entré como un estudiante asustado y salí siendo ella. Detrás de la cortina negra, sin nombres ni rostros, descubrí cuánto deseaba que un desconocido me usara.
Carmen me explicó las reglas: bañarme dos veces al día, obedecer cada campanada y no preguntar nada. Esa noche entendí qué clase de sobrina quería mi tío.
Me tendió unas braguitas limpias sin decir nada. Lo que pasó cuando me las puse cambió para siempre lo que mi mujer y yo éramos en la cama.
Llegó a mi despacho con la sonrisa de la mujer intocable que todos admiraban, sin imaginar que esa tarde aprendería a arrodillarse y a llamarme señor.
Llevaba meses preparándome el mismo almuerzo sin que yo entendiera el mensaje. Esa tarde llegué a casa decidido a contestarle como ella esperaba.