Probé mi nuevo juguete en pleno supermercado
Eran las dos de la mañana cuando un video me metió la idea en la cabeza. Días después caminaba por el súper con un secreto vibrando entre mis piernas.
Eran las dos de la mañana cuando un video me metió la idea en la cabeza. Días después caminaba por el súper con un secreto vibrando entre mis piernas.
Cerré la puerta del baño, abrí el grifo y me prometí que sería rápido. Mentira. Esa noche descubrí hasta dónde estaba dispuesta a llegar conmigo misma.
Cerré el pestillo y encendí el portátil para dejar que la imaginación terminara lo que un desconocido había empezado entre la multitud del andén.
Sabía que estaba sola en el piso. Por eso, cuando bajó la caja negra que sus amigas le regalaron, ya no pensaba en los apuntes que la esperaban sobre el escritorio.
Nunca tuve privacidad para nada. Esa tarde, en un banco vacío y con la falda subida, entendí que por fin podía hacer exactamente lo que quisiera.
El reloj marcaba las tres y el sueño no llegaba. Entonces recordé aquella publicación y abrí el cajón donde escondía mi secreto mejor guardado.
Dos semanas sola, sin nadie que tocara la puerta. Saqué la lencería roja, abrí una cerveza fría y me prometí no detenerme hasta quedar temblando.
Llegué a casa y ella se me echó al cuello delante de todos. Nadie sospechaba que ese beso en la mejilla escondía las ganas que llevábamos guardando toda la semana.
Bastó una copa de más y un apartamento vacío para que la hija de mi cuñada dejara de ser la niña que recordaba. Lo que pasó esa noche no debería contarse.
El primer día de clase se sentó a mi lado oliendo a vainilla. No sabía que esa chica iba a cambiar por completo mi manera de entender el deseo.
Me levanté al amanecer por el ruido de su cuarto. La puerta estaba entreabierta, y lo que vi me dejó clavado en el pasillo, desnudo y sin poder moverme.
A esa hora todos parecíamos más hermosos, y nadie quería irse a su casa. Mila abrió la puerta de su cuarto y ninguno imaginó cómo terminaría la madrugada.
Compartía piso con dos universitarias que iban medio desnudas por casa sin ningún pudor delante de mí. Tardé semanas en entender por qué.
Pagamos por convertirnos en los machos que nos humillaban. Pero Madame Muñeca siempre cumple lo que promete... nunca de la forma que uno espera.
Damián entró sin tocar, se dejó caer sobre mi cama y apoyó la cabeza en mi vientre. Hacía semanas que aparecía así, como si mi cuarto fuera el único lugar donde podía bajar la guardia.
Llevaba mi pequeño secreto de metal entre las piernas mientras él daba clase, convencida de que era yo quien tenía el control. Me equivoqué en cada cálculo.
Acepté ayudarlas con el concurso de la facultad. No imaginé que frente a ese espejo, maquillado y con ese vestido ceñido, dejaría de reconocerme.
Llevábamos meses rozándonos sin atrevernos a nada. Esa noche el alcohol borró el último límite y, en la penumbra de aquel cuarto, descubrimos hasta dónde podíamos llegar.
Tres golpes secos en la puerta y supe que era él. No traía recibo, solo esa sonrisa torcida que me erizaba la piel cada vez que el alquiler se atrasaba.
El sonido de sus herramientas me llamaba desde el fondo del jardín. No debí cruzar esa puerta entreabierta, pero lo hice, y ya nada volvió a ser igual.