Mi esposa aceptó el desafío del club swinger
«No va a pasar nada, venimos solo a mirar», dijo nerviosa al entrar. Tres horas después yo la miraba a cuatro patas, a un palmo de un desconocido.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
«No va a pasar nada, venimos solo a mirar», dijo nerviosa al entrar. Tres horas después yo la miraba a cuatro patas, a un palmo de un desconocido.
Me había llevado al dormitorio sin dejarme soltar la bolsa de la compra. Para cuando entendí lo que tramaba, ya estaba atado a la silla y sonaba el timbre.
Creíamos estar solos en la cala escondida, hasta que noté que aquellos tres no nos quitaban los ojos de encima. Y a nosotros tampoco nos molestaba que mirasen.
Atada bajo las luces y con su mirada clavada en mi nuca, entendí que esta noche el verdadero espectáculo era él: obligado a ver todo lo que se negó a darme.
Subí al vagón más lleno para escapar de unas manos que no quería, sin imaginar que terminaría buscando otras a la vista de todo el andén.
Todo el mundo se vestía para volver al aparcamiento; ella, en cambio, se quitó lo poco que llevaba puesto y se quedó mirando fijamente al extraño entre los pinos.
El agua fresca, el sol sobre la piel y nadie alrededor. Eso creía, hasta que noté dos miradas siguiendo cada uno de mis movimientos desde detrás de las rocas.
Dos desconocidos me filmaban por debajo de la mesa mientras él me ordenaba quedarme quieta. Lo peor era que me gustaba ser el espectáculo de toda la sala.
Limpiaba la terraza con un tanga y poco más, sin saber que dos hombres la espiaban desde el edificio de enfrente. Y a mí, verla deseada, me volvía loco.
Sentí que alguien me desabrochaba el top en la oscuridad. Abrí los ojos lo justo para mirarlo sin que se diera cuenta, y entonces decidí no detenerlo.
Detrás de mis gafas oscuras me sentía invisible. No imaginé que la mujer de la toalla de al lado supiera exactamente dónde tenía clavada la mirada.
Vine al bar tranquila, con vaqueros y sujetador para no dar pie a nada. Tres horas después estaba de pie sobre la barra, en bolas, con medio pueblo aplaudiendo.
Cuando entré a la sala para echarlo, lo encontré sentado, desesperado por terminar. Lo que hice después no se lo conté a nadie.
Le pedí una sola cosa: que no apagara la luz. Yo lo vería todo desde el portátil, en la otra habitación, mientras ella se encargaba del amigo de mi primo.
La primera vez que sentí a otro hombre dentro de mí, mi esposo estaba a un metro, mirándome con los ojos encendidos. Y yo no podía dejar de buscar su mirada.
Llevaba semanas desnudándome frente a su ventana a la misma hora, convencida de que el indiferente era él. No imaginaba que la verdadera mirada venía de otro lado.
Desde mi nuevo escritorio tenía una vista perfecta de la recepción. Lo que no esperaba era sorprenderla con la mano bajo el vestido, creyendo que nadie la observaba.
Me escondí tras la cortina convencido de que ella no podía verme. No imaginé que el ruido me delataría justo en el peor momento.
La puerta de su dormitorio quedó abierta una sola vez. Desde mi sillón, en la oscuridad, no aparté la mirada ni un segundo de lo que hacían.
Me llevó al río con la excusa de la pesca, pero los dos hombres ya sabían que el único cebo de la jornada iba a ser yo.