Lo que vi por el agujero detrás del calentador
Detrás del calentador había un hueco mal sellado. Desde el patio se veía la regadera entera. Esa noche descubrí lo que mis hermanas hacían cuando se creían solas.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Detrás del calentador había un hueco mal sellado. Desde el patio se veía la regadera entera. Esa noche descubrí lo que mis hermanas hacían cuando se creían solas.
Tres de la mañana. Un camisón corto. Nada debajo. Y la sensación de que cada farol del parque era un ojo curioso esperando que diera el paso de más.
Cuando levanté la vista del cuello de Camila, un hombre nos observaba desde la valla. No huyó. Sonrió, se llevó la mano al pantalón y se sentó a esperar.
Mi marido no necesita tocarme primero. Necesita ver cómo otros me miran sin permiso, cómo se traban cuando paso. Después viene él, y el deseo ya no cabe en la cama.
La primera vez fue un accidente. Después, cada noche que él recibía visita yo movía el sillón a la ventana y dejaba que la mano bajara sola.
Me planté frente a ella con el pans gris sin nada debajo, sabiendo que el bulto se marcaba demasiado como para parecer un descuido inocente.
Me hizo subir a su cuarto en silencio y, minutos después, entró agarrada de la mano de un hombre veinte años mayor que ella.
Las luces estaban listas, la cámara encendida y mis cinco amigas me miraban en silencio, esperando ver hasta dónde me animaba a llegar yo sola.
Solo querías comprobar que estuviera bien. La puerta entreabierta, el reflejo de la lámpara sobre su piel, y de pronto ya no podías moverte de ahí.
Los gemidos atravesaban la puerta metálica mientras el autobús avanzaba bajo la tormenta. Abrí apenas una rendija y mis piernas dejaron de obedecerme.
A las once del lunes, el catamarán pitó tres veces y mi novia me apretó la mano. Lo que vino después nunca pensé verlo desde tan cerca, ni mucho menos protagonizarlo.
Eran las once de la mañana y la cala estaba vacía, salvo por un chico que fingía no mirarme. Mi marido nadaba y yo notaba sus ojos clavados en cada centímetro de mi piel.
Pasaste el hielo por tus labios, por tus pechos, sintiendo cómo se derretía. Y entonces giraste la cabeza y me viste entre los matorrales. No te asustaste. Sonreíste.
Era mi auxiliar en la oficina, una belleza imposible que me robaba la mirada. Una noche, desde el chat, descubrí todo lo que su ropa apretada llevaba semanas escondiéndome.
Ignoré el aviso de no aparecer por la oficina y aparecí igualmente. Lo que descubrí desde el conducto del aire me hizo dejar de verla como una santa.
Llevaba minifalda, medias negras y unas gafas de sol que me impedían saber cuándo me estaba pillando. Hasta que dejó de disimular y empezó a jugar conmigo.
Cuando vi a su primo en la puerta del baile, recordé que ya me había visto desnuda. Lo que no sabía era que esa noche iba a ser yo quien pidiera tenerlo enfrente.
La luna iluminaba las siluetas dentro de la otra carpa y, antes de comprender qué pasaba adentro, yo ya no podía moverme del lugar donde estaba.
Cogí su móvil para llevarlo al cargador y una notificación lo cambió todo: un grupo entero de hombres pendiente de mí, y yo sin saberlo.
La puerta del despacho quedó entreabierta y, sin pretenderlo, me convertí en testigo de algo que no debía mirar ni escuchar, pero del que ya no pude apartarme.