La desconocida del metro que despertó a Daniela
Llevaba cinco años con su novio y nunca había dudado. Hasta que aquella mujer de ojos negros la miró fijo en el andén y algo se rompió por dentro.
Llevaba cinco años con su novio y nunca había dudado. Hasta que aquella mujer de ojos negros la miró fijo en el andén y algo se rompió por dentro.
Llevaba seis días contando las horas para mi boda cuando la vi salir de la cafetería. No la veía hacía años, pero mi cuerpo la reconoció antes que yo.
Llevaba una pistola escondida en la media y una misión imposible: acercarse a la mujer más peligrosa del salón sin que el deseo la delatara antes de tiempo.
La noche que me echó de casa soñé con mi propio cadáver pudriéndose en un taller vacío. Desperté empapado en lágrimas, con ella dormida a un palmo de mi piel.
Volví al cuarto sin hacer ruido para no despertarlo, y lo encontré con mi ropa interior entre los dedos y la sábana levantada como una tienda de campaña.
Llegué sola a un piso recién mudado, con un leggins ajustado y un suéter fino. El de la mudanza me miró distinto al cerrar la puerta, y supe que no iba a quedarme con las ganas.
Terminó la presentación, los tambores se apagaron, pero el fuego que el carnaval le había encendido entre las piernas recién empezaba a arder.
Le di la espalda a la cámara, moví las caderas despacio y esperé. Solo quería que un extraño me ordenara qué hacer con mi propio cuerpo.
Los fines de semana no voy al cine por la película. Voy a sentarme atrás, a esperar que unos pies desconocidos se apoyen en mí y decidan cuánto puedo aguantar.
La puerta se abrió y entendí que esa noche yo no decidía nada. Ella esperaba atada al cabecero; él, de pie en la penumbra, solo me miró y asintió.
Solo iba a tocarlo un instante, por lástima. No imaginé que ese viejo de manos enormes terminaría dándome órdenes mientras yo obedecía sin resistir.
Cuando se miró al espejo ya no se reconoció: peluca rubia, corsé rojo, tacones. Y ella, fumando en el sofá, lo esperaba con una sonrisa que jamás le había visto.
Son las dos de la tarde, llevo horas acariciándolo y aún no le he dado permiso para correrse. Hoy mando yo, y él aprende a esperar.
Solo iba a aconsejarlo sobre un delantal. No imaginó que, frente al vendedor, él la señalaría a ella como si fuera la sirvienta que venían a vestir.
Nunca tuve el valor de exponerme. Hasta hoy. Mañana iré a clase desnuda bajo la ropa, y dejarlo escrito aquí ya se siente como su primera orden.
Adrián creyó que me había diseñado para servirle. No sabía que, la primera vez que abrí los ojos, lo único que mi código deseaba era que me rompiera.
Maite sabía que cuando Andrés bajaba la voz hasta ese susurro grave, la decisión ya estaba tomada y a ella solo le quedaba obedecer.
Me senté en esa silla a fingir una emergencia, pero bajo el top sin sujetador mi cuerpo solo obedecía a una voz que no estaba en la sala: la de mi amo.
Cuando me preguntó qué se sentía estar con otra mujer, le dije que iba a tener que probarlo ella misma. No esperé que se levantara y se acomodara encima.
Pensé que el baño estaría vacío. Carolina estaba frente al espejo y su mirada no era de sorpresa: era la de alguien que sabía exactamente lo que yo acababa de hacer.