Lo que pasó después de bailar en el carnaval
Terminó la presentación, los tambores se apagaron, pero el fuego que el carnaval le había encendido entre las piernas recién empezaba a arder.
Terminó la presentación, los tambores se apagaron, pero el fuego que el carnaval le había encendido entre las piernas recién empezaba a arder.
Le di la espalda a la cámara, moví las caderas despacio y esperé. Solo quería que un extraño me ordenara qué hacer con mi propio cuerpo.
Los fines de semana no voy al cine por la película. Voy a sentarme atrás, a esperar que unos pies desconocidos se apoyen en mí y decidan cuánto puedo aguantar.
La puerta se abrió y entendí que esa noche yo no decidía nada. Ella esperaba atada al cabecero; él, de pie en la penumbra, solo me miró y asintió.
Solo iba a tocarlo un instante, por lástima. No imaginé que ese viejo de manos enormes terminaría dándome órdenes mientras yo obedecía sin resistir.
Cuando se miró al espejo ya no se reconoció: peluca rubia, corsé rojo, tacones. Y ella, fumando en el sofá, lo esperaba con una sonrisa que jamás le había visto.
Son las dos de la tarde, llevo horas acariciándolo y aún no le he dado permiso para correrse. Hoy mando yo, y él aprende a esperar.
Solo iba a aconsejarlo sobre un delantal. No imaginó que, frente al vendedor, él la señalaría a ella como si fuera la sirvienta que venían a vestir.
Nunca tuve el valor de exponerme. Hasta hoy. Mañana iré a clase desnuda bajo la ropa, y dejarlo escrito aquí ya se siente como su primera orden.
Adrián creyó que me había diseñado para servirle. No sabía que, la primera vez que abrí los ojos, lo único que mi código deseaba era que me rompiera.
Maite sabía que cuando Andrés bajaba la voz hasta ese susurro grave, la decisión ya estaba tomada y a ella solo le quedaba obedecer.
Me senté en esa silla a fingir una emergencia, pero bajo el top sin sujetador mi cuerpo solo obedecía a una voz que no estaba en la sala: la de mi amo.
Cuando me preguntó qué se sentía estar con otra mujer, le dije que iba a tener que probarlo ella misma. No esperé que se levantara y se acomodara encima.
Pensé que el baño estaría vacío. Carolina estaba frente al espejo y su mirada no era de sorpresa: era la de alguien que sabía exactamente lo que yo acababa de hacer.
No había olas, ni brisa, ni una sola razón para moverse de la toalla. Hasta que ella se incorporó, los miró a los dos y dijo lo que ninguno se atrevía a pensar en voz alta.
Siempre dormíamos en la misma cama y nos contábamos todo. Esa noche, con la copa de más, Renata me tomó la cara y me besó como nunca antes.
Llevaba el vestido amarillo más ceñido de su armario y la cabeza llena de argumentos contra esa mujer. Una hora después, ya no sabía si la odiaba o la deseaba.
Subí a su piso a las nueve con la excusa de un proyecto a medias. Ninguno de los dos quería hablar de trabajo, y los dos lo sabíamos desde que abrió la puerta.
La puerta apenas se cerró cuando ella me empujó contra la madera. Dos años de miradas en los vestuarios se desbordaron en un beso sin explicaciones.
Si nunca te han hecho una buena mamada, no sabes de lo que hablo. Y no, no me refiero a correrte en su boca. Te voy a contar el secreto que descubrí por casualidad.