El cuarto de los agujeros y la mirada de mi marido
Detrás de cada uno de los tres agujeros podía haber cualquiera. Yo no veía nada. Solo sentía manos, bocas y una mirada conocida observándome desde el otro lado.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Detrás de cada uno de los tres agujeros podía haber cualquiera. Yo no veía nada. Solo sentía manos, bocas y una mirada conocida observándome desde el otro lado.
Sabía que él me observaba desde su ventana. Por eso aquella tarde elegí el conjunto rojo, descorché el vino y me dejé llevar mientras me miraba.
Llevaba el vestido rojo y nada debajo. Él caminaba detrás con el teléfono encendido. Cada mirada que se quedaba en mí terminaba archivada en su galería.
Esa noche oí un ruido bajo el pasillo y me pegué a una cortina mal corrida. Lo que no sabía era que alguien, descalza en el jardín, llevaba seis minutos mirándome a mí.
Llevaba meses fingiendo que su uniforme no me afectaba. Esa tarde, con su muslo vendado y mis manos temblando sobre su piel, supe que ya no aguantaba más.
La puerta del fondo decía «acceso a cabinas» y yo no podía dejar de mirarla. La dependienta sonrió al verme leer el cartel, como si supiera lo que pensaba.
Lo veía con mi madre desde el asiento de atrás del bus y supe que el viaje terminaría mal o terminaría como yo necesitaba.
Cuando Sofía me invitó a pasar agosto en la casa frente al mar, no imaginé que el regalo de cumpleaños vendría envuelto en seda negra y oliendo al perfume de su madre.
Cuando ella abrió la puerta y me vio parado al lado de su marido, supe que ya no había vuelta atrás. Yo iba a pagar la cuenta de esa sorpresa.
Los jadeos venían del piso de abajo. Me asomé desde el segundo escalón, conteniendo la respiración, y entonces vi los tacones de mi madre colgando del borde de la mesa.
Bajé por un café en ropa interior y, al girarme hacia la ventana, descubrí al jardinero mirándome con la mano dentro de su overol.
Subí al Uber con el corazón a mil y bajé con el sabor de otra mujer en mi boca. No sabía que esa madrugada empezaba una historia que dura todavía.
Lo que iba a ser una prueba de costura terminó con dos mujeres maduras enredadas en la cama, y yo en el pasillo sin poder apartar la mirada del espejo.
Lucía me miró desde la cama recién estrenada y me dijo que al día siguiente, en la piscina, se pondría el bikini que es casi un hilo. No supe decirle que no.
Maximiliano me señaló el tubo plateado con un gesto y entendí que no había vuelta atrás: esa noche todo el club iba a mirarme bailar para mi novio.
Esa noche de tormenta volví empapada y abrí sin avisar la puerta del cuarto: lo que vi sobre nuestra cama me cambió la cabeza más que cualquier reclamo posible.
Estrené las zapatillas un sábado a primera hora, sin imaginar que volvería a casa con las mallas húmedas por motivos que no tenían nada que ver con correr.
Me bajé descalza de la camioneta, en tanga, con las luces de algún coche lejano cruzando la carretera. Y supe que esa era la imagen que había venido a buscar.
Solo quería dormir, pero la rendija de la puerta dejaba pasar la luz, y la risa baja de mi madre me detuvo en seco antes de llegar a la mía.
Le confesé la fantasía a las once y media de la noche. A las dos de la mañana ya teníamos cita cerrada y yo estaba más asustado que ella.