Lo que nos esperaba en la isla de las sumisas
Aceptamos las reglas sin saber del todo a qué nos entregábamos: una isla, varios amos y la promesa de que un no siempre sería un no. El resto lo decidía el deseo.
Aceptamos las reglas sin saber del todo a qué nos entregábamos: una isla, varios amos y la promesa de que un no siempre sería un no. El resto lo decidía el deseo.
Pedí una soda porque no me dejaron beber, y esa misma noche un grupo entero de extraños decidió que yo era el centro de su fiesta privada.
Detrás de la puerta esperaban siete hombres que yo no conocía. Bruno había arreglado todo, y yo solo tenía que dar tres golpes para empezar.
Los aplausos llegaron desde los cuatro sillones que rodeaban la cama. Se giró, todavía agitada, y los encontró desnudos, esperando su turno.
Cuando la puerta del baño se abrió de golpe, entendí que Adrián no me había llevado allí para estar a solas. Y lo más perturbador fue cuánto lo deseaba.
Buscaba silencio y huerta. Lo que encontré fue una familia entera dispuesta a compartirme, uno detrás de otro, sin que ninguno supiera de los demás.
Llegaron a las seis en punto, me besaron uno por uno apenas entraron y supe que esa noche no iba a ser yo quien pusiera las reglas.
«Una mujer como tú vale miles por una noche», dijo Ingrid mientras me ataba la correa al cuello y me arrastraba hacia el interior del local.
Le regalamos lencería roja y la promesa de una noche sin reglas. Esa misma madrugada, entre cuerpos extraños, mi tímida Camila dejó de pedir permiso.
Bajó la escalera con un vestido negro que apenas la cubría, y los dos invitados entendieron que aquella cena no iba a parecerse a ninguna otra.
Llevaba horas tirada sobre la toalla, el sol bajando, y cada vez que creía haber terminado alguien nuevo se arrodillaba a mi lado con otra idea en la cabeza.
Cinco hombres, un autobús vacío y una ruta que se desvió de su recorrido. Reconocí cada una de sus caras y supe que esa noche no llegaría temprano a casa.
Entro con la pollera más corta que tengo y los tacos altos. Ellos ya están en el sillón, esperándome con las manos listas. Y yo, nerviosa, me siento justo en el medio.
Llevaba años buscando algo más fuerte que un solo hombre. Aquel fin de semana, en mi casa de la sierra, treinta de ellos me esperaban junto a la piscina.
Le dijo a su marido que dormiría en casa de unas amigas. En realidad estaba desnuda en la caja de un camión, escuchando cómo afuera se formaba la fila.
Llevaba una semana sin que me hablara cuando me esperó a la salida de clase, me llevó a un rincón apartado y dejó que tres desconocidos lo vieran todo.
Cuando me puso la venda en el portal, lo único que sentía era una gota que bajaba despacio entre mis muslos y el corazón a punto de salírseme.
Confiaba en ella ciegamente, por eso no preguntó adónde iban cuando el coche dejó la autopista y enfiló hacia la costa con la profesora en el asiento de atrás.
Salieron del club a las dos de la mañana. Renata no imaginaba que la verdadera función de esa noche se transmitía en una pantalla al pie de la cama.
La dejaron plantada en el altar y juró no volver a amar a un hombre. Lo que no sabía era que tras los muros del convento la esperaba algo muy distinto.