Mi cuñada me llevó a una playa escondida
Todo empezó como una broma entre amigos, hasta que ella me buscó en la arena, me apretó entre sus manos y dejó claro que no había ido a hablar.
Todo empezó como una broma entre amigos, hasta que ella me buscó en la arena, me apretó entre sus manos y dejó claro que no había ido a hablar.
Cuando sacó aquel plug rosa de su cajón, entendí que mi curiosidad por el dolor iba a cruzar una línea que no podría olvidar.
El mensaje llegó al mediodía: esa noche debía llevar a mi esposa al hotel y esperar en la habitación contigua, frente a una pantalla encendida.
Fui al baño para calentarme un poco, pero el hombre que me siguió con la mirada ya tenía otros planes para mí.
Después de un error mínimo, su castigo no terminó en lágrimas, sino en una ducha donde la obediencia se volvió hambre pura.
Después de correrme en la ducha, no imaginé que esa noche terminaría entre dos hombres dispuestos a hacerme vivir justo lo que más deseaba.
Salí de la oficina bajo el abrigo, con el cuerpo lleno de vibraciones y la certeza de que esa noche no dormiría sola.
Entré por error al consultorio equivocado, pero cuando el médico cerró el pestillo supe que no saldría de allí de la misma forma.
Lo noté nervioso detrás de mí, con las manos en mi cintura y una pregunta que podía cambiar la noche entera.
Ella abrió el video sola al mediodía, pensando en una simple fantasía, y terminó mojada, celosa y con ganas de probarlo todo en persona.
Cuando cerró la puerta de la oficina y me pidió que la mirara a los ojos, entendí que ya no íbamos a hablar solo de trabajo.
Fui sin bragas, pensando solo en mirar, pero bastó una mano entre mis muslos para que terminara exhibiéndome y follando delante de todos.
Entró al dormitorio envuelta en una toalla para imponer respeto, pero terminó abierta de piernas, temblando y pidiendo que no dejaran de darle.
Cuando me arrodillé frente a ella pensé que podría aguantar. Media hora después, tenía su pie en la cara y ya no sabía dónde terminaba mi voluntad.
Mi amigo siguió de fiesta, y su madre me miró como no debía. En el coche empezó el juego que terminó en su cama y no paró al amanecer.
Cuando Sara subió a acostarse, Rubén se giró en el sofá y le dijo lo que ninguno de los dos se había atrevido a decir en dos años. Adrián no quiso frenarlo.
Creí que me esperaba una noche romántica, pero al abrir la puerta del hotel encontré a un desconocido mirándome como si ya supiera lo que iba a hacerme.
Cuando vi apagar las luces de la casa de campo, supe que esa noche no iba a dormir: iba a mirar cada segundo en silencio.
Cuando dijo que había estado con dos hombres a la vez, dejamos de jugar y le exigimos que contara cada detalle sin saltarse nada.
Bajé del vagón temblando, pero ellos ya venían detrás de mí, como si hubieran olido lo mojada que había quedado entre tanta gente.