Confesión de Nochevieja: mi esposo me compartió
Creí que la cena terminaría con mi esposo en la cama, hasta que él pidió que otro hombre me hiciera suya frente a sus ojos.
Creí que la cena terminaría con mi esposo en la cama, hasta que él pidió que otro hombre me hiciera suya frente a sus ojos.
Cuando cerró la puerta del despacho y me ordenó mirarme en el cristal, supe que esa noche no iba a salir intacta.
Cuando vi al corredor detenerse frente a la puerta abierta, supe que no íbamos a parar; ella ya estaba demasiado caliente para fingir pudor.
Cerré la puerta, lo besé contra la pared y supe que esa noche no iba a darle una cena: iba a darle el regalo más sucio que me había pedido en silencio.
Cuando abrió la puerta y vio a su ex en el porche, supe que otra vez iba a perderla delante de mis ojos.
Empezó con una orden frente al espejo y terminó de rodillas, abriendo las piernas y pidiéndome que lo llevara mucho más lejos.
Solo bajé al jardín a fumar en camisola y me crucé con dos amigos de mi pareja. Media hora después estaba desnuda encima de una mesa, con los ojos abiertos de par en par.
Entré del baño y las encontré besándose en el sofá; segundos después, una de ellas me miró y me pidió que le comiera el coño.
Le mandé el audio a las tres de la mañana: mañana volvemos y esta vez sin freno. Ella respondió con una lista de lo que quería que él nos hiciera.
Llevaba meses escribiéndome con él. Esa tarde cruzó mi puerta sin decir una palabra, y mi marido entendió que esa noche no mandaba en su propia casa.
Cada vez que íbamos a esa casa, mi marido encontraba un rincón para pararme, bajarme la ropa y susurrarme al oído el nombre de Damián mientras sacaba el móvil.
Me dijo que me recogería a las cinco y que no preguntara nada. Lo que no imaginaba era lo que tendría que llevar escondido mientras paseábamos entre la gente.
Frotas su lámpara y cumple deseos que ni te reconoces. No escucha tus ruegos: sabe mejor que tú lo que buscas en esos rincones de tu mente donde no te atreves a mirar.
La reserva prometía un masaje inolvidable. Lo que no decía el anuncio era que aquella tarde yo iba a descubrir un deseo que jamás me había atrevido a nombrar.
Tres hombres en casa, una sola cama y yo en el centro de todo. Aprendí lo que significa reinar sobre una manada... hasta que quise algo más.
La retuve de la mano un segundo más de lo debido al saludarla. Ella sonrió, se mordió el labio, y supe que esa cena de despedida iba a terminar de otra manera.
La conocí en la barra del hotel: elegante, pelo corto y rubio, con una sonrisa que ya tenía decidido lo que pasaría conmigo. No imaginé por qué me había elegido.
Salí de casa sin ropa interior, con la cámara de mi marido apuntándome. Él no buscaba el paseo: buscaba que alguien me viera y se quedara con las ganas.
Tenía tres meses sin escribir una sola línea decente. Lo que no imaginé es que mi bloqueo se curaría por el lado más inesperado de mi propio cuerpo.
Me lo crucé paseando al perro a medianoche, achispada por las cervezas, y le solté lo que llevaba semanas callándome: estoy sola, sube cuando quieras.