La diosa que era hombre y mujer me dominó esa noche
Frotas su lámpara y cumple deseos que ni te reconoces. No escucha tus ruegos: sabe mejor que tú lo que buscas en esos rincones de tu mente donde no te atreves a mirar.
Frotas su lámpara y cumple deseos que ni te reconoces. No escucha tus ruegos: sabe mejor que tú lo que buscas en esos rincones de tu mente donde no te atreves a mirar.
Él esperaba una señora voluptuosa y experimentada; recibió a una esposa menuda y callada. Esa noche, ella decidió demostrarle cuánto la había juzgado mal.
Tenía veinticuatro años y creía saber lo que me gustaba, hasta que aquel hombre maduro me miró desde el otro lado de la cocina y todo se vino abajo.
Subida a una piedra, en tanga y medias de red, vi acercarse los faros del primer camión. Ramiro me lo había advertido: avisa siempre que eres una chica con algo más.
Me vestí para provocarlo, segura de que esta vez llevaría yo el control. No imaginé que bastaría una mirada suya para que toda mi seguridad se viniera abajo.
La conocí en la barra del hotel: elegante, pelo corto y rubio, con una sonrisa que ya tenía decidido lo que pasaría conmigo. No imaginé por qué me había elegido.
Era alto, gracioso y no era para nada mi tipo. Pero esa madrugada me subí a su carro sabiendo que iba directo a meterme en problemas, y no me arrepentí.
Preparé el desayuno gateando para no despertarla. No imaginaba que antes del anochecer ella me explicaría, con una sonrisa, que yo solo era una inversión suya.
Llevaba meses siendo Renata solo de noche, hasta que él me sostuvo la mirada en plena calle como si supiera exactamente lo que yo escondía bajo el abrigo.
Volví a casa con el cuerpo todavía vibrando de la noche anterior. No esperaba encontrarlo a él sentado en el sofá, con mi portátil abierta sobre la mesa.
En la puerta solo había un antifaz y una nota: «Póntelo y llama». Podía salir corriendo, pero a sus años estaba cansada de no atreverse a nada.
Me pidió que la llevara al recital como quien pide un favor inocente. No sabía que esa noche, en el palco, iba a aprender quién manda de verdad.
Nadie en mi trabajo lo imaginaría, pero basta un conjunto de lencería barata y un vaso de algo fuerte para que el hombre que ven cada día desaparezca por completo.
Nunca había pagado por sexo ni había estado con una chica trans. Esa noche quise las dos cosas a la vez y dejé que dos desconocidas decidieran hasta dónde llegar.
Cada jueves por la noche llamaba a la puerta del párroco con la cabeza baja. Nadie en el pueblo imaginaba lo que ocurría cuando el cerrojo del portón quedaba echado.
Me ofreció la libertad a cambio de una disculpa. Yo abrí la boca para decir exactamente lo que ella no quería oír, porque mi lugar ya no estaba afuera.
Le pidió que se tumbara en el diván como si soñara despierta. Cuando él levantó la vista del lienzo, ella supo que esa tarde no aprendería solo a pintar.
Dejó la hoja sobre la cama, doblada en cuatro, con mi nombre nuevo escrito arriba. Cada línea era una orden, y yo ya sabía que iba a obedecerlas todas.
Cuando el señor partía de viaje, la casa entera cambiaba de reglas: la servidumbre dejaba de obedecer al amo y empezaba a obedecer al deseo.
Le pinté las uñas de rojo para su cita con otro hombre. Ella tenía la única llave de lo que me mantenía encerrado, y esa noche lo cambió todo.