La playa nudista donde no estábamos tan solos
Cuando me arrodillé en la arena con el sol pegándome en la espalda, no imaginé que alguien observaba cada movimiento desde el otro lado del peñasco.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Cuando me arrodillé en la arena con el sol pegándome en la espalda, no imaginé que alguien observaba cada movimiento desde el otro lado del peñasco.
El primer cliente me pidió algo que no estaba en mi contrato. Cuando volví al cuarto, Salvador respiraba como si llevara horas despierto.
Su novio jugaba con el móvil a un metro mientras ella entornaba la cortina del probador y, cada vez que se desnudaba, comprobaba con la mirada que yo seguía allí.
Pensé que la había puesto en su sitio. Esa tarde, al salir del baño, oí una cremallera bajándose detrás de la puerta entornada del despacho.
La sala estaba casi vacía. Mi marido se levantó a por las bebidas y, antes de salir, me había subido la falda y el jersey lo justo para que su amigo no pudiera apartar la mirada.
No los vi nunca. Solo escuché cada palabra, cada golpe del cabecero contra la pared, y de pronto su placer también era el mío.
Sabía la hora exacta a la que volvería. Dejé la puerta entreabierta, apagué la luz y esperé a oír sus pasos en el pasillo para empezar.
Mi esposa creía que el juego terminaba cuando se iba el técnico. No sabía que la cámara escondida lo grababa todo y que mi excitación apenas empezaba al verla desde la oficina.
Subí a usar el baño y él me estaba esperando con la bragueta abierta. Lo que no calculé fue que alguien iba a abrir la puerta justo cuando estábamos en cuatro.
Apagar la luz habría sido lo sensato. Pero esa noche, en el piso nueve de un hotel vacío, lo último que yo quería era pasar desapercibida.
Lo conocí tímido y frágil, cuando se llamaba Tomás. Diez años después cruzó la puerta en minifalda, con una sonrisa que prometía arruinarme el verano.
Le pedí que se pusiera el short más corto que tuviera. Quería ver cómo la miraban los obreros mientras pasaba, y cómo aguantaba ella todo el día con esa ropa.
Sorbía su gin tonic cuando dos hombres se sentaron a su lado y le hablaron de una película. Para cuando terminó la copa, ya había firmado.
Reservé el lugar para nuestro aniversario, pero ella se me adelantó: el hostal era el cuartel de un club privado y esa noche el botón rojo estaba al lado de la cama.
Tenía dieciocho años y nunca había estado con una mujer. Lo último que esperaba era que mi primera vez llegara con la empleada que entró a limpiar mi habitación.
La salsa sonaba más alta de lo normal. Me pegué a la pared, busqué el hueco entre las cortinas y lo que vi del otro lado borró para siempre la idea que tenía de mi familia.
Abrí los ojos en mitad de la oscuridad del salón y ella estaba en el marco de la puerta, mordiéndose el labio, mirando exactamente lo que yo no podía esconder.
Bajé la cámara, respiré hondo, volví a enfocar. La pose ya no era pose: ella se la meneaba bajo la tela y yo seguía detrás del visor, sin saber si parar.
Mi marido me pidió que tuviera una aventura por mi cumpleaños. Lo que no esperaba era empezar mirando a otros desde el agua, mordiéndome el labio para no gemir.
Lo único que tenía que hacer era mirar. Sin tocar, sin hablar. Pero cuando ella deslizó las bragas hasta el suelo del vagón, ya no sabía dónde poner los ojos.