El chico que solo quería mirar cómo me tienen
Sentía su mirada clavada en mí cada tarde en la puerta del colegio. No me gustaba físicamente; me gustaba gustarle. Y esa diferencia lo cambió todo.
Historias de miradas furtivas y placeres ocultos
Sentía su mirada clavada en mí cada tarde en la puerta del colegio. No me gustaba físicamente; me gustaba gustarle. Y esa diferencia lo cambió todo.
Tardé meses en confesarle que escuchar a los vecinos me ponía. Lo que no imaginé fue que ella terminaría grabándose para mí.
Apagué la luz para que la oscuridad me protegiera. Ella miró hacia mi ventana, se quedó muy quieta y, sin que yo lo supiera todavía, sonrió.
Mi dueño plantó la idea como una semilla: dinero por mi cuerpo y un desconocido observando cada detalle. Esa tarde de martes salí a cumplirla sin saber cómo terminaría.
Ella sacó de la bolsa un tanga que no tapaba nada y me lo tendió sin una palabra. En esa playa llena de gente, las órdenes ya no las daba yo.
Bajó las rodillas poco a poco hasta que entendí que aquel pequeño espectáculo bajo la mesa estaba dedicado a mí, y a nadie más en toda la cafetería.
Sabía que un hombre me seguía por la planta vacía del centro comercial. En vez de huir, entré al probador más alejado y dejé la puerta entreabierta.
Desde la oscuridad la veía moverse sobre él, y entendí que ya no sabía si me dolía más mirar o las ganas que tenía de seguir mirando.
Cuarenta y seis años, recién llegada de Montevideo, y por primera vez en mi vida me atreví a quitarme la parte de arriba del bikini frente a un extraño que no apartaba los ojos de mí.
Sus dedos moldeaban el barro despacio y yo, a unos metros, imaginaba que esas manos me moldeaban a mí. Nunca cruzamos una sola palabra.
Había entrado en su torre a saldar una vieja deuda. Lo que no esperaba era quedarme inmóvil tras la cortina, conteniendo el aliento, incapaz de apartar la mirada.
La sala estaba casi a oscuras cuando él subió la mano por su muslo. Tres filas más adelante, un hombre solo había dejado de mirar la pantalla para mirarlos a ellos.
Vino a Formentera para que la miraran. No imaginé hasta dónde estaba dispuesta a llegar cuando aquel extranjero extendió la toalla a pocos metros de nosotros.
Mi novia me dejó claro que le encantaba exhibirme, así que agarré el cepillo de dientes y bajé desnudo al baño rezando por cruzarme con su tía en tanga.
Eligió la falda más corta y salió sin ropa interior. A esa hora el desconocido del andén siempre estaba ahí, y esta vez ella no pensaba apartarse.
Me metí en el tercer probador, dejé la cortina justo como me gusta dejarla, y al levantar la vista la pillé mirando hacia dentro. Una de las mías, pensé.
Sabía que andaba sin sostén por la casa. Lo que no sabía era que él contaba cada vez, y que guardaba una prueba húmeda debajo de su almohada.
Me excita que otros deseen lo que solo yo puedo tocar. Ese sábado, en la obra de nuestro futuro piso, se lo serví en bandeja a todos.
La pantalla se ilumina, tú apareces desnuda y sabes que estoy mirando. Lo que no sabes es que esta noche hay otras manos contigo en esa habitación.
Bailamos toda la noche sin saber que, detrás de las rocas, alguien había estado observándonos desde el primer beso. Y esa certeza, en vez de asustarme, me encendió.